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El agua

"Cada instante de un río es ya otro instante, el fluir, el movimiento anula esa relación entre lo nuevo y lo viejo"

Río Tajo a su paso por el embalse de Bolarque

Nos reunimos en Villa Valeria hace unos días JAB, J.L, t.P, Brodsky, a.N. p.B y n.L. La vieja guardia de corps. El paisaje junto a la vieja fábrica de tomate poco ha cambiado. Algunos chalets humildes con cipreses. Las higueras llenas de yemas a punto de rebentar a lo largo de la acequia V. Al fondo, tras las vías del ferrocarril a Lisboa, la gran muralla de ladrillos rojos de la ciudad. Amapolas a  los bordes del camino de Mejorada, como señal prematura del holocausto solar que se avecina.   

En la mesa quedaban  botellas de vino vacías junto a un plato con nueces e higos secos. JAB ha plantado ya en la huerta las espinacas, las cebollas, y las fresas; los semilleros se esparcen en cajas de madera por los bordes del muro blanco. La alberca se ha llenado de pétalos de flor de albaricoque. Todo parecía muy japonés, la brisa de seda azul de la tarde, el sol de finales de marzo en el cielo azul. Recordé el haiku de Matsuo Bashô -El hombre que diga, “Mis hijos son una carga” No habrá flores para él-.

La ciudad está ahora en los aires, desde ella, se ve muy abajo, como una herida o línea sinuosa el río, y la T. bocabajo. La T. podría ser una cruz, hemos hecho un gran agujero para meter el tronco de un viejo álamo pelado, y subir por el hasta la ciudad. Después de muchos años todos estamos aquí de nuevo. El tiempo es un escultor modelando el boceto de nuestros rostros en barro, inacabado lo deja secar al sol. De todos estos rostros, quizás sea el de t. P. el que mejor se ha conservado. Aún el reflejo de Kandinsky marca su mirada. El de J. es el de un Marco Aurelio ya en retirada del mundo, mientras que el de JAB me recuerda al de Trajano a la luz entreverada por las sombras de una noche sevillana.

La memoria es muy perra, se estrecha en los días hasta llegar a una noche de no se sabe qué año, y si sales por casualidad a un día de primavera,  ese día sólo puede ser este de hoy, en el que volvemos a estar todos juntos de nuevo. Resucitados, alrededor de una mesa bajo el albaricoque. J. llegó muy temprano  desde Toledo junto a k.H. Traían el coche lleno de botellas de vino y de piedras, tantas como para hacer un castillo. Después de comer propuse un juego que consistía en imaginar cómo sería el río nuevo, o un nuevo río.

No estaba claro si el adjetivo nuevo debía ir delante o después de nuevo. t.P. enseguida lo sustituyó por “nouveau” “Nouveau courant” –una corriente nueva-  De sus carcajadas salían pájaros de colores. ¿Pero de donde saldría el agua? Ninguno entendió nada, en realidad nada había que entender. Nada se entiende a día de hoy. El problema era el adjetivo, lo nuevo tiende a romperse pronto, se destruye a sí mismo, se desgasta rápidamente. Muy pronto lo nuevo es lo viejo, y ese “viejo” esa sólo palabra se deshace en el aire.

La sensación de ruina es más verdadera que la ruina misma, el espíritu no es sustituible, emana de las cosas. Un río nunca es nuevo ni viejo. Río es una de esas pocas palabras que lo guarda todo y lo muestra a medias, y es así por culpa del agua. ¿Y cual es esa culpa? Esta vez culpa significaba virtud, estruendo, golpeo, movimiento, luz, vida, abundancia, profusión, cantidad, raudal, plétora, afluencia, purificación, verdad, purga, filtrado, refinación, saneamiento, decantación, clarificación, caudal, y miles de palabras más que van unidas al agua. Frente a esas palabras que se elevan como un río celeste, otras, unas pocas palabras contrarias como ausencia, escasez, carencia, insuficiencia, poquedad, imbecilidad.

El vino nos ayuda a fluir dice JAB. J. va al coche y saca una caja con ocho botellas. El juego o conversación continuó, t.P. vuelve a su original propuesta,  de una “Noveau courent” y vuelve a soltar otra carcajada llena de peces de colores. El agua no muere, siempre hay la misma agua, desplazándose, oculta, elevada, traída, traicionada, escondida, robada. El agua arrastra todas las palabras hacia la vida y a su vez la vida mana de nuevo hacia el río. Un río nuevo es en realidad un río viejo, o no es finalmente un río. Cada instante de un río es ya otro instante, el fluir, el movimiento anula esa relación entre lo nuevo y lo viejo.

El más viejo de los ríos es el más nuevo, un río es tan nuevo como tan viejo. También hay ríos muertos y ríos vivos. No hay dialéctica en lo fluvial, como no la hay en lo celeste. Un hombre también es un río, señala Brodsky. Apunto la frase en un pequeño cuaderno. Los artistas siguen creando para no morir, t.P y a.N., tienen las manos manchadas de arcilla, modelan con miga de pan pequeños peces y pájaros que dejan en el suelo.

El fin último de su ansia creadora es demorar  hasta el final el pathos de la muerte, esa bipolaridad permanente del ciclo genésico que enlaza el sufrimiento y el amor, o con el amor sufriente, en una dualidad permanente de creación-fin. JAB habla entonces de puentes. El día que construyan el quinto puente, de un solo ojo, aguas abajo de La Morana. Nadie es capaz de imaginar ese puente inútil sobre un río nuevo. Ninguno vemos ese puente, t.P lo dibuja en papel de periódico, apenas tres trazos bastan, y con ellos levanta una ilusión ¿Y el agua? No hay agua. Es un puente de cristal, al cruzarlo piensas que se va a romper, caminas por el aire. Un puente invisible en un río invisible. Debajo no hay agua. En ese momento, p.B. sitúa el río por encima de nosotros.

El río pasa sobre nuestras cabezas y no se cae. Nuestras cabezas se van puliendo, son cantos rodados. Nosotros mismos somos el cieno, un cieno de palabras acumuladas. Ese río que nos cruza por arriba va abriendo un tajo o abertura en nuestra frente. Nuestro rostro es un lecho fluvial seco. Un río seco, de aire, un lecho que ya es una calle, o río tapado, subterráneo. Nos hemos acostumbrado al decorado dice JAB. El río ya no es exactamente eso que dice ser la palabra que lo nombra. Todo un poco más allá es un gran decorado fluvial. La costumbre termina cegando nuestra existencia, si no hay cada cierto tiempo una riada de vida dentro de cada uno, ese ser se ciega, queda encenegado, quieto y absurdo. ¿Y si no es un río, entonces qué es?

Ninguno parecía tener una respuesta. t.P. se levantó de la silla, se lavó las manos en la alberca, se las secó con un paño y se fue hacia la puerta de hierro. Un aire sedoso, azul movía sus largos cabellos blancos, camina desgarbado y muy despacio, como flotando en el polvo. Aún tiene ese aire de ceramista loco que lo ha acompañado toda la vida, y sus largos brazos modelan la luna de barro que suele caer siempre cerca de T. al principio de la primavera. t.P. cruza la puerta de hierro oxidada y se va hacia el año 1973. Tenía entonces seis años. Busca un día de agosto de 1973. La playa de los arenales. Su abuelo no sabía nadar, su padre y su madre tampoco.

Él cree que sabe nadar, aunque duda de que así sea. Nunca supo nadar, pero jamás se ahogó en el agua. Una vez se quitó el alma y la dejó en la orilla del río en La Morana, así pesaba menos su cuerpo y podía flotar. Nadar es ir por la nada braceando por el aire. No sólo está muerto el río, es nuestro mundo el que también está muerto, el mundo que conocíamos hasta hoy se muere. Dice Brodsky, que tampoco sabe nadar, que él se bañó un día en el río D, en Lincon City, que mide sólo 37 metros, y en el Roe. Los 61 metros hasta el Missouri los bajó agarrado a una tabla. Aún le falta recorrer los 18 metros del río Reprua, y los 13 metros de caudal del Mapurite en Venezuela.  Los ríos más cortos de la tierra. En ese momento ya se había hecho de noche, y Brodsky, tan maximalista como siempre, comienza uno de sus discursos. -Lo natural frente a lo artificial.

Quizás el destino del hombre sea el de de-construirse, hasta alcanzar ser la pureza y lo esencial de él mismo, y de paso la de-construcción del río, destruyendo casi todas las obras hidráulicas que esclavizan el agua, las presas, los trasvases, hasta dejar un curso libre, frágil pero libre- Dixit Brodsky. En el silencio oscuro de la noche, bajo el cielo raso lleno de estrellas, con una mesa llena de botellas de vino, se oía cantar a alguien a lo lejos la rogativa de Valdestillas. “Danos el agua, Señora, aunque no lo merezcamos, que si por merecer fuera, ni la tierra en que pisamos. Si Jesús desde la cruz, perdonó a sus enemigos, danos el agua, Señora, aunque sea inmerecido”

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