Entrevista
Ece Temelkuran, escritora turca: “Pedro Sánchez está haciendo las cosas más atrevidas y ya es una figura global”
Ece Temelkuran es escritora, periodista y una voz crítica frente al autoritarismo. En Cómo perder un país analizó la relación entre la vergüenza y el ascenso del fascismo; en Juntos defendió la fe —entendida como acción colectiva— frente a una esperanza pasiva. En su obra más reciente, La Nación de los extraños, que presentó en el CCCB de Barcelona, explora el exilio, la pérdida del hogar y la vida en un país ajeno, combinando pensamiento político y su memoria íntima.
Temelkuran escribe desde ese lugar incómodo entre el hogar y el viaje, entre la pertenencia y la huida, con una mirada forjada muy pronto —como ella misma cuenta— por figuras como Dirty Sally, una mujer mayor que encarnaba la independencia, el humor y la supervivencia.
Su trabajo no busca consolar, sino despertar, y plantea una pregunta urgente: cómo vivir, actuar y resistir cuando el mundo entero parece haber entrado en modo de supervivencia.
Se podría decir que La Nación de los extraños es un esfuerzo para que sus lectores se pongan en los zapatos de aquellos que se han quedado sin hogar. Entendiendo esa “privación del hogar” (unhomed) como una situación que va más allá de quedarse durmiendo en la calle.
Bien. Esa era la idea. Quiero que la gente reconozca cómo se vive sin tener un hogar, porque no reconocerlo les hace sentir agotados. Fingir, actuar como si todo fuera normal y como si hubiera algo mal en nosotros es agotador. Así que quiero que todo el mundo entienda que esta es la situación. Es realmente horrible. Pero la buena noticia es que estamos juntos en esto. Todos estamos en la misma situación. Así que, ya sabes, somos la mayoría. Disfruta de eso. Ya sabes, siente la alegría y el poder que eso conlleva.
Y todo el mundo es bienvenido en La Nación de los Extraños.
Sí. Bueno, me refiero a cualquiera que crea en el amor humano, la dignidad, la igualdad, la calidad y la libertad.
¿Cómo se siente después de que el fin de semana pasado se celebrara en Barcelona la movilización progresista mundial, la Global Progressive Mobilisation? ¿Cree que esta concentración, en la que participaron algunos de los principales líderes políticos de la izquierda a nivel internacional, le ha devuelto la esperanza en la lucha contra el fascismo?
No creo en la palabra “esperanza”. Pero sí que me renueva la fe, por supuesto, fe en la humanidad y en la política. Ozgur Ozel, líder del principal partido de la oposición en Turquía, también estuvo en este congreso. Y la verdad es que está haciendo cosas extraordinarias en condiciones increíblemente difíciles en Turquía. Así que verlo recibido por Pedro Sánchez en Barcelona fue espectacular.
Estamos en un momento en el que tenemos que apoyarnos mutuamente. Y en ese sentido Pedro Sánchez está haciendo las cosas más atrevidas: como la regularización de las personas migrantes, el hecho de plantarle la cara a Trump y alzar la voz por Gaza. Creo que se ha convertido en una figura global y, ya sabes, el encuentro de estas dos figuras fue bastante importante. Puede ser el comienzo de algo, o eso espero.
¿Seguir apelando a la esperanza puede ser incluso una forma de inacción?
La esperanza es demasiado efímera. La esperanza es para quienes esperan, mientras que la fe es para quienes actúan. Y cuando estás en modo de supervivencia, como digo en Nación de extraños, no esperas a la esperanza. Simplemente haces lo que tienes que hacer. Y ahora la humanidad está en modo de supervivencia debido a la crisis climática, a las guerras, al fascismo, así que no hay lugar para esperar a la esperanza o pedirla. La esperanza es para principiantes.
Cuando estás en la lucha, no te preguntas si hay esperanza, sino que simplemente sacrificas todo lo que puedes para sobrevivir. Lo que ocurre ahora es que el mundo político aún no ha aceptado esta situación, pero los que estamos en los márgenes de la política, los extraños a la política, bueno, ellos saben que están ahí, ya sabes, que estamos ahí como seres humanos por varias razones.
Durante el acto, Pedro Sánchez afirmó que había llegado el fin de una era y que ahora es el momento de devolverles la vergüenza a ellos, que “la vergüenza ha cambiado de bando”. Usted habla precisamente de la vergüenza que siente como extraña en un mundo europeo civilizado. ¿Podría explicar un poco más por qué la vergüenza es un elemento tan central en los procesos de avance del fascismo?
La vergüenza es un concepto que está muy relacionado con el fascismo y la posverdad. Ahora cualquiera puede creer en cualquier cosa. La gente es libre de elegir en este bufé abierto de verdades. Trump, por ejemplo, cree que es el hombre más grande de la Tierra o los proBrexit creen que el Brexit hará que Inglaterra vuelva a ser grande. Vivimos en la era de la posverdad y eso solo es posible gracias a la pérdida de la vergüenza pública.
Hace veinte años, había cosas que dábamos por sentadas y contradecirlas nos daba demasiada vergüenza como para decirlas en público. No sólo en el ámbito político, sino también en el social. Pero esta pérdida de pudor ha abierto el camino a la política de la derecha y a la extrema derecha. Nos estamos acostumbrando a que se repitan discursos prácticamente nazis y quienes lo repiten no se avergüenzan de sí mismos, y tampoco hay suficiente presión pública para avergonzarlos.
Lo que dijo Pedro Sánchez es importante: hay que devolver esta vergüenza a sus dueños. Tienen que avergonzarse de lo que dicen. No puede ser que Jared Kushner haga una presentación en PowerPoint sobre Gaza convirtiéndola en la Riviera. Eso es extremadamente vergonzoso, y tiene que ser avergonzado por ello.
¿Por qué es necesario escuchar y aprender de los extraños?
Porque lo único que tenemos es el aquí y ahora, eso es lo que el mundo tiene que aprender de los extranjeros. El pasado es pasado. No hay vuelta atrás al antiguo orden mundial ni a la antigua política mundial. Sólo podemos actuar para reinventar el aquí y ahora, igual que las personas refugiados y migrantes que están construyendo sus hogares desde cero aquí y ahora, sin siquiera pensar en el futuro. Y no piensan en la derrota ni en la victoria, es algo que simplemente hacen, y creo que esto es algo de lo que la política también debería aprender de ellos. La política simplemente se hace.
No le gusta que te clasifiquen como exiliado porque eso refuerza la idea de que “Occidente es el mundo civilizado” y que el resto es un mundo de bárbaros.
Es una forma muy cruda de expresarlo. Es cierto que al fin y al cabo terminas viniendo aquí. Si eres una mujer y escritora no te vas a ir a Arabia Saudí y, personalmente estoy agradecida de estar relativamente a salvo en Europa. Lo que yo me retracto es en hacer esta distinción entre exiliado y refugiado, creo que hacerla es un problema. Y si estás en el exilio, y si eres intelectual, por supuesto que te dan el espacio, el escenario, el protagonismo y todo. Y luego los europeos esperan que cuentes tu historia y cómo huiste de los bárbaros y te lanzaste a los brazos de la civilización. Pero esto le da demasiado crédito a Europa, porque esa misma Europa está devolviendo a los refugiados al mar.
Por eso me niego a ser considerada como exiliada –aparte de que eso te obliga a aceptar que no vas a volver a casa– porque quiero poner el foco en los refugiados, en los vendedores del Louis Vuitton falsos que hay en la rambla. Tenemos que pararnos y escucharnos y preguntar. Seguramente no te van a contar nada, pero sus historias son muchísimo más interesantes y tienen muchas más cosas a aportar que la mía.
La pérdida de pudor ha abierto el camino a la política de la derecha y a la extrema derecha. Nos estamos acostumbrando a que se repitan discursos prácticamente nazis y quienes lo repiten no se avergüenzan de sí mismos.
¿Por qué nos cuesta tanto ver a los demás como parte de nosotros mismos?
Este es un problema ancestral que ha existido desde los inicios de la humanidad. El desconocido, el extranjero, siempre es alguien de quien hay que sospechar. Pero hay una distinción fundamental en como tratamos a las personas. O las tratas con miedo o las tratas con amor. Y desde tiempos inmemoriales nos han dicho que si las tratas con miedo, te proteges a ti mismo y estás a salvo, porque los seres humanos son intrínsecamente malvados.
Esta era una de las principales corrientes de pensamiento. La otra corriente principal nos dice que no, que tenemos que abrirles los brazos. Tenemos que tratarlos con amor porque, si tratas a las personas con amor humano, puedes transformarlas y entonces sabes que, pase lo que pase al final, será humano, puesto que son intrínsecamente buenos.
Y de estas dos comprensiones fundamentales de lo que es el ser humano se derivan el fascismo y el socialismo. Si eres socialista, si eres de izquierdas, tienes que asumir de forma inherente, tienes que aceptar que los seres humanos son buenos y que pueden ser mejores. Pero hoy en día el miedo y la hostilidad parecen estar ganando terreno debido a la política de extrema derecha. Y siempre es fácil provocar miedo. Y para responder a eso políticamente, tienes que ser lo suficientemente valiente como para decir que no, que amamos a los seres humanos y que creemos en ellos, en que son buenas personas y que han venido aquí para hacer cosas buenas.
Si el miedo era una emoción que había que gestionar para no alimentar el fascismo, ¿qué ocurre cuando ese miedo se convierte en terror cotidiano?
Las crisis cristalizan lo malo y lo bueno. Lo que ocurrió en Minneapolis, por ejemplo, es importante. Quiero decir que están pasando muchas cosas similares en diferentes partes del mundo, como en Minneapolis, pero pongo el ejemplo de Estados Unidos porque todo el mundo lo conoce.
La vida se basa en seguir adelante, en continuar. No importa si te derrotan, no importa si ganas, simplemente sigues adelante. Así que sí, quizá en este momento el miedo, el mal o el mal político pueden parecer fuertes, pero eso no significa que vayamos a dejar de ser buenos o, ya sabes, de defender nuestros propios ideales. Así que vamos a seguir adelante. Fin de la historia. Por eso tampoco creo en la esperanza. Porque, ¿y si hay esperanza? ¿Y si no hay esperanza? ¿Te detendrás? ¿Por qué haces esa pregunta entonces? No creo que tengamos que preguntarnos por la esperanza, sino actuar.
¿No es contradictorio hablar de consenso global y dignidad humana cuando las principales instituciones internacionales parecen haber perdido legitimidad y capacidad de representación?
Todavía hay demasiada gente que cree que vamos a volver a la normalidad. Que esto es un periodo pasajero. Gaza ha hecho ver a Europa que las Naciones Unidas es un proyecto “ilusorio” que no siempre funciona. Pero si le haces esta pregunta a un libanés en 2006 o a un iraquí en el Bagdad de 2001, ellos te dirían que las Naciones Unidas son inexistentes.
Sin embargo, esto no quita el hecho de que la ONU es una institución importante que se creó con un esfuerzo inmenso. Así que en vez de centrarnos en que las Naciones Unidas no sirven para nada, podemos tratar de convertir este naufragio en un arrecife. Podemos pensar en formas de convertir a las Naciones Unidas en unas verdaderas Naciones Unidas preguntándonos ¿Cómo podemos utilizar ese esqueleto de institución y darle más vida?
Esto ya es lo que está ocurriendo a un nivel inferior, a nivel político local: los alcaldes, los ayuntamientos, se están convirtiendo en arrecifes. La nueva política está pasando por la política local. Por eso los alcaldes están cobrando tanta importancia, como Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York o Ekrem Mamolu, alcalde de Estambul, entre muchos otros más. Así que lo que está ocurriendo a nivel local podría replicarse también a nivel global. Tenemos suficiente energía política para reconstruir o renovar las Naciones Unidas. Es casi imposible, pero no es imposible.