Si Hacienda fuéramos todos, otro gallo cantaría, y mucho más si cantara el gallo rojo de Chicho Sánchez Ferlosio. Pero, ahora, el que vuelve a cantar más fuerte es el gallo negro y Hacienda sigue echando de menos a los contribuyentes que más cariño deberían darle.
Hecha la ley, hecha la trampa. De encontrarla viven esos profesionales súper capacitados que asesoran a los parásitos o aspirantes a serlo -normalmente patriotas de pelo en pecho y bandera en ristre- para que escondan sus monedas de oro en islas casi desiertas que, en algunos casos, incluso facilitan una nacionalidad alternativa, por si las moscas, ya que cuando la mierda empieza a oler toca volar lejos.
Y de altos vuelos y largo recorrido resultó la magnífica prosopopeya que parieron los jerarcas económicos de la Transición. Aquello de que Ahora, Hacienda somos todos otorgaba al órgano recaudador la posibilidad de sentir a través de millones de almas, de súbditos que recién estrenaban ciudadanía y que, además de los colores de la selección, ahora se identificarían con un Estado que, por fin, los dejaba elegir, eso sí, entre opciones bien tasadas.
Ese verano de 1978, España no pasó de primera ronda (el gol que no lo fue de Cardeñosa) en la Copa del Mundo de la Argentina de la Junta Militar, pero unos meses después el país estrenó la Constitución que aún nos ampara. Los desalmados que no se dieron por aludidos en la unanimidad contributiva siguieron acarreando los billetes en maletines hacia Andorra o Suiza, paraísos naturales con el cielo más transparente y el sistema financiero más opaco, que hacen gala de la neutralidad menos altruista del mundo.
Más de 40 años después, ya nadie viaja cargado de efectivo y cagado de miedo por si un agente con tricornio o un aduanero perspicaz lo pilla in fraganti. No hay necesidad de pasar ningún embarazo para desembarazarse de una fortuna que podría arder debajo del colchón, como tampoco hay que gastarse una fortuna para volar a Londres a desembarazarse sin riesgo de morir. Esto último, por fortuna.
Más de 40 años después, Hacienda sigue sintiéndose defraudada. No quiero pensar lo que debió de sentir la pobre al saber que la presidenta de la Comunidad de Madrid vive en un piso comprado (presuntamente, claro) con dinero distraído de su asignación. Tampoco quiero imaginarme el sentimiento de desamparo que sufrirá cuando los madrileños (presuntamente parte de ese todos unánime) vuelvan a elegirla condotiera.
Las letras de tango constituyen en sí mismas un género especializado en el fraude y sus consecuencias políticas, sociales y, por supuesto, sentimentales
Aunque, en el fondo, a Hacienda le ocurre lo que a cualquier otro ser humano. El mundo en general nos defrauda. Nos sentimos engañados, robados y estafados. Las letras de tango (Chorra, Cambalache, Mano a mano) constituyen en sí mismas un género especializado en el fraude y sus consecuencias políticas, sociales y, por supuesto, sentimentales. El hecho de que sea un producto específicamente argentino (según León Gieco, del país de Cristo, que lo da todo sin recibir; de un país esponja, que se chupa todo lo que pasó), no es óbice para que tenga una proyección universal.
Como es universal Violeta Parra y su voz quejumbrosa cuando, en la fiesta nacional chilena, a los niños hambrientos les reparten “una medallita o bien una banderita” o cuando su amante le da la combinación de una caja sin cerradura, “como quien dice la llave del tarro de la basura”. Mientras que el tango es más bien acomodaticio y resignado, Violeta denuncia violentamente la estafa del Estado a su pueblo o de un hombre a la mujer que lo adora.
A todos nos dan gato por liebre y, en algún momento, acabamos comiendo morteruelo o gazpacho manchego cocinado a base de felino mechado. Aunque, seamos sinceros; a veces somos gato y a veces, liebre. ¿Quién no ha incumplido el programa? ¿Quién no ha falseado nunca un currículum? ¿Quién no ha maquillado su rostro o su personalidad? ¿Quién no ha engañado a la persona amada? ¿Quién no ha hecho pasar su correosa carne de gato por la también fibrosa pero mucho más suculenta carne de liebre? El que esté libre de pecado que dispare el primer perdigón.