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El ranking de la evaluación educativa

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Desde hace tiempo vengo pensando que la evaluación es una de las asignaturas pendientes de la modernización de las Administraciones públicas. Sin embargo, si hay un servicio público donde los exámenes y la evaluación tiene una presencia estructural, ese es el ámbito educativo, hasta tal punto que hoy sería impensable una enseñanza que no sea evaluable, especialmente cuando se trata de evaluar los conocimientos adquiridos por el alumnado.

La evaluación educativa no solo es el reflejo de los conocimientos adquiridos, también es el motivo en el que se sustenta el propio aprendizaje, produciendo una especie de desplazamiento del fin principal de la educación, porque no se debería estudiar solo para obtener una buena nota, sino para adquirir competencias de utilidad y para que sirvan en la vida y en el ámbito profesional.

Recientemente, se han publicado los resultados del Informe PISA y ha generado la habitual competición para ver quién mejora o empeora en el ranking y qué comunidades autónomas salen mejor paradas, aunque lo más relevante de la evaluación sea comparar la evolución anual de los resultados de una misma región y no tanto entre territorios o países que siempre presentan diferencias territoriales, contextos y modelos de enseñanza muy distintos.

Los informes PISA se han convertido en uno de los principales referentes mundiales para medir el rendimiento de los sistemas educativos. Cada tres años, millones de estudiantes son evaluados en competencias de lectura, matemáticas y ciencias, generándose debates políticos sobre sus resultados porque afectan a la imagen pública de las comunidades autónomas y de los países.

Uno de los principales problemas de PISA es su pretensión de comparar realidades educativas profundamente heterogéneas mediante una prueba común

Sin embargo, la influencia de los Informes PISA contrasta con las numerosas críticas que ha recibido por expertos en evaluación y desde los ámbitos educativos y pedagógicos. Porque más allá de ser una medida objetiva e incuestionable de la calidad educativa, los resultados de PISA están condicionados por importantes sesgos metodológicos que pueden distorsionar la interpretación de los datos y simplificar excesivamente la complejidad de los procesos educativos.

Uno de los principales problemas de PISA es su pretensión de comparar realidades educativas profundamente heterogéneas mediante una prueba común. En este sentido, es necesario tener en cuenta que se comparan a nivel internacional modelos educativos con diferentes contenidos curriculares, con distintos métodos de enseñanza, con grandes diferencias en relación con los recursos disponibles, con contextos culturales muy diferentes y, sobre todo, con una composición del alumnado con grandes diferencias económicas, familiares y sociales. Ante esta diversidad de condicionantes hacer un ranking es una tarea muy compleja.

Desde mi punto de vista este enfoque corre el riesgo de reducir la evaluación de la educación a un conjunto de indicadores cuantificables, ignorando competencias educativas y aprendizajes más difíciles de medir que son esenciales para el desarrollo personal como la formación en valores, la capacidad crítica, la expresividad, la creatividad, el desarrollo emocional, el desarrollo de la autoestima personal o los conocimientos y habilidades para el autocuidado y para prevenir riesgos para la salud o evitar conductas adictivas que son un grave problema para una parte considerable de la juventud actual. Son objetivos importantes que no se evalúan en este informe y son esenciales para que se desarrollen en la comunidad educativa, donde el papel de las familias y los agentes sociales también es importante, porque lo que sucede en el entorno, en los medios de comunicación, en las redes sociales, así como las oportunidades y los efectos negativos del uso y abuso de las pantallas y las tecnologías de la comunicación, son aspectos que también han de tenerse en consideración para hacer una evaluación de resultados que pretenda ser comprensiva de la realidad que se está analizando.

El sesgo cultural

Otro aspecto ampliamente debatido es el sesgo cultural que subyace en la evaluación de la comprensión lectora, que es una competencia básica para el conocimiento, pero está muy influida por los hábitos culturales del entorno y la disposición a la lectura de las propias familias. No obstante, los retrocesos en este aspecto pueden ser un indicador muy preocupante, donde la sobreexposición o la adicción a las pantallas se ha señalado como una de sus causas y donde también tiene que ver la aceleración de la vida, la inmediatez que ofrecen los medios tecnológicos y la forma de vida en general, que no promueven la escucha ni la concentración ni la insistencia en objetivos de largo alcance.

Por otra parte, la gran atención mediática que se les ofrece a la publicación de los resultados de este informe origina unos efectos que pervierten el sentido de la propia evaluación. Las comparaciones entre regiones y países y los rankings que se elaboran producen la percepción de que la educación es una competición en la que unos ganan y otros pierden. Esto para muchos expertos tiene el riesgo de incidir solo en los aspectos que puntúan, desatendiendo aquellos que pueden ser esenciales aunque no sean evaluados, dando lugar a una apariencia de éxito educativo.

Además, los rankings incentivan respuestas políticas orientadas a mejorar determinadas puntuaciones en lugar de atender necesidades educativas más amplias, porque a medida que los resultados de PISA adquieren importancia mediática y política, algunos sistemas educativos pueden tomar medidas y adaptar sus prácticas para mejorar sus resultados en estas pruebas. Este fenómeno, conocido como teaching to the test, produce una distorsión significativa del aprendizaje porque los colegios y los propios profesores pueden verse presionados o incentivados a dedicar más tiempo al aprendizaje de contenidos evaluados por PISA, relegando o reduciendo el tiempo dedicado a otros contenidos y competencias igualmente esenciales.

Es en poco la paradoja de toda evaluación, que pretendiendo medir una realidad la acaba condicionando. Aunque reconocer las limitaciones de PISA no implica negar su utilidad, porque la evaluación es necesaria y el programa proporciona información relevante sobre el estado y la evolución de los sistemas educativos, así como permite detectar problemas y tendencias en algunos ámbitos que son importantes para la mejora. Sin embargo, sus resultados deben interpretarse con prudencia y complementarse con otros enfoques de evaluación que se centren en aspectos más cualitativos, como el desarrollo integral de las competencias cognitivas, instrumentales y personales, así como la atención a cuestiones relacionadas con el bienestar emocional, la inclusión educativa o la preparación para la vida y el desempeño profesional en los nuevos contextos sociales o laborales.

La aparente objetividad de los informes PISA, eclipsa aspectos importantes del proceso educativo y los reduce a conocimientos y competencias más fácilmente medibles

En definitiva, estoy convencido de que la evaluación de los servicios públicos es necesaria, porque es difícil mejorar lo que no se evalúa. Sin embargo, observo que la aparente objetividad de los informes PISA, eclipsa aspectos importantes del proceso educativo y los reduce a conocimientos y competencias más fácilmente medibles.

Los informes PISA aportan información valiosa y contribuyen detectar mejoras, retrocesos y déficit en ámbitos importantes de la educación, como la comprensión lectora, el razonamiento matemático y los conocimientos científicos; pero sus resultados no pueden tomarse como un juicio inapelable porque la calidad de la educación no puede evaluarse solo con indicadores cuantitativos de ámbitos que no abarcan todos los contenidos educativos, ni mediante rankings nacionales e internacionales que no tienen en cuenta los condicionantes y las realidades de cada territorio ni de cada centro educativo.

La evaluación de los sistemas educativos no debe centrarse en la competición y los rankings, del mismo modo que requiere enfoques más amplios y contextualizados para comprender no solo cuánto conocimiento se imparte, sino cómo contribuye al desarrollo integral de las personas que han de construir la sociedad del futuro, pensando sobre todo en competencias para la vida personal, social y profesional de las personas.