El milagro de la barcelonesa Nada Itrab, secuestrada nueve meses en Bolivia: “Cualquier otra niña habría muerto”
El 27 de agosto de 2013, una niña alta y alegre de nueve años, pelo largo y bien peinado, se subió a un autobús nocturno en Barcelona. Nada Itrab era una niña inteligente y observadora, que en el colegio solía ser la primera de la clase. Llevaba un cuaderno para anotar las cosas que descubriría en el viaje, y una cámara digital que le habían regalado. Un modelo barato, de color lila, que a ella le parecía un tesoro. No estaba acostumbrada a los lujos.
En ocho horas, Nada estaría en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, desde donde se subiría por primera vez a un avión con destino a Santa Cruz de la Sierra, la ciudad más grande de Bolivia. El viaje era una aventura para ella, como algo sacado de los libros de cuentos que leía en la biblioteca de La Florida, su barrio en L'Hospitalet de Llobregat. Hija de inmigrantes marroquíes sin papeles de residencia, Nada vivía desde los cuatro años en esta ciudad al sur de Barcelona.
Con Nada solo viajaba otra persona: Grover Morales, un vecino con un aire como de santón. En el barrio donde él y la familia de Nada vivían, Morales se esforzaba por saludar a todo el mundo, independientemente de su raza o su religión. Le gustaba leer libros religiosos. La Biblia, sí, pero también la Torá y el Corán. Con una edad en torno a los 35 años y ciudadano de Bolivia, Morales preparaba comida para la familia de Nada, a la que le había instalado una bañera con sus propias manos.
Morales había dicho que se trataba de un viaje familiar y también de negocios: en su país recogería unas joyas para venderlas. Llevaría a Nada como premio a sus excelentes resultados escolares y en una semana estarían de vuelta. Los padres de Nada firmaron un documento notarial autorizándola para viajar con él.
Nada estaba emocionada. Cuando unas semanas después regresara para el nuevo año escolar, no tendría que volver a fingir que su familia había pasado el verano en la playa y no malviviendo en casa con sus escasos recursos. Tendría una historia de verdad que contar. Pero también estaba nerviosa porque sabía cosas de Morales que los demás no sabían.
En el cibercafé donde Nada y su familia accedían a Internet, había encontrado un vídeo en el que se veía a Morales entrando en trance en su lugar de culto. El pelo azotándole la cara mientras se excitaba hasta alcanzar un frenesí extático. Eso le daba miedo. A sus nueve años, tampoco entendía las cosas extrañas e inquietantes que de vez en cuando hacía Morales cuando sus padres los dejaban solos. ¿Por qué terminaba algunos juegos violentos tumbándose, completamente vestido, sobre ella? Pero sus padres habían dado el visto bueno al viaje. Seguramente no pasaría nada malo.
Las imágenes de las cámaras de seguridad en el aeropuerto de Barajas capturan el momento en que Nada y Morales, vestido con una camisa blanca, hacen cola para subir al avión. La imagen de esta niña brillante esperando en el aeropuerto con su vestido de lunares es conmovedora. Lo mejor que se puede decir de lo que sucedió después es que sobrevivió. Solo eso es un triunfo. Un tributo a Nada y a las pocas personas que acudieron en su ayuda.
Nada tiene ahora 21 años y es una aplicada y esmerada estudiante de Derecho en la Universidad de Barcelona. Al crecer, se dio cuenta de que muy pocas personas se interesaban por lo que le había sucedido tras subir a ese avión. Solo en los últimos años ha comenzado a descubrir todos los detalles de una experiencia terrible de nueve meses que se esforzó mucho por olvidar, un proceso de redescubrimiento que ha decidido llevar a cabo en público. En cierto modo, las horas que en estos últimos meses hemos pasado conversando también forman parte de su recuperación y reflejan la ambición de Nada de enfrentarse al estigma y luchar contra el tráfico mundial de niños. “No quiero ser solo la chica que fue secuestrada”, me dijo.
Mirando fijamente a la cámara, el pelo revuelto por el viaje, Nada esbozó una sonrisa cansada en el mostrador de inmigración del aeropuerto de Santa Cruz. En el autobús del aeropuerto a la ciudad, se quedó mirando por la ventana. Había niños de su edad vendiendo mercancías en la carretera y Santa Cruz parecía más sucio, destartalado y ruidoso que el barrio de L’Hospitalet, sinónimo de pobreza, delincuencia, drogas y desesperación, donde Nada y sus padres vivían.
Esperando un segundo autobús que los llevara de Santa Cruz a Cochabamba, la ciudad natal de Morales, discutieron sobre su pasaporte. Morales lo había guardado y ahora decía que se había perdido, echándole la culpa a ella. Tendrían que quedarse más tiempo hasta que él le consiguiera uno nuevo, le dijo. Fue entonces cuando Nada se dio cuenta de que la habían engañado. Lloró desconsolada llamando a su madre y golpeando la ventana del autobús.
El cuchitril de Cochabamba
Morales había afirmado ser rico, pero la casa de su madre en las afueras de Cochabamba era un cuchitril. Hablaban quechua, una lengua indígena que Nada no entendía. Morales y Nada se mudaron a Cochabamba, a un destartalado edificio de ladrillo y dos plantas que pertenecía a su hermano Fidel, en un camino de tierra. En la planta baja vivía una mujer llamada Cristina, que había alquilado la vivienda para ella y sus dos hijas.
En dos ocasiones Morales llamó brevemente a los padres de Nada. En una de las conversaciones, Nada pudo decirle a su madre, que escuchaba presa del pánico, que había perdido su pasaporte. En la otra, les hizo una petición urgente: ¿podría decirle a su profesora que tenía varicela? De esa manera, la escuela no le daría de baja.
Una noche soñó que Morales estaba encima de ella. Cuando despertó, encontró las manos de él sobre sus muslos. Gritó y corrió hacia la ventana, con la esperanza de que alguien escuchara sus gritos de auxilio. Aunque era alta para su edad, más o menos de la misma estatura que Morales, él era más fuerte y la pudo arrastrar hacia atrás. “La peor noche de mi vida”, dijo. En las semanas siguientes, Nada saltaba a la comba con las hijas de Cristina de día, y les pedía prestada su Barbie. Por la noche, seguían los abusos.
Morales nunca la perdía de vista ni se alejaba de Nada. Así fue como ella escuchó, una o dos semanas después, que un policía boliviano llamaba por teléfono a Morales para exigirle que se entregara a las autoridades y la devolviera a ella. Nada no lo sabía, pero sus padres habían denunciado su desaparición desencadenando una persecución policial en dos continentes. Aquella llamada empeoró su vida. Morales sacó la tarjeta SIM del teléfono y rompió el aparato. Incluso una niña de nueve años podía comprender qué estaba pasando. Morales era un fugitivo de la justicia y Nada era su prisionera.
A la mañana siguiente, Morales ordenó a Nada que cogiera algunas de sus cosas y, poco después, subió con ella a un autobús de larga distancia. Se comportaba como si fueran Bonnie y Clyde, dos fugitivos que disfrutaban huyendo juntos. También le dijo que a partir de ahora se llamaría Evelyn y se haría pasar por su sobrina. La obligó a cubrirse la cabeza con un pañuelo y a llevar vestidos largos.
Nada me cuenta estas historias como si las viera desde la distancia, como una espectadora desconcertada. “Uso la parte lógica de mi mente para reprimir el lado emocional”, dijo. “Puedo contar todo esto con tanta frialdad porque no lo siento”. Durante nuestras conversaciones, su tono solo cambió una vez, cuando describió cómo se había dado cuenta de repente, el día en que Morales le cambió de nombre, de que no tenía ningún poder, de que ya no era ella misma. Derramó algunas lágrimas. Pero rápidamente se recompuso y se disculpó.
Tras más de seis horas de carretera hacia el noreste, el autobús dejó a Nada y Morales cerca de un pueblo llamado Entre Ríos. Desde allí, hicieron autostop hasta un asentamiento rural conocido como Villa Unión. Morales utilizó su habilidad para ganarse la confianza de los desconocidos entablando conversación con ellos. En dos días, convenció a un granjero, Santos Rodríguez, para que los contratara y se mudaron a su casa, con su esposa y sus dos hijas.
A la mañana siguiente, le dieron un machete a Nada. En vez de en su colegio en L'Hospitalet, estaba trabajando de sol a sol, limpiando campos, desbrozando cultivos de piña, y talando el bosque que invadía la tierra. Lavaba la ropa en un arroyo. Cuando Morales pensaba que no trabajaba lo suficiente, la golpeaba con un cinturón.
Morales le dijo a Nada que estaban ganando dinero para pagar el pasaporte. Ella siempre se había aplicado en los estudios y ahora hacía lo mismo con el trabajo en el campo. “Pensaba que era mi única salida”, me dijo. Aprendió a pescar en el arroyo, a hacer fuego frotando palos, y a lidiar con las serpientes. Si eran pequeñas, había que pisarles la cabeza, agarrarles la cola y lanzarlas lejos. Si eran grandes, llamaba a Morales o a los otros trabajadores de la finca, que las cortaban con machetes. Además de la fuerza y de la experiencia, los hombres tenían una ventaja adicional: botas. A Nada, Morales solo le había comprado unas sandalias de goma.
Los sábados, Morales la llevaba a un lugar de culto que pertenecía a una polémica religión mesiánica andina llamada Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal (Aeminpu). Fundada por un antiguo zapatero peruano, esta creencia radicalmente conservadora toma prestado de varias religiones, tiene una fijación con los Diez Mandamientos, y ve señales del apocalipsis por todos lados.
Un sábado, Morales se arregló con cuidado. Nada recuerda haber visto una ceremonia en la que Morales estaba de pie en el escenario mientras un hombre con una túnica blanca quemaba incienso. Se recitaban palabras en quechua y los hombres lo abrazaban. Morales parecía feliz. Nada le preguntó qué había pasado. “Ahora eres mi esposa”, le dijo.
Se volvió mezquino, celoso y más violento. Por la noche, la violaba. Una tarde, mientras ella se lavaba en el río, le puso la cabeza bajo el agua y la mantuvo allí. Lo repitió tres veces. Otro día, ella se atrevió a cuestionar su fe en Dios y él, enfurecido, le golpeó en el pie derecho con el machete, abriéndole un agujero hasta la planta. Le echaron gasolina sobre la herida. Todavía tiene la cicatriz.
Por las tardes, Morales la obligaba a repetir en voz alta los Diez Mandamientos. Por las mañanas, tenía que contarle sus sueños, para que él los interpretase. En su tiempo libre, Nada dibujaba pájaros, plantas y flores en su cuaderno. Los etiquetaba en tres idiomas: español, catalán e inglés. Era como un trabajo escolar, y eso la hacía sentir mejor. Se aferraba a su optimismo. Todo esto terminaría algún día y ella podría volver a su familia y a su colegio.
A finales de diciembre de 2013, después de cuatro meses de calvario, Nada y Morales regresaron a Cochabamba a la casa de Fidel. Mientras Nada escuchaba a los vecinos celebrar borrachos el Año Nuevo y los calendarios pasaban a 2014, el teniente de la Guardia Civil José Miguel Hidalgo esperaba ansioso un permiso para volar de España a Bolivia. A sus 45 años, Hidalgo era el detective jefe de la brigada de homicidios, extorsiones y secuestros de la Unidad Central Operativa (UCO), con sede en Madrid.
El caso de Nada llegó al escritorio de Hidalgo después de que sus padres acudieran a los Mossos d’Esquadra en la madrugada del 5 de septiembre, intentando explicar entre lágrimas lo sucedido. Como era una investigación internacional, se tenía que hacer en colaboración con una fuerza policial nacional como la Guardia Civil. Las fuerzas del orden catalanas localizaron a Fidel, hermano de Morales y propietario de la casa en Cochabamba, que ahora también vivía en la zona de Barcelona. Se ordenaron escuchas en los teléfonos de los padres de Nada y en los de su hermano.
Los padres de Nada dijeron que habían confiado en Morales. Creían que él quería adornarla con joyas para introducirlas de contrabando en España, pero parecían confundidos. Incluso hoy, Nada no está segura de si Morales los engañó, o si ellos la vendieron efectivamente.
Tal vez las dos cosas sean posibles. Eran inmigrantes sin papeles que vivían en los márgenes de la sociedad española. Su madre limpiaba casas. Su padre bebía, se enfurecía y maltrataba a su esposa. Tenía trabajos ocasionales que le pagaban en efectivo. Ocupaban ilegalmente un piso embargado, sin agua corriente, y enganchados a la red para la electricidad. El agua la recogían de un grifo público en el cementerio al otro lado de la calle. Nada solía ir hasta allí con su madre empujando un carrito de la compra para llenar botellas de plástico.
“Fue como en las películas”
A medida que investigaba el caso, Hidalgo se preocupaba cada vez más por Nada. Descubrió que Morales había huido a España en 2005 con documentos falsos para evitar un juicio en Bolivia por la violación a dos hermanastras, de 11 y 14 años. Para empeorar las cosas, Hidalgo y un colega tuvieron que esperar cuatro meses al permiso para viajar, debido a la lentitud de la burocracia y a las tensas relaciones entre el gobierno de derecha de Mariano Rajoy y el gobierno de izquierda de Evo Morales.
El 28 de enero, Hidalgo y un colega finalmente llegaron a Bolivia. Dos días después, la policía allanó la casa de Fidel en Cochabamba. Los recibió Cristina, la vecina, quien les dijo que Morales y Nada se habían ido un día antes. “Fue como en las películas”, me dijo Hidalgo durante un encuentro reciente en la sede madrileña de la Guardia Civil. “Te acercas tanto y, de repente, desaparecen”.
En Cochabamba, Nada había visto a Morales comprar más herramientas agrícolas y se dio cuenta de que estaban a punto de mudarse de nuevo. A ella le compró una guitarra y un libro de música para que aprendiera canciones religiosas de Aeminpu. Ella le tenía miedo a Morales, así que se puso a estudiar con diligencia. En una semana, ya sabía rasguear y cantar, pero Nada odiaba esa guitarra. Cuando se marcharon, en la mañana del 29 de enero de 2014, él la obligó a que llevara la guitarra. Las cosas más valiosas, como unos pendientes que le había regalado su madre, quedaron atrás.
Mientras Hidalgo se dirigía a la casa de Fidel en Cochabamba, Morales y Nada comenzaban un viaje hacia lo profundo de la selva tropical en autobús, taxi y a pie. En el interior del bosque, los árboles eran tan altos y densos que estaba oscuro hasta de día. Había serpientes, monos, hormigas gigantes y jaguares al acecho. Les llevó casi una hora vadear un río con el agua a la altura del pecho. Hasta que por fin encontraron a un hombre alto vestido de negro y con botas. Nada notó que Morales se mostraba deferente con él y la trataba bien en su presencia.
El hombre los llevó a su destino final, un pueblo dedicado al cultivo de coca en lo alto del verde y escarpado Parque Nacional Carrasco. Nada se sorprendió al encontrarse en lo que consideraba una prisión deslumbrantemente hermosa, con la tierra elevándose hacia los Andes y las nubes aferrándose al espeso bosque. Casas de madera salpicadas por un prado verde al que atravesaba un arroyo cristalino. Caballos pastando y árboles cargados de fruta. De no ser por los hombres armados y las verdes plantas de coca que se extendían en hileras largas y ordenadas, el pueblo también parecía lejano en el tiempo. “Como algo del siglo XII”, dijo Nada.
Nada se puso a trabajar a tiempo completo en las plantaciones, recogiendo hojas de coca a cambio de un jornal diario. A ella le tocaba recibir el sueldo de manos de los agricultores para los que trabajaban. En secreto guardaba pequeñas sumas con la idea de comprarse un billete de regreso a casa. Aunque de vez en cuando se veían aviones y helicópteros sobrevolando el lugar, por lo general eran para transportar la cocaína. La policía tenía miedo de ir a esa zona y rara vez lo hacía. No había escapatoria.
El 13 de febrero de 2014, Hidalgo y su colega regresaron a España frustrados. Por solo 24 horas habían perdido a Nada y ahora volvía a estar desaparecida. “La triste realidad es que ya llevaba seis meses en manos de un maltratador”, recordó el agente. En las semanas siguientes sus colegas bolivianos siguieron algunas pistas que no llevaron a buen fin. En el barrio de La Florida, mientras tanto, pocas personas estaban al tanto de su secuestro. La historia no había salido en los medios.
Tres semanas más tarde, el 2 de marzo, Morales llamó por teléfono a Cristina. La policía había pinchado el teléfono y pudo escuchar. La mayor parte de la conversación era en quechua. Hasta que de repente se escuchó a una niña que hablaba en español. Era Nada, preguntándole a Cristina por el maíz que había plantado en su jardín. Pareció molesta cuando Cristina le dijo que ya se lo habían comido.
Al menos, la llamada sirvió para demostrar que Nada seguía viva. Gracias al teléfono de Cristina supieron que Morales había usado un teléfono público alimentado por energía solar desde lo más profundo de la región de Yungas de Totora, con la carretera más cercana a 18 horas de caminata. El 4 de marzo salió hacia allí una división de policía boliviana. Se habían preparado para acampar de noche y cruzar tres grandes ríos, pero el puente de madera sobre el último de ellos había sido arrastrado por la corriente. A la mañana siguiente regresaron con dificultad a su destacamento. Ese día Nada cumplió los 10 años.
El 7 de marzo Hidalgo regresó a Cochabamba. Sus colegas bolivianos le explicaron que la única forma de llegar hasta Nada era en helicóptero y que los narcos locales disparaban contra cualquier aeronave que sobrevolara sus campos. Tendrían que llegar a un acuerdo. En un restaurante de Cochabamba, Hidalgo se sentó a almorzar con Ángel León, un líder local con ascendencia sobre los cultivadores de coca (algunos de ellos la cultivan legalmente, aunque haya otros que la producen para el tráfico de cocaína). “Se lo tomó como una cuestión de honor”, dijo Hidalgo, que también compró 500 kilos de azúcar a los campesinos como parte del trato. León accedió: daría a sus hombres la orden de capturar a Morales y resguardar a Nada. La policía podría entonces llegar en helicóptero, subirlos a bordo y marcharse inmediatamente.
Esa noche, Nada y Morales estaban en su cabaña cuando oyeron a unos hombres vadeando el río. Con aspecto amenazador, un grupo de agricultores armados con rifles apareció en la penumbra de su puerta. Aterrorizada, Nada se escondió en un rincón. Morales parecía aún más asustado que ella.
Los hombres ataron las manos de Morales, lo encerraron en una caja de madera, y le dijeron a Nada que fuera con ellos. Ella cogió su cámara, su cuaderno y su dinero. Acunando su arma mientras la vigilaba, un agricultor la llevó a su cabaña con su familia. Nada seguía aterrorizada.
A la mañana siguiente, una unidad del ejército boliviano proporcionó dos helicópteros para que Hidalgo y una patrulla policial boliviana rescatara a Nada. Despegaron a las 11 de la mañana, volando por encima del espeso bosque. Veinticinco minutos más tarde, Hidalgo divisó un claro con casas. Un policía boliviano señaló a una niña de pie en el campo con un pañuelo azul brillante en la cabeza. Para que la operación funcionara, Hidalgo sabía que tenían que ser rápidos. “Entrar y salir, sin apagar los motores”, le habían dicho los pilotos de la base aérea de Chimore.
En tierra, Nada no entendía lo que estaba pasando. El pueblo estaba en estado de tensión, los hombres en las puertas de sus cabañas. El ruido del primer helicóptero se hizo cada vez más fuerte, hasta que aterrizó en el campo y una policía con uniforme azul corrió hacia ella. “¿Eres Nada?”. Habían pasado meses desde la última vez que la llamaron así. Apenas tuvo tiempo de responder cuando otro helicóptero aterrizó. De allí saltó un hombre alto que le hizo la misma pregunta. Era Hidalgo.
Hidalgo se dio cuenta de que la voz de Nada tenía un marcado acento boliviano y que su piel estaba llena de picaduras de mosquitos. Ella empezó a llorar. Unos minutos más tarde despegaron. Nada miraba hacia abajo, hipnotizada por la exuberante selva tropical vista desde arriba.
Los siguientes diez días en Cochabamba, a donde la trasladaron en avión, fueron un torbellino: le dieron ropa nueva y una cama dentro de un hogar infantil estatal; la llevaron de visita a lugares de interés; le hicieron revisiones médicas; y fue entrevistada por la policía y los fiscales.
En el hogar compartía dormitorio con un grupo de chicas adolescentes que todos los días le cepillaban y peinaban su largo cabello oscuro. No se hizo ningún intento por ponerla en contacto con sus padres, investigados por la fiscalía por supuestamente poner en peligro la vida de su hija a cambio de una parte de las joyas de Morales.
Tras consultar a su esposa, Hidalgo le compró una colorida mochila Monster High. Ella estaba encantada. Le impresionó la resistencia y la inteligencia de la niña. Una de sus principales preocupaciones era si tendría que repetir el curso. “Era muy inteligente, despierta y captaba las cosas muy rápido”, me dijo. También le traducía palabras básicas en quechua. Para ella, Hidalgo parecía el tipo de padre que solo había visto en las películas: protector y cariñoso. Durante el vuelo de regreso a España, Hidalgo se dio cuenta de que ella se había guardado en el bolsillo el panecillo que él no se había comido. Seguía en modo supervivencia.
El 17 de marzo de 2014, siete meses después de abandonar España, Nada Itrab, de 10 años, bajó de un avión en el aeropuerto de Barcelona arrastrando su mochila nueva y agarrada de la mano de Hidalgo. Durante unos breves minutos, le permitieron ver a sus padres, pero no a solas. “Nunca había visto llorar a mi padre”, me contó. Luego se los llevaron. Nada estaba ahora bajo la tutela de la Generalitat, que había decidido separarla de sus padres. Ni volvería a casa ni vería a sus amigos del colegio, porque la iban a internar en instituciones lejos de L'Hospitalet. Su calvario estaba lejos de terminar.
Se publicaron reportajes sobre su regreso en la tele y los periódicos, donde se habían enterado de la existencia de Nada tras su rescate en la selva. La policía dio una rueda de prensa dando pocos detalles sobre lo sucedido, solo para decir que la niña se encontraba bien. En octubre hubo otra noticia, por los 17 años de prisión con los que condenaron a Morales por tráfico de menores y abuso sexual. Y dos años más tarde hubo otra, por los dos años de prisión (suspendidos) contra sus padres por “abandonar” a su hija. Pero eso fue todo. La historia parecía haber terminado.
¿Qué le habría pasado a Nada?
A finales de 2022, la veterana periodista catalana Neus Sala hizo una de sus habituales visitas a la sede de la Guardia Civil en Madrid. Allí habló con Hidalgo, al que conocía desde hacía más de treinta años. Hidalgo es ahora comandante de la Guardia Civil y ayuda a dirigir a los 700 agentes de la UCO desde una amplia oficina en Madrid (cuando lo visité el año pasado, había una foto de Nada en la estantería). Tras estar al frente en varios de los casos más famosos de asesinatos y secuestros, Hidalgo recordó en aquella conversación con Sala el rescate de Nada. Uno de los momentos más destacados de su carrera, dijo. ¿Qué le habría pasado a Nada, que ahora tendría 18 años? Sala estaba decidida a averiguarlo.
Fue fácil de encontrar. Los portales web de noticias locales habían informado de que una chica con el nombre de Nada Itrab había ganado recientemente un premio de 500 euros al mejor ensayo de último curso de secundaria en L'Hospitalet. Curiosamente, no se decía que era la misma chica secuestrada una década antes. Nada, que ahora estudiaba empresariales en una universidad local, también se anunciaba en Internet como profesora para clases particulares. Sala le escribió diciéndole que conocía bien a Hidalgo y que los dos querían saber cómo estaba. ¿Podrían verse? La reacción instintiva de Nada fue decir “no”. No quería remover su pasado, y menos aún con una periodista. Lo de Bolivia era un secreto lejano y vergonzoso, algo que había borrado deliberadamente de su memoria. Pero la mención de Hidalgo le intrigó. Pasó un mes antes de que aceptara reunirse.
Por casualidad, Sala también había crecido en L'Hospitalet. De hecho, después descubrieron que las dos habían vivido de niñas en el mismo bloque de apartamentos, frente a la estación de metro Can Vidalet. Quedaron en verse en esa misma estación el mediodía del 27 de noviembre de 2022.
Sala esperaba bajo el sol invernal con Pistón, su pequeño perro negro. Cuando llegó Nada, Sala se quedó impresionada con su elegancia digna y tranquila: llevaba un abrigo azul, estaba impecablemente maquillada y tenía su espesa melena negra trenzada en una coleta que le llegaba por debajo de la cintura. En realidad, Nada estaba muy nerviosa ante la idea de revivir un trauma profundamente enterrado. Pero eran sentimientos que había aprendido a ocultar.
Nada le contó la historia de su vida desde su regreso a España y Sala la escuchó horrorizada. Hasta que cumplió 14 años, las autoridades catalanas la tuvieron internada en dos hogares infantiles a las afueras de Barcelona (en los primeros tiempos, Hidalgo la iba a ver de vez en cuando). Luego la devolvieron con sus padres a la casa ocupada, pese a haber sido hallados culpables por lo de Bolivia. Cuatro años después, Nada seguía viviendo con ellos.
Regresar a La Florida fue una experiencia horrible. Aunque estaba desesperada por alejarse de las monjas que dirigían el último hogar infantil, vivía atemorizada por el temperamento de su padre. Para evitar coincidir con él se acostaba temprano y sin comer, con un cuchillo escondido debajo de la almohada. En el instituto local Rubió i Ors, los profesores la veían al límite, con problemas en casa y tratando de sacar las mejores notas. Sufría graves ataques de ansiedad.
El hambre, la escasez, los abusos, el caos doméstico y la ansiedad la sumieron en una profunda depresión. A los 15 años se escapó de casa durante una semana, durmiendo en azoteas y escaleras de bloques de pisos. A los 16, pensó en suicidarse y estuvo aproximadamente una hora paseándose por la pequeña sala de estar con un cuchillo en la mano. En su mente, imaginó una pequeña luz que le permitió soltar el cuchillo. “Representaba la esperanza para el futuro”, dijo.
Una vez más, su salvación fue el colegio. Alba Solsona, la profesora de geografía e historia que supervisó su ensayo premiado sobre Palestina (un tema que les apasionaba a ambas), me dijo que Nada siempre había destacado por su curiosidad, competitividad y motivación. Era más seria que otros adolescentes y, empeñada como estaba en sacar buenas notas, le costaba hacer amigos. A los profesores les dijeron que procedía de un entorno extremadamente vulnerable, sin más detalles. En casa, leía constantemente. En clase, argumentaba con solidez. “Como profesora, te obligaba a dar lo mejor de ti misma”, dijo Solsona.
A medida que se iban conociendo mejor, trabajando en el proyecto de investigación, Solsona le sugería de vez en cuando que en la vida había cosas más importantes que sacar buenas notas. Pero Nada tenía claro que esa era su vía de escape de La Florida.
Tras la estación de metro de Can Vidalet, Nada y Sala continuaron la conversación bajo el sol invernal frente a un plato de patatas con alioli en la terraza de Juanito’s, un bar de la zona. Para Nada, aquel encuentro fue revelador. Desde su regreso apenas había hablado de Bolivia. Una experiencia que había llegado a ver más como unas vacaciones que salieron mal que como un secuestro por parte de un pedófilo abusador. La verdad comenzó a tomar forma mientras hablaba con Sala. “Cuéntame mi historia”, le suplicó a Sala.
Sala temía provocar otro trauma. “No soy psicóloga”, me dijo. Pero le relató a Nada un esbozo de lo que había sido su secuestro, esclavización y rescate posterior. Sala, que había dedicado su carrera a informar sobre historias desgarradoras de todo el mundo, quedó impresionada por la compostura y resistencia de la mujer frente a ella. “Una superviviente”, me dijo Sala, indignada al saber que el gobierno catalán nunca había formalizado la residencia de Nada. Como inmigrante marroquí sin papeles, no tenía permiso de trabajo y tampoco podía solicitar becas para estudiar. Pero Nada llevaba en España desde los cuatro años y, como víctima de trata, reunía automáticamente los requisitos para obtener la residencia permanente.
Explicar toda la historia
Nada no supo bien cómo responder cuando Sala se ofreció a ayudarla, empezando por asegurarse de que le concedían el permiso de residencia. Un mes después de su primer encuentro, a finales de diciembre de 2022, acudió a la casa de la periodista en Barcelona con una petición sorprendente. Nada le habló a Sala de heroínas cuyas vidas había estudiado y cuyos libros había leído. Jóvenes como Malala Yousafzai, la paquistaní a la que en 2012 un islamista radical disparó en la cabeza por su activismo en defensa de la educación femenina. O la yazidí Nadia Murad, esclavizada en Irak por el ISIS a sus 21 años. Eran mujeres que habían utilizado su sufrimiento para hacer activismo y Nada quería hacer lo mismo. “Quiero que mi historia dé visibilidad a los niños maltratados y esclavizados”, le dijo.
Durante los meses siguientes, tramaron juntas un plan. Nada aprendería a contar su historia en público y las dos trabajarían en un libro y en un documental. Con ayuda de Sala, a Nada le concedieron el permiso de residencia. También cambió de carrera universitaria para estudiar Derecho y Relaciones Internacionales, una formación necesaria para dedicar su vida a la defensa de los derechos humanos.
Pero incluso mientras seguía avanzando, unas pesadillas terribles la atormentaban: hombres violentos que la perseguían por bosques o paisajes urbanos amenazantes. Sala le buscó un psicólogo y la llevó a un centro de terapia con animales dirigido por un amigo, donde Nada pasaba tiempo con caballos. Un día, el propietario del centro le pidió a Nada que hablara con un grupo de ejecutivos que habían llegado para un curso. Por primera vez, contó su historia a unos desconocidos. Se quedó perpleja al verlos llorar.
Sala dejó de pensar en Nada como la protagonista de una historia que cubriría como periodista. Como me dijo, había empezado a pensar en ella como en “una segunda hija”. La relación también satisfacía una necesidad emocional de Sala, que ahora tiene 56 años y lleva tres décadas informando sobre víctimas de catástrofes y delitos. Un proyecto que lo consume todo, emocionalmente agotador y, hasta ahora, económicamente difícil. “He contado muchas historias de dificultades y he visto morir a chicas jóvenes”, me dijo Sala. “Si puedo ayudar a salir adelante a una sola de ellas, el esfuerzo habrá valido la pena”.
A pesar de todo, Nada seguía viviendo con su familia en La Florida. Continuaban los aterradores ataques de ira de su padre y los desalojos de los apartamentos que ocupaban ilegalmente, pero Nada quería apoyar a su madre y estar presente para sus dos hermanos menores. Sala estaba convencida de que su familia era, de hecho, el mayor peligro para el futuro de Nada.
Había otro motivo para no abandonar el hogar. Nada había descubierto la religión en el colegio. A los 16 años, había visto vídeos en TikTok de personas recitando el Corán, y eso había calmado sus miedos. Aunque sus padres no eran religiosos, ella comenzó a leer el Corán y los dichos y hechos de Mahoma. Encontró lecciones sobre el perdón, la paz, y el amor. El truco, dijo, era “responder al mal con bondad”. En su mente, eso significaba perdonar a sus padres e incluso a Morales. Curiosamente, su encuentro con él no la había alejado de la religión. “Mi primer contacto con Dios fue cuando le pregunté cómo alguien como él podía afirmar que creía en Dios, y ese fue el día en que me apuñaló en el pie”, dijo.
A principios de 2024 supo de una organización refugio para mujeres que ofrecía un pequeño estudio en una ciudad de las afueras de Barcelona. Pero a Nada le preocupaba que eso fuera en contra de sus deberes islámicos con su familia. Un día de ese verano, después de visitar un museo de arte contemporáneo en Barcelona, entró a la basílica de Santa María del Mar. Cerca del altar del imponente edificio gótico del siglo XIV, había un sacerdote católico de pie invitando a la gente a confesarse. Nada decidió pedirle ayuda. ¿Tal vez él podría aconsejarla?
En el confesionario, una vez más, descubrió el poder de su historia. Mientras hablaba, el sacerdote lloraba con grandes sollozos. “Nunca había visto a nadie llorar así”, dijo ella. “Estaba sufriendo de verdad”. Cuando el sacerdote se recuperó, aconsejó a Nada que se marchara. “Tienes que escapar y empezar una vida nueva”. En noviembre de 2024, cuando la policía se presentó en la casa ocupada donde vivía con su familia para desalojarlos, Nada aceptó por fin la oferta del estudio. Al mudarse se sintió libre y feliz. Por primera vez experimentaba la paz doméstica, y solo ella tenía la llave.
No todo avanzaba igual de bien. El plan urdido con Sala parecía estar estancándose. Nadie quería su documental, o al menos no con la seriedad de enfoque que ellas querían darle. Las editoriales se encogían de hombros ante su propuesta de libro. “Si hubiera sido blanca y no marroquí, las cosas habrían sido diferentes”, dijo Sala. Para ese momento, Nada ya había invertido mucho en el proyecto. Con el apoyo de Sala, se había pasado a Derecho y Relaciones Internacionales, una carrera que encajaba con sus nuevos objetivos y era más satisfactoria, pero también más arriesgada en términos de empleo. ¿Y si el plan no funcionaba? Sin una red de seguridad familiar, un fracaso podía significar terminar en una casa ocupada en La Florida.
Como los antiguos contactos de Sala en los medios no parecían interesados, Nada acudió directamente a Uri Sabat, uno de los youtubers más populares de España. Sala se enfadó mucho cuando se enteró: Nada había estropeado la posibilidad de ofrecer su historia personal en exclusiva, y eso podía perjudicar el plan de un documental, o de un contrato editorial, que le permitiera terminar sus estudios y ser independiente. No se hablaron durante un mes.
Una vez que limaron sus diferencias, Sala llevó a Nada a programas matutinos de mucha audiencia en la televisión. A principios de septiembre de 2025, en su primera aparición, Nada contó su historia en Antena 3. Explicó que había perdonado a Morales (que para entonces ya había fallecido en prisión). “Cuando perdonas, no lo haces porque la otra persona lo merezca”, explicó. “Lo hago porque mi corazón merece vivir libre de rencor”. El público del estudio aplaudió con entusiasmo.
Un caso “especial”
Como estaban en Madrid, Sala llevó a Nada a ver a Hidalgo en la UCO. Todos en la oficina parecían encantados con su visita. Nada descubrió que su caso era legendario. En una vitrina había expuestos varios de los objetos que se habían recuperado con ella, como un Corán de bolsillo y un cuaderno que llevaba Morales. “Desde el principio fue un caso especial”, me dijo Hidalgo. “Cualquier otra niña habría muerto, pero ella es un camaleón, capaz de adaptarse a cualquier cosa”. Volver a verla fue muy emocionante para Hidalgo. “Era la misma Nada, tan rápida y brillante”, dijo. Con un nudo en la garganta, Nada se aguantaba el llanto. “Pude ver lo mucho que mi vida había significado para ellos”, dijo. Hidalgo la invitó a regresar y le pidió ayuda para formar a los agentes que se ocupan de víctimas de trata.
El 14 de septiembre de 2025, el periódico La Vanguardia publicó una noticia sobre su reencuentro y contó la doble tragedia de Nada. Primero el secuestro; luego, el abandono de las autoridades catalanas. Aquel artículo reavivó el proyecto. De repente, los editores y los productores de televisión querían hablar con ellas.
Unos días más tarde comenzaron mis viajes frecuentes a Barcelona, desde mi casa en Madrid, para reunirme con Nada. Sentía curiosidad por conocer su historia, sus ambiciones y su relación con Sala. Hablábamos durante horas, sentados frente a la pequeña mesa del comedor de la casa de Sala, una vivienda de dos plantas en un callejón privado cerca de los extravagantes diseños de Gaudí en el Parque Güell. Las conversaciones solían ser a tres bandas, con Sala presente. Nada se sentía allí como en casa, metiéndose por su cuenta en la cocina para prepararse un chocolate caliente.
El vínculo entre las dos se había fortalecido con los altibajos del proyecto, también con los desacuerdos. Sala era franca y cariñosa, se preocupaba por la alimentación de Nada o la reprendía por vestirse demasiado elegante para sus apariciones en televisión. “¡No puedes aparecer con ese aspecto de Angelina Jolie!”. Nada se encogía de hombros. Siempre llegaba con una ropa y maquillaje impecables. Su tranquila y sincera elocuencia ocultaba una energía inquieta. Para empezar, jugaba con cualquier cosa que hubiera sobre la mesa, incluida mi grabadora.
Nuestras conversaciones se convirtieron en algo parecido a una caja que se va abriendo lentamente. Nada estaba excavando en su propio pasado, leyendo documentos policiales y judiciales que le dieran más detalles sobre lo que le había ocurrido, preparándose para demandar por negligencia al gobierno catalán por 300.000 euros (desde su trabajo como becaria en un bufete de Barcelona), y ayudándose de psicólogos para desenterrar sus recuerdos. Nada estaba llenando vacíos enormes de su vida a la vez que trataba de comprenderlos. Le costaba especialmente comprender a sus padres, de quienes no quería hablar.
En cierto modo, las cosas iban demasiado rápido. Durante ese tiempo, el canal estadounidense en español Univision emitió un reportaje sobre ella y Nada volvió a aparecer en otros programas de televisión, donde su presencia refinada y su tono moderado contrastaban con el horror de su historia.
Para entonces, recibía unos tres correos electrónicos a la semana de niñas y mujeres jóvenes de todo el mundo que habían sido maltratadas, algunas por la secta Aeminpu. Nada les respondía, o mantenía videoconferencias con ellas, aunque poco más podía hacer que escucharlas y expresar su simpatía. También estudiaba para obtener su título de Derecho, escribía su libro con Sala, hacía prácticas en el bufete de abogados y preparaba su demanda contra el gobierno catalán. Hasta que en diciembre, agotada, empezó a perder mechones de pelo. Aunque ella había decidido aguantar, su cuerpo la estaba traicionando.
En una soleada mañana de invierno, Nada, Sala, el perro Pistón y yo nos subimos a la furgoneta gris Toyota Proace de Sala para ir a La Florida y pasear por el cementerio donde Nada llenaba las botellas de agua. Era la primera vez que Nada venía con Sala, cuyo padre está enterrado allí. Cuando se encontraban las dos, Nada siempre pedía mantenerse alejadas del barrio de sus padres. Estaban enfadados con ella por sus apariciones en televisión y a Nada le preocupaba encontrarse con su padre. La actitud se suavizó después de enero, cuando utilizó el anticipo del libro para comprarle muebles a la familia. “Ahora se dan cuenta de que inevitablemente contaré mi historia y han cambiado”, dijo.
Visitamos la manzana deteriorada donde Morales había sido su vecino y pasamos por delante del apartamento con ventanas rotas en el que vive su familia ahora. Mientras caminábamos, Nada declaró que La Florida también sería una de sus causas. “Estoy orgullosa de este lugar”, dijo. Recordaba la delincuencia, las drogas y las peleas. Recordaba el año en que unos jóvenes incendiaron el árbol de Navidad de la plaza principal. Pero también recordaba que era un lugar de vecinos, lleno de vida.
Mientras nos alejábamos de La Florida, Nada me dijo que su sueño era hablar ante la ONU sobre la necesidad de luchar contra el tráfico de niños. Esta determinación tiene un coste. La última vez que nos vimos, a finales de enero, estaba pasando por una terapia agotadora y muy intensa para superar su disociación con lo sucedido. Parte del dolor que llevaba más de una década reprimiendo estaba empezando a aflorar. Era como quitarse una máscara, dijo, y daba mucho miedo. “Me considero fuerte”, me dijo. “Así que, si yo estoy sufriendo, imagínate cómo debe ser para alguien que no tiene las cosas que yo tengo ahora”.
La forma en que Nada afronta la situación es volcándose aún más en la lucha. En un mensaje reciente de WhatsApp, me dijo que había preparado una carta para la conocida abogada por los derechos humanos Amal Clooney, que ha representado a la Nobel de la Paz Nadia Murad (Malala Yousafzai, otra heroína de Nada, también es Nobel de la Paz). “Quiero pedirle consejo”, me dijo Nada. Iba a enviarla una vez que se publicara este artículo. Conociéndola, estoy seguro de que un día después ya estaría en camino.
Traducido por Francisco de Zárate.