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Ceuta merece respuestas, no enemigos

Catarroja —

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Hay experiencias que cambian para siempre la manera en que una comunidad mira el sufrimiento de otras. En Catarroja y los municipios afectados por la dana lo sabemos bien. Por eso no podemos mirar hacia otro lado ante el sufrimiento del pueblo de Ceuta, ni aceptar que seres humanos sean utilizados como instrumento de presión o convertidos después en enemigos sobre los que descargar una desesperación comprensible.

Después de la dana del 29 de octubre de 2024, vimos llegar ayuda desde lugares que apenas conocíamos. Personas que cruzaron media España para sacar barro de una casa. También llegaron los bulos y la desinformación. Aquello nos dejó muchas lecciones. Una de ellas es sencilla, pero difícil de olvidar, cuando una comunidad atraviesa una situación extraordinaria, la solidaridad de los demás importa.

Todas esas lecciones las hemos aplicado y lo continuamos haciendo día tras día, también con Ceuta. Cuando otros pueblos han necesitado apoyo, Catarroja ha intentado responder desde esa experiencia. Lo hemos hecho recientemente con las comunidades venezolana y colombiana tras los terremotos que golpearon sus países, impulsando encuentros y mesas de coordinación con asociaciones, entidades sociales y ciudadanía para transformar la voluntad de ayudar en una respuesta ordenada y eficaz.

Y es desde ahí desde donde debemos mirar hoy a Ceuta. De forma honesta, sin quitar hierro a un momento que puede marcar el sentir de un pueblo y que, no olvidemos, puede permear a la convivencia en cada municipio. Los ceutíes atraviesan una situación extraordinariamente difícil. Lo ocurrido a finales de julio ha provocado una crisis humanitaria, de seguridad y de orden público que ha alterado profundamente la vida cotidiana de su población. Hay familias preocupadas, barrios sometidos a una enorme tensión y servicios públicos trabajando bajo presión.

Ponerse de perfil ante esa situación sería una irresponsabilidad. Pero precisamente porque queremos mirar el problema de frente, hay una cuestión que debería preocuparnos más allá de cualquier adscripción política: ningún ser humano puede convertirse en un instrumento de presión contra una ciudad, una frontera o un Estado.

Las personas migrantes no son un arma. No son piezas que puedan desplazarse sobre un tablero para condicionar decisiones políticas. No son herramientas de desestabilización. No pueden convertirse en munición diplomática ni en elementos de una estrategia de confrontación política.

Utilizar a seres humanos de esa manera supone una doble agresión: a su propia dignidad, porque los reduce a simples instrumentos, y a la sociedad que sufre las consecuencias de esa instrumentalización, porque somete a su población, sus servicios y sus instituciones a una presión extraordinaria. Nos enfrenta y nos hace menos resistentes.

Esta instrumentalización no termina en la frontera. También se puede convertir a las personas en armas a través de las palabras y, por ello, quienes ostentamos responsabilidades públicas tenemos una obligación todavía mayor con el lenguaje que utilizamos y los discursos que legitimamos. Cuando desde las instituciones se señala a un colectivo como enemigo, existe el riesgo de que alguien termine entendiendo que debe combatirlo.

Ya hemos visto hasta dónde puede conducir esa lógica cuando el miedo se convierte en odio y este acaba encontrando personas concretas sobre las que descargarse.

El miedo de la ciudadanía de Ceuta merece respuestas, solidaridad y soluciones, no enemigos. Merece seguridad e instituciones capaces de actuar. Merece aplicación de la ley, coordinación y entrega. Lo que no necesita es que su incertidumbre sea alimentada y utilizada hasta convertirse en odio. Debemos proteger nuestras fronteras, pero también una convivencia que es precisamente la identidad ceutí.

La disyuntiva que algunos pretenden imponer es falsa y debemos rechazarla. Defender la integridad territorial de España, proteger nuestras fronteras y garantizar la seguridad de la ciudadanía es una obligación irrenunciable de los poderes públicos. Pero hacerlo no exige renunciar a los derechos humanos. Del mismo modo, defender la dignidad de las personas migrantes no significa negar los problemas reales que soporta Ceuta. Un Estado democrático debe ser capaz de garantizar ambas.

Tampoco podemos aceptar que una crisis de esta gravedad termine convirtiéndose en combustible para la violencia. Las agresiones contra la ciudadanía, contra las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o las Fuerzas Armadas, contra las personas migrantes o contra quienes realizan tareas humanitarias deben recibir la misma condena inequívoca.

Desde Catarroja sabemos lo importante que resulta sentir que, cuando todo se vuelve extraordinariamente difícil, alguien al otro lado decide que tu problema también es el suyo.

Por eso queremos estar con Ceuta, con sus vecinos y vecinas. Con quienes trabajan para mantener los servicios públicos, quienes garantizan la seguridad y los que prestan ayuda humanitaria. La solidaridad no consiste en escoger únicamente aquellas tragedias que resultan cómodas. Consiste en estar, en defender nuestra integridad y nuestra seguridad y, al mismo tiempo, negarnos a aceptar que la dignidad de ningún ser humano pueda convertirse en una herramienta de presión o en el rostro de un enemigo colectivo.

Porque una sociedad se define también por las líneas que decide no cruzar y utilizar a seres humanos como armas debería ser una de ellas.