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Con Juan Mollá, en Madrid

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A finales del mes próximo hará cuatro años del día en que la hermana de Josep Garcia Richart y otros familiares directos entregaron a la custodia del Ayuntamiento de Sueca una serie de documentos de gran valor. Una traducción catalana de los Éssais de Michel de Montaigne, que había ocupado muchas horas de trabajo meticuloso de Richart, cartas, escritos de recuerdos y fotografías. Intervino afortunadamente en la donación Enric Iborra. Todo ello se guarda en el Espai Joan Fuster, gracias a los excelentes cuidados profesionales de Enric Alforja.

Había también un poemario, Exercicis de vellesa, que de manera implícita se consideró necesario publicar, como recordarán sin duda la entonces alcaldesa Raquel Tamarit y Vicent Baldoví, que era concejal de Cultura. Por razones que es mejor no mencionar, la persona a quien se confió la edición descuidó el compromiso y el poemario sigue inédito, encerrado en el armario correspondiente.

Hace poco, los familiares de Garcia Richart preguntaron a Enric Iborra sobre el asunto y he tenido la gran suerte de encargarme de él. En el trámite, me puse en contacto con un valenciano residente en Madrid desde los últimos cursos de sus estudios de Derecho. Es Juan Mollá, uno de los mejores amigos de Richart, pero también antiguo testigo de los inicios periodísticos y literarios de Joan Fuster, Vicent Ventura o Josep Iborra en Claustro y otras plataformas.

Mollá nació en 1928. Fue alumno del Instituto Escuela durante la guerra y después de los Jesuitas, en cuyo colegio desamortizado funcionó aquella institución docente. El padre había sido oficial de la Guardia de Asalto y a partir de 1939 pasó seis años en las benéficas prisiones que Franco reservaba a quienes habían sido más leales y desinteresados que él. 

Entre sus recuerdos guarda el del día en que su madre le hizo acompañarla al juzgado para evitar los intentos de chantaje sexual de alguien que podía beneficiarla en el proceso. Los padres jesuitas le permitieron estudiar de balde e incluso facilitaban algunos alimentos a la familia hasta que el alumno, brillante y aventajado, que un tiempo pensó ser misionero, declaró no tener vocación sacerdotal. 

Juan Mollá cuenta todo eso con una bondad modesta y notables dosis de humor. Establece los hechos y agradece la ayuda recibida en una etapa tan dura. Hace poco, con dos antiguos alumnos, Ferriols y Ferrandis, participó en una celebración de las bodas de diamante de su promoción, en el antiguo colegio. Los jesuitas de ahora, también es cierto, no son los de los años cuarenta. Pero tampoco creo, simple apreciación subjetiva, que aquellos fuesen tan vengativos y abiertamente fascistas como los clérigos y frailes de otras órdenes. 

Por aquel tiempo fue también monaguillo en algunas misas celebradas por Josep Espasa en el colegio femenino instalado en el antiguo convento del Socors, extramuros de València.

Ya en la Universidad, estudiando Derecho, se hizo amigo de Richart. Esa relación se consolidó cuando en la Eivissa levítica de los años cincuenta de siglo pasado, en que el canónigo y erudito Isidor Macabich tenía tiempo de dirigir el diario local, hicieron las milicias universitarias.

Mollá acabó la carrera en Madrid, donde ha residido siempre. Se ocupó en pleitos importantes. Fue abogado de pintores conocidos, Sempere, Genovés y tantos otros. Y amigo de los hermanos Fernández Ordóñez u otros personajes relevantes en la Villa que hace casi cincuenta años volvió a ser Corte. No creo que todo ello le hiciese perder una esencial modestia en el trato, un sentido de la justicia que le llevó a presidir Cedro, en defensa de los derechos de autor, ni, mucho antes, a defender a algún dirigente encarcelado del Frente de Liberación argelino, en lucha contra el brutal colonialismo francés. 

En cualquier caso, nunca dejó de comunicarse con Richart, mediante una copiosa correspondencia que hace unos días he podido conocer, siguiendo los consejos de familiares de aquel tipo verdaderamente digno de atención que conocí en el entorno de Fuster, Ventura, Iborra o Doro Balaguer. 

Por eso he vuelto a Madrid en dos viajes de un día. Ahora hay que editar los versos de Richart y las cartas que cruzó durante unas decenas de años con su gran confidente. Aún no he podido leerlas. 

Cuando telefoneé a Mollá para presentarme y anunciar mi primera visita me sorprendió un comentario suyo que llevaba implícita una nota estimulante de optimismo. Le dije que había estado a punto de conocerle en abril de 1971, cuando José María Desantes me invitó a una cena de la Colla Tirant lo Blanc. No acudí por timidez, le confesé. Hombre, respondió Mollá, tendría usted que haber venido. Vi en su comentario una cordialidad generosa que no tenía en cuenta el paso del tiempo. Como si me invitase a abandonar la timidez y acudir a la próxima convocatoria de Gonçal Castelló, con Ricard Blasco, Manuel Vicent, Francesc de Paula Burguera, Juan Genovés, Josep Melià, Lluís Carandell y otras gentes de lengua catalana que vivían en Madrid, trabajando y esperando lo que se llamaba prudentemente el “hecho biológico”, es decir la muerte del Caudillo. Lo dijo Mollá como si no hubiesen pasado los años y volviésemos a 1971 para empezar conversaciones e intercambiar informaciones sobre gente estimada. 

Es lo que hicimos el 16 de diciembre pasado y el miércoles último en su casa de Madrid, una ciudad que me recuerda tiempos de iniciación a la vida adulta, con sus alicientes y peligros, el hambre y la ilusión. El Madrid de la policía ocupando los establecimientos universitarios, del juicio de Burgos contra ETA y la adunata fascista contra los ministros del Opus Dei ante el balcón del Palacio Real, donde estaban Franco y su heredero, el Príncipe de España. En un Madrid distinto —pero no del todo, el de Díaz Ayuso y Martínez-Almeida— he de ver de nuevo dentro de poco a Juan Mollá, para tratar de los poemas de Richart y de lo que se comunicaban ambos amigos en sus cartas por encima del tiempo y la distancia. En un diálogo que parecía destinado a no acabar jamás y que dice tantas cosas.