Julian Barnes: “Ser divertido es una buena manera de ser serio”
Hasta que no quedó finalista del premio Booker en 1984 con su novela El loro de Flaubert, la madre de Julian Barnes no se creía que su hijo fuese realmente escritor. Solo cuando vio publicada la noticia en el periódico Times se convenció de que su descendiente le decía la verdad cuando aseguraba que la literatura era su profesión. El inglés ha contado esta anécdota a los medios en Barcelona, en donde participará en el festival En otras palabras y en el ciclo En pausa: diàlegs per pensar el present organizados por la Fundación La Caixa, que también se celebrarán en Valencia.
El viaje le sirve también para presentar el que se supone será su último libro, titulado Despedidas en castellano (Anagrama. Traducción de Jaime Zulaika) y Comiats en catalán (Angle. Traducción de Alexandre Gombau i Arnau). No es la primera vez que el autor amenaza con desaparecer de la vida pública y decir adiós a sus lectores. Como él mismo narra en este trabajo, hace años afirmó que había dado su entrevista definitiva. Después publicó una nueva novela y tuvo que tragarse sus palabras.
Si vuelve a fallar en su propósito, su próximo libro se titulará “Perdonad, pero solo era una broma”, dijo con su socarronería habitual. Imposible no pensar en Eduardo Mendoza, otro veterano experto en romper sus promesas de jubilación y regresar a las librerías con una sonrisa.
En este nuevo libro, quizás el definitivo, Barnes juega con la ficción y su vida real. En sus páginas se cuelan una historia de amor dividida en dos segmentos separados por cuatro décadas, la muerte de su mujer Pat Kavanagh en 2008, el diagnóstico y convivencia con su propio cáncer de sangre (en principio, cronificado), experiencias ajenas o los recuerdos autobiográficos involuntarios. Despedidas es, básicamente, un trabajo memorialístico que analiza, precisamente, la validez de las evocaciones.
“La memoria y los recuerdos han sido un tema muy importante para mí a lo largo de los años. Creo que cuando somos jóvenes, creemos que es algo sólido, que nunca va a cambiar”, explicó. “Mi hermano, que es filósofo, dice que recordar es más bien un acto de imaginación y no de recuperación de lo que ha sucedido. Y creo que estoy de acuerdo con él”, declaró. Para él, las vivencias que más veces ha relatado una persona, son las menos fiables porque cada vez que la enuncia, introduce pequeños cambios. Una especie de ejercicio involuntario de literatura de ficción.
Recuerdos prestados
Es difícil obviar la magdalena mojada en el té que desata un recuerdo de forma involuntaria en el protagonista de Por el camino de Swann. “Sí, era importante hablar de la memoria refiriéndose a Proust, aunque yo no soy proustiano. Me parece que parte de su obra es genial, en otras podría haber abreviado. Él se puso a activar su memoria y lo hizo de una manera mejor que yo, es imposible ser mejor que él”, sostuvo. Admitió que sus remembranzas de la infancia son bastante débiles, aunque el olor a perro o a beicon frito tienen el mismo poder que esa galleta en forma de concha del Camino de Santiago empapada en tila del escritor francés.
Durante la rueda de prensa también habló de algunas formas extrañas de funcionar que tiene la mente. En ocasiones, los recuerdos de otra persona se toman como propios después de escucharlos muchas veces. Y puso de ejemplo un hecho que también sale en Despedidas: hace tiempo, en Inglaterra eran habituales los robos de los catalizadores de los coches. Una noche, un colega suyo escuchó un ruido en la calle y al asomarse a la ventana, vio a un hombre debajo de su coche y le preguntó que qué estaba haciendo. El presunto ladrón le gritó que no era asunto suyo y que se metiese en casa, orden que siguió sin rechistar. “Yo quería explicarlo en el libro y lo corroboré con él, que cambió algunas cosas. El libro se publicó y cuando su mujer lo leyó le dijo ‘esto me pasó a mí y no a ti, que encima estabas en el extranjero’. Fue como un trasplante de memoria”, afirmó.
Aunque en el volumen narra pasados de otras personas, no acostumbra a utilizar las vivencias que le confían como base para sus historias. Pero, en alguna ocasión, se ha encontrado con que el protagonista original del suceso no lo relacione en absoluto con su pasado. “Puedes poner cosas que te han contado con bastante rigor y que esa persona no recuerde habértelo dicho”, señaló y enfatizó “No nos fiemos demasiado de la memoria”.
Y ahora qué
Cuando su amigo Ian McEwan le comentó a su esposa que Barnes había decidido dejar de escribir, ella se escandalizó y le preguntó “¿y qué va a hacer durante todo el día?”. El inglés sostuvo que aún no tiene ni idea, pero seguramente se dedique a publicar “ columnas y críticas si alguien me lo pide”. Sin embargo, en cuanto a la ficción parece tenerlo bastante claro: “he escrito sobre muchos temas y creo que he dicho todo lo que tenía que decir, así que cuando llegas a esto lo que hay que hacer es callarse”.
Despedidas es una obra muy emotiva y su última página es precisamente lo que indica el título. El autor reconoce que esa fue la parte más complicada: reescribió las frases con ligeros ajustes de tono, reconsideró palabras y huyó de lo melodramático. “Creo que este libro es el más conversacional, es una conversación con el lector o lectora. No soy un escritor didáctico, que le dice a quien me lee cómo tiene que vivir. Así que siempre lo he pensado como una persona que estaba a mi lado”, reconoció.
Lo que no falta ni en su escritura ni en su presencia en persona, es el humor. Con un trabajo que potencialmente será un adiós, Barnes consigue arrancar sonrisas e incluso carcajadas, según aseguró Rosa Rey, directora de Angle, que acompañó al escritor en la rueda de prensa junto a Silvia Sesé, su equivalente en Anagrama. Es un rasgo bastante característico de la cultura inglesa: “En mi país nos tomamos las cosas más en serio cuando son graciosas. Shakespeare, nuestro gran autor, siempre mezcló géneros y siempre hay un personaje excéntrico o loco que es el que dice la verdad. Creo que ser divertido es una buena manera de ser serio”, mencionó.
Barnes cumplió 80 años el pasado 19 de enero (aunque aparenta tener dos décadas menos) y ha visto cómo su círculo de allegados ha muerto o lidia con alguna enfermedad, como él mismo hace con su cáncer de sangre, ahora cronificado con medicación. Ha escogido ser él quién decidiese cuál sería el broche de su bibliografía y no la parca cuando se atreva a aparecer. Además, él nunca ha escrito para sentirse mejor o escapar de un problema, sino para dar su opinión, por lo que no va a perder el refugio que algunos encuentran en el trabajo. De hecho, consideró que “nunca encontraría un libro sobre la muerte que me consolase”.
En este encuentro con los medios se le preguntó si conocía algún ‘plan maestro’ para decir adiós definitivamente, a lo que respondió: “No lo sé, cuando me muera y me haya despedido de verdad, volveré y os lo contaré. Uno no puede planificar su propia muerte, pero a veces sí se sabe las últimas frases que pronunció alguien y son famosas”. A él le fascinan las de un aristócrata inglés que lo último que pronunció, dirigiéndose a su mujer, fue: “No nos queda mermelada”. Por su parte, concluyó que: “Espero que mis últimas palabras serán ¿Quién ha ganado la Copa del Mundo?”. Larga vida.