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Guillén, un renacentista del siglo XXI

Juan José Guillén vive en el barrio de Gràcia de Barcelona tres días a la semana. El resto de días se escapa a Mollerussa, cuando no viaja por el mundo con sus escenografías: Chicago, Montreal, Houston... Camisa azul cielo, pantalón claro. Cara redonda, entradas bastante pronunciadas, canoso y un bigote poblado, como los que ya no se llevan. Es pertinente describirlo, ya que buena parte de los artistas de las bellas artes son los eternos invisibles.

Mirada directa, buena oratoria. Le gusta hablar y cuando coge la palabra, ya no la deja. Dos horas de conversación más tarde, salgo de casa sin haber podido formular casi ninguna pregunta. Me voy con un retrato hecho a medida por el mismo artista. Insisto días después y le abordo a preguntas. Toma de nuevo la palabra. Rememoro todo lo que me ha explicado y dibujo, ahora sí, con mi paleta, su retrato.



Guillén, nacido en Fuente del Maestre (Extremadura), en 1947. Dibujante y escenógrafo, dos grandes pasiones que lo acompañan desde muy joven. En los años 60, con 20 años recién cumplidos y habiendo cumplido la mili, llega de Manlleu para establecerse en Barcelona. Le gusta el dibujo y se le da bien. Y por ahí es donde prueba suerte. Se encuentra una Barcelona que hierve, una época, como él mismo dice, “que te invita a hacer un guiño”, pero hay muchos dibujantes, y muy buenos. Debe sobresalir y se inventa el término “cómico de actualidad”. Comienza colaborando en el diario Tele/eXpres, y en la revista Por Favor, bajo el auspicio de Vázquez Montalbán, y le sigue una amplia trayectoria editorial, en la revista Triunfo, El Periódico, Muchas gracias, Presència, Arreu, La Calle, el Diario de Barcelona, La Vanguardia, el Món, Avui...



Sus dibujos se van posicionando. Viñetas en blanco y negro a lápiz, sucesos hechos a la aguada en páginas de interior, de camino hacia la caricatura trabaja los cabecitas, personajes de cuerpo pequeño y gran cabeza. El primero, dedicado a Franco. Sin un estilo propio que lo caracteriza, Guillén acomoda su manera de hacer al lugar, al tema o al momento, sabiendo que el espectador reaccionará ante él. Esto se evidencia con las portadas y las contraportadas a color como las que hace para la revista Por Favor entre otros.

Con estas arranca una manera de hacer. Parte de elementos conocidos, figurativos y casi siempre amables, que llaman la atención del espectador. Los descontextualiza, los reinterpreta y los muestra, buscando una complicidad con el lector. Con esta expresión gráfica casi pictórica llena portadas de sátira política y social que no dejan impasible a nadie. Guillén parece el precursor de Banksy en el mundo del papel.



En la misma época, mientras avanza en su tarea periodística como dibujante, sus volúmenes toman forma y se materializan en espectáculos de directores como Fabià Puigserver. Ambos coinciden en el Institut del Teatre de Barcelona, con Guillén como alumno y Fabià Puigserver como profesor. Es un buen momento para el Institut donde Hernan Bonnin debuta como director. Guillén no dejará de estar ligado al Intitut del Teatre, donde más tarde ejerce de profesor, hasta casi la hora de jubilarse.



Autor de escenografías, figurines, artefactos y máscaras para múltiples óperas y montajes teatrales, Guillén colabora durante más de 20 años con Comediants. En 1981 crea la Comparsa Picasso, una propuesta atrevida que a pesar de respetar las tipologías tradicionales de las comparsas, supone una renovación de sus estéticas y al mismo tiempo es un homenaje a Picasso en los cien años de su nacimiento.

Guillén reivindica sus figurines “como esculturas sobre un escenario”. Su primera idea ya es en volumen. Junto al lápiz, donde antes tenía el barro, ahora tiene el ordenador. Hombre nacido en la época del analógico se adelantó a su tiempo siendo líder con un proyecto digital en 1985, el programa de TVE y más tarde de TV3, Microclip.


 Este artista es un hombre multidisciplinar, o mejor aún, un hombre renacentista del siglo XXI. Escultor, dibujante, escenógrafo, profesor, pintor. Guillén.



A lo largo de toda su trayectoria profesional ha realizado un gran número de obras y de todas ellas ha hecho su “Museo Particular”. Una muestra de este es la “Suite Nonell” que presentó en 2013. Una serie de cuatro fotos sobre tela y pintura acrílica. Una reinterpretación iconográfica de una instantánea del pintor Nonell en su estudio, realizada por el fotógrafo Francesc Serra. Esta serie nos remite a las portadas de las revistas, esta vez sin embargo, cambia de formato y escenario, abriéndose al mundo expositivo.



El mismo año, participa en una exposición organizada por la Biblioteca Nacional de España, ‘La Transición en tinta china', a partir de la cual el año siguiente hace la donación de su obra gráfica publicada en prensa. Y sin ir más lejos, en junio de este año 2017 dona buena parte de documentos gráficos de espectáculos y escenografías a la Biblioteca de Catalunya, con el compromiso de que este material esté al alcance del público, que se digitalice y se haga una exposición. Un hombre ordenado, que se encuentra en buen momento para hacer repaso de su trayectoria profesional, satisfecho al saber que buena parte de su obra queda en buenas manos.

Guillén. Un hombre hecho a sí mismo. Espectador y actor de un momento. Con el lápiz y el papel, interpretó momentos, explicó sucesos, expresó estados de ánimo. Detrás de las máscaras y a través del volumen y el trazo ha dado vida a reyes, bufones, dragones y princesas; ha creado espacios de ensueño. Como él dice, ha sido un privilegiado espectador desde la segunda fila, título del segundo volumen de las memorias que nunca escribirá. El primero: “El negre vingut de Manlleu”.

Juan José Guillén vive en el barrio de Gràcia de Barcelona tres días a la semana. El resto de días se escapa a Mollerussa, cuando no viaja por el mundo con sus escenografías: Chicago, Montreal, Houston... Camisa azul cielo, pantalón claro. Cara redonda, entradas bastante pronunciadas, canoso y un bigote poblado, como los que ya no se llevan. Es pertinente describirlo, ya que buena parte de los artistas de las bellas artes son los eternos invisibles.

Mirada directa, buena oratoria. Le gusta hablar y cuando coge la palabra, ya no la deja. Dos horas de conversación más tarde, salgo de casa sin haber podido formular casi ninguna pregunta. Me voy con un retrato hecho a medida por el mismo artista. Insisto días después y le abordo a preguntas. Toma de nuevo la palabra. Rememoro todo lo que me ha explicado y dibujo, ahora sí, con mi paleta, su retrato.