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La historia de Olga, que se suicidó en L'Hospitalet tras su desahucio: “Una de las personas más alegres que he conocido”

Sandra Vicente

Barcelona —
2 de octubre de 2026 22:38 h

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“¿Os acordáis de cuando era divertida?”. Olga Matute formuló esa pregunta a sus amigas cuando la fueron a ver, semanas después de ser desahuciada junto a una de sus dos hijas. La expulsión sumió en una profunda depresión a esta mujer, cuyo círculo la recuerda como risueña y activa. “¡Si todavía lo eres!”, le respondieron ellas. Pero no vio manera de remontar. El pasado 7 de septiembre, cuando hacía menos de cinco meses desde que la echaron de su casa, Olga se suicidó. A los 54 años y dejando atrás a dos hijas.

Para sus allegados fue un “mazazo”, pero ya se figuraban que la historia podría acabar así. Sus problemas de vivienda empezaron en 2010, cuando se separó de su marido. Como este nunca pagó la pensión de las niñas, Olga dejó de poder hacer frente a la hipoteca. Y, desde entonces, su vida se convirtió en “una sucesión de derrota tras derrota”, cuenta Míriam, una de sus amigas, en conversación con elDiario.es.

“No es un caso aislado. Se habla mucho estos días de Maricarmen y ojalá se hablara más. Pero ella sigue viva y Olga no”, lamenta. Por eso, la gran manifestación en defensa de la vivienda y en protesta de la caída de los dos decretos en la votación del Congreso, se hará en L’Hospitalet, no en Barcelona. “Será un gran homenaje, por ella y por todas las personas que sufren esta crisis. Es lo que hubiera querido”, asegura Míriam.

Que Olga vaya a ser la cara visible de la manifestación de este sábado es un acto de justicia, pero también una contestación a las palabras del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, quien en una visita a Catalunya esta semana quiso quitar hierro a su caso. “Si no recuerdo mal, leí el caso de una señora, creo recordar que se llamaba Olga, que tenía dos hijos, que fue desahuciada y que, no puedo decir como consecuencia de eso, pero sí puedo decir que esa persona se suicidó. Y nadie acampó por ella. Nadie preguntó por ella”, zanjó el popular.

Estas palabras han enervado a los movimientos sociales, que no sólo sí se movilizaron por Olga y la van a convertir en protagonista de la marcha, sino que, además, han cuestionado a todas las administraciones que le “fallaron”. “Desde el Ayuntamiento hasta el Gobierno, pasando por la Generalitat”, apunta Míriam, amiga cercana de Olga.

Estas dos mujeres, ambas del barrio de Santa Eulàlia de L’Hospitalet, se llevaban más de 20 años, pero se volvieron muy cercanas. Se conocieron en las asambleas para organizar el referéndum del 1 de octubre y ya no dejaron de militar juntas. Pasaron por espacios antifascistas, feministas y asociaciones de barrio. Y, cuando su situación personal lo requiso, Olga se acercó también al Sindicat d’Habitatge Socialista.

“Hizo de todo para parar el desahucio y no es que dejara de luchar; es que no pudo más”, sigue esta amiga. Recuerda que nunca ocultó que el peso con el que cargaba crecía día tras día. Incluso participó en una comisión de estudio del Parlament de Catalunya sobre la salud mental.

“Llevo dos años luchando contra un desahucio que sé que llegará. Cuando eso pasa, caes en un pozo muy profundo, del que no sabes salir. Te aíslas y sólo piensas en suicidarte. Pero es algo que no puedo permitirme. ¿Qué harían mis hijas si yo no estoy?”, explicó en 2024.

Olga tuvo razón y su desahucio no se pudo evitar. Cuentan los suyos que, después de 15 años de lucha, Olga no se creía que la carrera hubiera llegado a su fin. Tanto que, el día antes del desahucio, todavía no había hecho las maletas. “No pensaba que fuera a pasar de verdad. Y, por eso, nos asustamos”, rememora su amiga.

Aquella noche, Olga empezó a enviar mensajes “extraños” que activaron las alarmas de su círculo cercano. Decidieron llamar a emergencias para activar el protocolo antisuicidios, pero, visto en perspectiva, reconocen que quizás no fue la mejor solución. “No sabíamos que era algo tan sumamente violento”, asegura Míriam. Aquella noche, los Mossos entraron en su casa para llevársela al hospital y eso es “lo último que quiere una persona que, al día siguiente, va a sufrir un desahucio”.

Cuando llegó al centro, Olga negó tener cualquier intención suicida para evitar que la ingresaran y así poder estar en casa, con sus hijas, cuando llegara la comitiva judicial. En sólo dos días, tuvo que ser atendida tres veces por los servicios de emergencias. Su abogado, Jordi Naya, intentó, in extremis, parar el lanzamiento presentando ante el juzgado los partes médicos, acreditando que se encontraba en una situación de “riesgo inminente y grave para la salud y su integridad personal”.

Pero el magistrado del Juzgado de Primera Instancia número 5 de L’Hospitalet desestimó la petición. “En ningún caso está previsto que sufrir situaciones de ansiedad permitan la suspensión del desahucio”, alegó. Además, criticó que la solicitud se presentara pocas horas antes de la fecha fijada, lo que catalogó de “mala fe” y argumentó que impedía que “la parte contraria pudiera ejercer sus derechos en plena facultad”. Así, sin más, a la mañana siguiente, Olga fue expulsada de su hogar.

Batalla tras batalla

El periplo de Olga empezó en 2010, cuando se separó de su pareja. Esa ruptura coincidió, además, con un despido. Poco después de aquello, evitó perder su casa gracias a una dación en pago a cambio de un alquiler social de la mano del Banco Sabadell. Pero esa renta tampoco fue fácil de abonar, ya que la situación agravó una diabetes grave que sufría y que le generó un grado de incapacidad que no la dejaba trabajar.

Como su pensión no alcanzaba, Olga decidió ocultar su condición y aceptó un empleo de dependienta. Pero duró poco porque la empresa cerró. Así, Olga se vio, de nuevo, sin ingresos, con dos hijas a cargo. Pero jamás dejó de pagar el alquiler. Fue entonces cuando su piso pasó a manos de Promontoria, una filial del fondo buitre Cerberus, que se negó a continuar con el alquiler social. Y aquel fue el golpe de gracia.

La nueva propiedad decidió poner el inmueble en venta y avisó a Olga, mediante un burofax, de que tenía que irse. Así se lo dijo “un matón” que se plantó en su casa, tal como aseguran desde el Sindicat. Pero ella negó en todo momento haber recibido tal comunicación. Preguntada por estas cuestiones, la propiedad ha reclinado hacer declaraciones a elDiario.es.

Olga llamó a todas las puertas que pudo, pero no logró evitar que le llegara una primera orden de desahucio. Este se pudo aplazar gracias al escudo social, que protegía a familias vulnerables que vivieran en pisos de grandes tenedores. Pero cuando cayó esta medida, este mismo 2026 y debido a los votos de Junts, PP y Vox, el juez volvió a reanudar el proceso y fijó una nueva fecha: el 15 de abril de este año.

“Si esa moratoria no se hubiera tumbado, Olga seguiría viva. Y hoy han vuelto a votar en el mismo sentido”, lamenta Gisela Bermúdez, portavoz del Sindicat d’Habitatge Socialista. Esta mujer quedó en la calle, junto a una de sus hijas, todavía menor de edad, y otra madre soltera que ya había sido desahuciada previamente y que Olga acogió en su casa durante algunos meses.

“Estamos ante un problema estructural que genera un impacto enorme para la salud mental de las familias trabajadoras. Sobre todo en los niños y en las mujeres, que somos las más afectadas”, aseguran desde el Sindicat. Apunta a cómo, para muchas, separarse de sus parejas es “un privilegio que no pueden permitirse”.

Perder el ingreso de una pareja puede suponer un descalabro que desmonte toda una vida, como le pasó a Olga. Ella es una de las tantas personas que se han quitado la vida al verse vencidas por un sistema que les ha arrebatado la vivienda, el techo bajo el cual forjar una vida. “No son suicidios, son asesinatos”, recuerda Bermúdez.

“Olga era la persona más alegre que he conocido”, cuenta Míriam. Una mujer alegre, amante del buen vino y siempre dispuesta a reírse, bailar y celebrar victorias de los colectivos en los que militaba. Así como a consolar a sus compañeras ante las derrotas con un abrazo o un comentario optimista.

Tanto fue así, que a sus amigas les dijo, en la carta que dejó escrita antes de morir, que querían que celebraran una fiesta en su honor más que un funeral. Los suyos la han enterrado, aunque todavía no han sacado las fuerzas para cumplir el último deseo de Olga. Pero lo harán, asegura Míriam. “La manifestación de este sábado, en su honor, será el primer homenaje. Que su nombre nos sirva para seguir luchando y la fiesta ya llegará, seguro que llegará”.