¡Nunca el silencio, nunca el olvido! El dolor exige justicia y seguridad
Hay dolores que no caben en las palabras. Hay imágenes que no se borran y tragedias que nos rompen por dentro.
Hoy, pensar en subir a un tren produce rabia, impotencia y miedo. Porque detrás de cada viaje hay personas, familias, ilusiones y vidas que merecen llegar a su destino. Y porque no podemos dejar de pensar en quienes nunca llegaron, en quienes sufrieron una muerte terrible, en quienes sobrevivieron y en tantas familias a las que les han arrebatado para siempre a sus seres queridos.
A todas las víctimas, a sus familias y a los supervivientes, nuestro abrazo más profundo. No hay consuelo suficiente para tanto sufrimiento. Su dolor es también nuestro dolor.
Pero junto a las lágrimas nace una pregunta que no podemos ni debemos silenciar: ¿Cuántas vidas más tienen que perderse para que la seguridad de las personas sea una verdadera prioridad?
Adamuz sigue presente en nuestra memoria. Aquella tragedia exigía respuestas, una investigación seria, medidas concretas y garantías reales de que algo así no volvería a ocurrir. Hoy volvemos a encontrarnos ante otra catástrofe, la de Urda (Toledo). Entre ambas, al menos 115 vidas perdidas.
No son cifras. Son hijos, padres, madres, hermanos, amigos. Son familias destrozadas y ausencias que ninguna explicación podrá reparar.
No podemos aceptar que el tiempo lo borre todo. Que las promesas sustituyan a las soluciones. Que las responsabilidades se pierdan entre despachos y burocracia.
Queremos saber la verdad. Queremos justicia. Queremos seguridad. Y exigimos que quienes deban responder por sus actuaciones lo hagan ante la ciudadanía.
En una democracia, la vida y la seguridad de las personas no pueden quedar en segundo plano. Nadie debería sentir miedo de subirse a un tren. Nadie debería preguntarse, al cerrar la puerta, si llegará a casa.
No escribimos desde el odio. Escribimos desde el amor a la vida, desde el respeto a quienes ya no están y desde una profunda indignación que nace de una sola certeza: ninguna otra familia debería sufrir este infierno.
Que el dolor de las víctimas no se convierta en una noticia olvidada. Que sus nombres no desaparezcan entre titulares de un día. Que las lágrimas se transformen en justicia, que la indignación se convierta en medidas y que las promesas se traduzcan, por fin, en seguridad real.
No queremos más lágrimas. Queremos garantías.
No queremos más promesas. Queremos responsabilidades.
Por las víctimas.
Por sus familias.
Por los supervivientes.
Por la verdad, la justicia y la seguridad.
¡Nunca el silencio, nunca el olvido!