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Un paseo por el Passeig de Gràcia entre fortunas coloniales, modernismo y lujo: “Hay especulación desde hace 150 años”

Pau Rodríguez

Barcelona —
18 de abril de 2026 21:34 h

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Más de 10.000 peatones recorren sus 1,3 kilómetros a diario. Muchos solo levantan la mirada –y el móvil– frente a las obras de Gaudí, ya sea la Casa Milà o la Casa Batlló; otros, van de compras en tiendas que ocupan fincas modernistas que levantaron grandes fortunas barcelonesas. Roger Bastida (L’Hospitalet de Llobregat, 1990), historiador del arte, escritor y devoto de esta avenida, pasea entre todos ellos y concluye, optimista: “No creo que los barceloneses hayamos abandonado el Passeig de Gràcia”.

Bastida ha publicado Passeig de Gràcia. Història d’una familia (editorial Comanegra), con el que ha ganado el premio IV Santa Eulàlia de novela. En él, describe las peripecias de tres sagas familiares alrededor del auténtico protagonista del libro: el Passeig de Gràcia, la arteria comercial más lujosa de la ciudad, y la más cara de España, que hace 200 años era apenas un camino de carros que unía Barcelona con el pueblo de Gràcia, y que se erigió en la ubicación más codiciado de sus grandes fortunas.

El paseo con Bastida arranca en lo alto del Passeig de Gràcia. A un lado y otro de la Diagonal, dos ejemplos de lo que fue y lo que es hoy el paseo. El Palau Robert, vestigio del paseo de los palacetes (que serían derribados para levantar edificios), convive con el antiguo Deutsche Bank, símbolo del poder bancario afincado en la arteria durante el franquismo y de su transformación en el siglo XXI en meca del superlujo para capitales extranjeros. Su ático se vendió por 40 millones, el metro cuadrado más caro de toda España.

“El Passeig de Gràcia permite explicar la historia de la ciudad y del país. Comenzando por el comercio con América, la industria textil, la especulación inmobiliaria… y desembocando con el turismo”, señala Bastida. Además, reivindica, es de las pocas grandes avenidas europeas donde el dinero y el arte van tan de la mano. “Si vas por las calles más lujosas de Madrid o de Milán, no te encuentras un Gaudí o un Domènech i Muntaner, ni casas museo”, afirma.

Palacios levantados con dinero esclavista

Proyectado por Bernaldo de Quirós, marqués de Campo Sagrado, e inaugurado en 1827, su existencia es anterior al derrumbe de las murallas de la ciudad y la expansión del Eixample. “Plantaron árboles, pusieron bancos, fuentes, e inicialmente era un espacio de recreo, porque la ciudad se había quedado pequeña”, explica Bastida. Pero poco a poco, las grandes familias, ya fueran la aristocracia local o las fortunas originadas en Cuba y Puerto Rico, lo eligieron para levantar sus palacios. 

Es el caso de los marqueses de Castelljussà o de la familia Massana, que amasó su fortuna a base de trabajo esclavizado en Cuba. Ambos apellidos son fabulados para la novela Passeig de Gràcia, pero se basan en hechos reales. Uno de los palacios que aguantó más en pie, hasta 1947, fue la Casa Samà, de Salvador Samà, Marqués de Marianao. Su riqueza está vinculada al tráfico ilegal de esclavos. 

“El peso de las fortunas antillanas en la construcción del Passeig de Gràcia es importante, y esto incluye las familias que sabemos que traficaron con esclavos o las que tenían plantaciones y se beneficiaron de su mano de obra”, describe Bastida. Otra de las grandes herederas de esclavistas que desembarcó en esta avenida fue Manuela Xiqués, la Bisabuelita, que compró el solar donde hoy está el Hotel Majestic

De la primera fase del Passeig de Gràcia solo quedan dos palacios. El Palau Robert (aunque es posterior, puesto que el financiero gerundense Robert Robert i Surís mandó derribar unos chalés y construir a finales del XIX su palacio) y el Palau Marcet, del empresario Frederic Marcet, inmerso actualmente en un polémico proyecto de remodelación para albergar el Museo Thyssen.

Especulación y arquitectos estrella

Hacia finales del siglo XIX, el Eixample en construcción se convirtió en un lienzo en blanco para los grandes arquitectos del modernismo catalán. En el Passeig de Gràcia, se derruyeron palacetes para dar forma a la actual avenida de inmuebles de cuatro plantas. “Era la calle donde se pagaba el suelo más caro, estaba estudiadísimo cuánto costaba cada metro cuadrado”, explica Bastida. “Es entonces cuando se crea este modelo clásico de edificar una finca de cuatro plantas, con el Principal para el propietario y el resto, para otras familias adineradas”, resume. 

Las grandes familias se lanzaron a una feroz competición para conseguir los arquitectos más demandados de la nueva corriente modernista. Antoni Gaudí, Josep Puig i Cadafalch, Lluís Domènech i Montaner. “Enric Sagnier era entonces el más caro y es el que tiene más obra en la ciudad, aunque no es tan conocido”, precisa Bastida. 

El legado más evidente de esa competición es la llamada manzana de la discordia, que aúna la Casa Batlló, de Gaudí, la Casa Ametller, de Puig i Cadafalch, y la Casa Lleó Morera, de Domènech i Montaner. Su acera es de las más intransitables de la ciudad. Bastida se queda con la Lleó Morera, en la que trabajó de guía el poco tiempo que estuvo abierta al público. “Tiene el interior doméstico modernista más espectacular de Barcelona”, argumenta. Además, su fachada es la primera íntegramente de cristal.

Lejos de los turistas, un paseo con Bastida permite descubrir aún secretos del modernismo en plena capital catalana. Como los que esconde la tienda del Massimo Dutti del número 96. Es la Casa Ramon Casas, el pintor modernista catalán cuyo padre hizo dinero en Cuba (la finca de al lado, que alberga la joyería Rabat, es la que heredó su hermana). Aún conserva arquitectónicamente el patio de carruajes o el taller donde pintaba. También escaleras o una chimenea de hierro que simboliza un mono y frente a la que se fotografía el escritor.

De las tiendas de lujo a Carles Marx

Mientras fue todavía hogar de la alta burguesía, los comercios del Passeig de Gràcia reflejaron las necesidades y caprichos de sus residentes. Inicialmente, explica Bastida, abundaban los talleres mecánicos, tiendas de complementos para automóviles o gasolineras. “En aquella época, esto era sinónimo de lujo”, dice el escritor. Con la Primera Guerra Mundial, añade, se llenó de cafeterías, pastelerías, peluquerías y tiendas de moda. 

Uno de los comercios más emblemáticos, la joyería Masriera (hoy Bagués-Masriera) sigue en pie en la avenida, aunque en otro emplazamiento al histórico. Fueron los grandes joyeros del modernismo. 

Pero las modas cambian, recuerda el escritor, y llegó el día en que las grandes fortunas prefirieron instalarse en la zona alta de la ciudad, donde permanecen. Ese proceso fue parejo al desembarco en el Passeig de grandes bancos e instituciones, con sus oficinas que cerraban por la tarde y dejaban la calle vacía de actividad. El Banco Vitalicio, que se alza en el solar del antiguo palacio del esclavista Samà, hoy Edificio Generali, es el más llamativo, junto con el del Banco Hispanoamericano, actualmente sede del hotel de lujo Mandarin Oriental.

Resulta que justo donde está el hotel, y antes el banco, se erigió también el monumental edificio del elitista Círculo Ecuestre, con piscina interior y sala de esgrima. Lo inauguró en 1926 el rey Alfonso XIII. Durante la Guerra Civil, lo ocupó la UGT y lo convirtió en el Casal Carles Marx. Después Franco se lo entregó a la Falange Española. 

Tras la etapa de los grandes bancos y aseguradoras, la fase en la que entró el Passeig de Gràcia es la actual, la del turismo de masas. A esta no llega el libro de Bastida, porque considera que ya está a la vista de todo el mundo. A diferencia de la Rambla y de partes del barrio Gótico, que han expulsado a los barceloneses en favor de los visitantes, Bastida considera que el fenómeno que vive su avenida preferida es distinta. En primer lugar, porque el pueblo barcelonés nunca ha podido residir en ella, ni ahora ni antes.

“No compramos en el Passeig de Gràcia, ni viviendas ni en sus tiendas, porque no tenemos poder adquisitivo, pero es que mis bisabuelos hace cien años tampoco lo tenían”, expresa. “No es que hayan puesto joyerías de lujo para los guiris, aquí la especulación existe desde hace 150 años”, añade. 

Y sin embargo, matiza que ni él ni muchos barceloneses han renunciado a pasear por el Passeig de Gràcia. Para ver el encendido de las luces de navidad, para desplazarse por el Eixample, para cenar en algún restaurante o, quién sabe, para comprar un anillo de boda.