Un Alberto Cortés místico, queer y entregado se come al público del Festival Grec de Barcelona
Alberto Cortés lleva ya cinco años y cuatro piezas navegando solo hacia el desastre y la salvación. Su teatro es contradicción atravesada de poesía. En su última pieza, El corazón de Ester, Cortés eleva la apuesta. Un teatro difícil, hilvanado por un texto de una poesía libérrima, en el que el artista se ofrece al público como alimento. Cortés quiere ser comido hasta desaparecer y al mismo tiempo ser sol. Narciso y Agnus Dei al mismo tiempo.
Atrás queda aquella pieza, El ardor, que estrenó también en Barcelona en el festival Sâlmon, en la que Cortés clamaba por un batallón de maricas que incendiaran la ciudad de deseo. Cortés hoy está más solo, más viejo, más sabio. Su teatro se ha ido destilando, también amanerando, torciéndose sobre sí mismo hasta poder lamerse la espalda.
Entonces, en aquel 2022, Cortés era la gran esperanza blanca del teatro contemporáneo, de un teatro anti representativo y de creación. Hoy el malagueño es una diosa para un buen número de espectadores que cada día sigue creciendo. Su presencia escénica y su apuesta extrema por un teatro de exposición máxima, ha hecho que mucha gente lo adore.
Algo que en septiembre, cuando se estrene la película de los Javis, La bola negra, donde Cortés encarna a Lorca en una sorprendente coda final, se multiplicará exponencialmente. Alberto es puro magnetismo entregado y eso hoy, en esta sociedad insaciable del espejo y la avidez consumista, es convertirse en alimento para los peces. Pero centrémonos en esta Ester.
Ester es una Dickinson calenturienta, una Catherine de Cumbres borrascosas queer y entregada. Cortes ha creado un alter ego que lo atraviesa. Dice, para presentar la pieza, haber encontrado unos poemas y cartas en la campiña inglesa de esta mujer romántica del XIX. Para encarnarla, Cortés se viste como mujer victoriana, invocándola para ser poseído por ella. Tiene algo de fantasmal esta obra que recuerda a su anterior trabajo, Analphabet, donde Cortes también invocaba a un fantasma romántico y marica.
En esta obra también estarán, como en aquella, el niño analfabeto de Bergamín, el acto de salir de uno mismo y verse desde fuera y, sobre todo, todavía de manera más extrema, la poesía. Bien es cierto que a Cortes lo adoran, pero su teatro, cada día más gobernado por una poesía casi surrealista, es dificilísimo. Su escritura es críptica al mismo tiempo que posee la iluminación de un Rimbaud extrañado. Seguir como espectador esa escritura alterada, que mira al mundo con los ojos del místico, del San Juan nocturno y elevado, no es fácil.
En esta Ester, Cortes utiliza binomios como amor/teatro, amante/público o Ester y él mismo que en escena se confunden hasta hacerse intercambiables. Habla Cortés de esta Ester que se entrega hasta desaparecer en un amor carnal y masoquista al mismo tiempo que está hablando de él mismo que se entrega como diosa queer al público para que lo coma hasta hacerlo desaparecer. Un público de quien también sabe que un día acabará arrastrándolo por el suelo, “y se acercará el momento / en que todo mi rebaño / una noche de verano / abandone a este pastor”, dice en escena.
Como en el amor, la relación entre el artista y el espectador, a quien llama su “Milord”, es una relación llena de masoquismo. El se dejará comer a cambio de ser el sol venerado, “aquí ver es comer” dice al público ofreciéndose. Un ritual satánico, enfermo, pero al mismo tiempo valiente, lleno del deseo de vivir en comunión que muchas veces acaba anegado. En la vida, el amor acaba anegado por el sexo vacuo. En el teatro, por el triunfo, por ese deseo malsano de que lo adoren y ese espectador que lo mira como un siervo.
Detrás de todo ese aquelarre (al que como banda sonora le encajaría a la perfección aquel tema de los Sonic Youth Bull in the Heather) vemos a un Cortés erosionado, que ve cómo va gastándose en esas relaciones a las que apostó todo: la poesía escénica y el amor. Por eso, no dejará en toda la obra de mirarse las manos, cada día más gastadas, más traslucidas e insatisfechas. Unas manos que bailarán gracias a esos brazos gigantescos que las moverán denodadamente por el espacio.
Me repito. Cortés en esta obra es Emily Dickinson escribiendo el poema No soy nadie, ese que dice “¡No soy nadie, ¿Quién eres tú? / ¿Tú tampoco eres nadie? / ¡Ya somos dos!”. Lean el poema, vean cómo acaba, sus palabras parece haberlas escrito el propio Alberto para este trabajo. Porque la comunión que busca Cortés está en compartir con el otro un amor despojado, lleno de la conciencia dolorida ante lo efímero, lleno de entrega al otro en medio de un páramo.
Más lejos de divismos, de ese final ego maniaco que tiene la obra, el aroma final de la pieza es amargo, triste. El espectador puede oler el sudor de un Cortés asustado ante la apuesta que le hizo a la vida, oler su miedo a que este teatro y esa manera de amar acabe en martirio. Aún sí Cortés decir seguir en lucha, decide seguir buscando un teatro que sea amor y un amor que sea renacimiento. Puro misticismo teresiano.
De ahí la carta del Tarot enorme que aparece en escena al final de la pieza. La carta no es otra que La Estrella. Ester quiere decir justamente estrella en persa. Ester la que escondió su naturaleza judía para luego salvar a su pueblo, Ester la que hoy siguen celebrando los judíos en su Purim. Pero, sobre todo, esa carta con el número 17 significa esperanza, sanación, paz interior.
Cortés acaba de publicar nuevo libro en Continta me tienes. Se llama Libro de las devociones. Muy recomendable. Aparte del texto de la obra, el libro contiene la relación epistolar que el artista ha mantenido con el religioso carmelita descalzo y sacerdote Fernando Donaire. Las cartas que se envían son el mejor prólogo de esta pieza, en ellas Cortés se desnuda en prosa clara y confesional.
Al final de la pieza, el malagueño dejó su corazón en medio del escenario e invitó al público a cogerlo, “solo un pedazo”, dijo el artista mientras citaba la hora, el lugar y el número de función en que lo hacía. La que hoy narro fue la quinta tras su paso por el festival belga Kunsten donde estrenó la pieza. Una función que acabó en aplauso entregado.
Están proyectadas 50 funciones. La obra emula así la pieza numerada de las artes plásticas, pero sobre todo quiere también avisar del desgaste de este teatro de gran exposición y entrega, de un teatro que también va desgastándose con la mirada del público. Así será pues, 50 funciones para desaparecer y renacer en este teatro tan carnal como místico, tan marica como universal.
Este fin de semana, también pudo verse en el Grec la última pieza de uno de los grandes, el italiano Romeo Castellucci. Credere alle maschere es un trabajo performático e inmersivo en el que el público debe portar unas máscaras hiperrealistas. Pieza corta, menos de cuarenta minutos, con toda la finura dispositiva y performática del italiano. Un público sin identidad mira por las ranuras mínimas de sus caretas lo que pasa en escena. Dos operarios muestran objetos que van siendo titulados con palabras en un asociacionismo libre.
Un crucifijo llevará el título de lluvia, un altavoz el de pulso, un zorro el de caballo… Así sucesivamente, proponiendo un lenguaje poético, expansivo y abierto hasta que a escena sale una silla eléctrica en la que el título coincidirá con el objeto. En ese momento donde se impone el lenguaje exacto, científico, Castellucci, con bastante mala leche, propone un juego naif y violento a esa masa informe de espectadores callados. Piza sutil, pequeña, pero retadora: ¿Hasta cuándo estaremos mirando el horror en silencio?