El bumerán

3 de junio de 2026 12:01 h

0

Aquella policía era visible, sus cascos y sus porras, por detrás de los laureles y los setos de ciprés y boj del Paseo de Valencia al Mar, que luego fue Blasco Ibáñez ya en la Transición, y que simplificábamos como Paseo al Mar.  La diosa Minerva presente, entonces y ahora. Llegabas por la mañana a la facultad, los veías (a los grises) descansando como garzas sobre una de las dos piernas, pertrechados de cabeza a pies con material antidisturbios, y en diagonal también descubrías los land rovers, en doble fila con más de ellos fumando y charlando, cumpliendo su rutinaria jornada de trabajo. Recuerdo, quiero recordar ahora, esa fijación en pleno invierno, quizá porque así se potencia más el blanco y negro y el grano de la foto, eso le da un toque de tiempo pasado filtrado en sepia. Esa era la mala policía: en realidad la que tocaba, porque era la policía de Franco. No, desde esos parámetros, podía actuar de otra manera. Ahí estaban, siempre, todos la descubríamos cuando, somnolientos, atravesábamos con libros en el macuto de pana el hall, aquel espacio en el que se podía respirar, para acudir a Lengua Clásica o Historia de la España Moderna y Contemporánea. El terror quedaba fuera. Hablo de lo que sé, de los principios de los años setenta. Cincuenta años. Medio siglo. Antes era peor.

Hoy y ayer y anteayer y la semana pasada, he recuperado sensaciones de vuelta atrás, ese bumerán que me (nos) retrotrae a escenarios que ya creíamos más que superados. Me refiero, claro, al recibimiento en Bilbao de los integrantes de la flotilla por parte de la Ertzaintza, una Ertzaintza desatada, que tanto nos ha remitido al ICE trumpista; y al suceso de la docente agredida con saña, por la espalda, en València (puntos de sutura en barbilla y tabique nasal afectado, más el lógico impacto mental en la víctima) por un policía nacional que no merece ese uniforme que viste y que le presta la sociedad. Ese uniforme que ya no es gris.

En lo de Bilbao, el consejero vasco de Seguridad ha argumentado no sé qué vaguedades bizantinas para justificar lo injustificable en un sistema democrático: el apaleamiento de una persona sin que esta haya provocado ese caos vergonzoso entre familiares, activistas y gente de paso. ¿La gente por el suelo, las porras en alto? Gritos y confusión. Al ver en principio las noticias pensé en un atentado terrorista. Algo muy grave.

En lo de València, ya viralizado por toda España y parte del extranjero, ignoro hasta dónde, pero me consta que al menos hasta la Córdoba austral, que dista a más de diez mil kilómetros, ese agente de la ley, o lo que sea (en todo caso, un mal policía), se ha cubierto de gloria y ha derramado la misma a toda la policía nacional en su conjunto, especialmente a esos dos sindicatos de policías que, de un modo inmediato e irracional (lo normal es que hubieran reflexionado un poco), han expresado por puro corporativismo su apoyo al de la porra implicado, con un añadido chulesco a la delegada del Gobierno en València.

Nada, pero nada, puede justificar esas actuaciones que huelen a idearios preconstitucionales. Uno quiere pensar, y lo pienso, que son casos aislados, que la gran mayoría de esos funcionarios del orden actúa según patrones democráticos, por eso es preciso que se adopten medidas más allá de una simple amonestación ante aquel que todavía no se ha enterado de que el derecho a manifestarse y expresarse pacíficamente es algo amparado por la constitución del 78, a no ser que ese alguien pertenezca a aquellos días, aquellos años (más de cincuenta, medio siglo), en los que solo al abandonar el Paseo al Mar y subir los peldaños de la facultad te sentías a salvo, protegido en aquel hall, donde el temor solo se divisaba a lo lejos, a través de los ventanales, dentro se condensaba el saber.