Barcelona, capital del nuevo internacionalismo progresista
En un contexto histórico de avance de proyectos autoritarios, la normalización de discursos reaccionarios y una creciente desconfianza hacia las instituciones democráticas, Barcelona ha acogido este fin de semana la Global Progressive Mobilisation (GPM). No ha sido un encuentro más. Ha sido, sobre todo, un intento serio —y necesario— de reconstruir una agenda, un relato y una estrategia compartida para la izquierda global.
Lo vivido apunta a un nuevo ciclo político para el progresismo internacional.
Esperanza en tiempos inciertos
Durante demasiado tiempo, la izquierda ha quedado atrapada en una posición defensiva, reaccionando a los embates de una derecha cada vez más desacomplejada. En Barcelona, sin embargo, se ha percibido un cambio de tono. Lejos del lamento, la GPM ha estado marcada por una actitud propositiva y optimista.
La defensa de la democracia, del multilateralismo y del derecho internacional ha sido central, especialmente en un contexto de conflictos abiertos en todo el mundo. Pero también ha emergido con fuerza una idea clave: la paz no puede tener dobles raseros. Desde Ucrania hasta Gaza, pasando por Irán o Líbano, el progresismo solo será creíble si defiende un mismo criterio basado en el diálogo, la diplomacia y el respeto al derecho internacional.
De la resistencia a la ofensiva
Con más de un centenar de talleres con representantes políticos, expertos y sociedad civil, la GPM ha demostrado que el progresismo no solo tiene diagnóstico, sino también propuestas concretas. Y estas conectan directamente con las preocupaciones materiales de la ciudadanía.
El derecho a una vivienda asequible emerge como una de las grandes batallas de nuestro tiempo, junto con la necesidad de garantizar salarios dignos y combatir la precariedad. Sin seguridad material, no hay democracia sólida.
A estas prioridades se suman la regulación de las grandes plataformas digitales, una transición ecológica justa y la construcción de nuevas narrativas capaces de interpelar a las generaciones más jóvenes. El mensaje es claro, se trata de disputar la hegemonía y construir mayorías para gobernar.
Una unidad diversa, más allá de Europa
Uno de los elementos más relevantes de la GPM ha sido su capacidad para superar una mirada excesivamente eurocéntrica y articular un espacio verdaderamente global. Barcelona se ha convertido en punto de encuentro de tradiciones políticas diversas que demasiado a menudo dialogan poco entre sí.
Han confluido experiencias que iban des de la izquierda latinoamericana, del progresismo norteamericano, de los movimientos africanos y de la socialdemocracia europea. Esta diversidad, es una muestra de fortaleza imprescindible para construir mayorías globales con un denominador común claro: la defensa de la democracia, los derechos sociales, la igualdad y un orden internacional basado en reglas, el multeralismo y la paz.
Liderazgo y credibilidad
Este impulso no es casual. Requiere liderazgo político y capacidad institucional. El papel del presidente Pedro Sánchez, de la mano del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, ha sido determinante para situar a España como un actor relevante en la coordinación del progresismo internacional.
Al mismo tiempo, el protagonismo de Salvador Illa y de las instituciones catalanas y barcelonesas ha contribuido a consolidar Barcelona como una capital política abierta al mundo. Fruto de años de compromiso con los valores internacionalistas y de una acción de gobierno ambiciosa, innovadora y con voluntad de incidencia.
Construir una alternativa real
La respuesta progresista al contexto global debe ser inequívoca: defensa de los valores democráticos, sí, pero también mejora tangible de las condiciones de vida. No hay margen para la resignación ni tiempo para la inacción.
Como recordó Salvador Illa en su discurso, «las olas, por altas que sean, siempre mueren en la orilla». No es solo una metáfora, sino una llamada a la acción. Nada está escrito, y todo sigue siendo posible.
Barcelona ha sido, durante unos días, el epicentro de esta esperanza. El reto ahora es convertirla en una estrategia sostenida.
Porque la batalla no es solo resistir el presente, sino ganar el futuro.
Laura Ballarín, es diputada al Parlamento Europeo y coordinadora del Grupo S&D en la Comisión de Mercado Interior y Protección al Consumidor
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