La ciencia que se abre al mundo

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La ciencia ya no puede permitirse permanecer al margen del contexto social. La aceleración tecnológica, la sobreabundancia informativa y desafíos globales como el cambio climático o las crisis sanitarias han cambiado las reglas del juego. Hoy, producir conocimiento no es suficiente: hay que compartirlo, contrastarlo y construirlo con la sociedad. En este nuevo escenario cobran fuerza tres ideas que marcan un rumbo claro: ciencia ciudadana, ciencia abierta y ciencia buena.

La ciencia ciudadana rompe con la imagen clásica del laboratorio hermético. Reconoce que la ciudadanía no solo es destinataria de resultados, sino también potencial generadora de datos, preguntas e ideas. En la Universitat de València esto se ve en iniciativas como los proyectos de seguimiento de biodiversidad en el Jardí Botànic, donde estudiantes y voluntarios colaboran en la identificación de especies; o en proyectos de ciencias sociales en los que vecindarios enteros aportan información sobre movilidad, consumo energético o bienestar emocional, integrando la experiencia cotidiana en la investigación académica. El impacto va más allá de los datos. Cuando la gente participa en la creación de conocimiento, entiende mejor cómo funciona la ciencia, cuáles son sus límites y por qué es esencial para la vida democrática.

La ciencia abierta responde a otra demanda creciente: que el conocimiento financiado con recursos públicos sea accesible para todos. Hasta hace poco, el acceso a las revistas científicas era de pago. Hoy, las políticas nacionales y europeas exigen que las publicaciones, los datos y las metodologías estén disponibles de forma abierta tanto para la comunidad científica como para la ciudadanía. La apertura implica transparencia, reproducibilidad y rendición de cuentas. Permite que otros equipos contrasten resultados y reutilicen datos, acelerando descubrimientos. Y refuerza la confianza social en un momento en que la desinformación circula más rápido que nunca.

La ciencia abierta va mucho más allá de “publicar en abierto”: implica planificar, gestionar datos y compartir el conocimiento de forma responsable y transparente. Este cambio cultural requiere infraestructuras sólidas: repositorios institucionales, plataformas de publicación abiertas, sistemas de análisis bibliométrico, servicios e infraestructuras de gestión y almacenamiento de datos y equipos profesionales capaces de acompañar a la comunidad investigadora. En la Universitat, el Servei de Biblioteques i Documentació es ya un nodo clave de la ciencia abierta y nuestro Nodo Tirant de la Red Española de Supercomputación demuestra que nuestra comunidad investigadora está preparada para trabajar al nivel de las mejores universidades europeas. Para que estas capacidades se traduzcan en una ciencia realmente abierta, necesitamos reforzar nuestras infraestructuras internas, con repositorios más robustos, servicios de datos alineados con los estándares europeos y equipos técnicos estables y especializados. Es decir, una gobernanza capaz de convertir ese potencial en una estrategia digital sólida y sostenida.

La apertura no puede confundirse con falta de rigor. Por eso hablamos tanto de buena ciencia como de ciencia buena: la que combina calidad, integridad y responsabilidad. Es la que aplica metodologías sólidas y protege los datos personales; la que evita sesgos, promueve la igualdad de oportunidades y entiende que el conocimiento tiene efectos reales en la vida de las personas. En la Universitat ya existen proyectos que trabajan con datos sensibles, en salud, educación o bienestar social. Pero para que esta cultura de integridad científica sea realmente definitiva, necesitamos algo más que el esfuerzo individual de los equipos: hacen falta estructuras más robustas, más ágiles y alineadas con los estándares internacionales.  Por eso la rendición de cuentas debe convertirse en una prioridad institucional: indicadores claros, informes públicos y evaluaciones responsables que permitan a la sociedad saber cómo se produce el conocimiento y qué impacto genera. La comunidad investigadora ya está haciendo su parte. Ahora toca que el gobierno de la universidad acompañe con decisión, recursos y visión.

Ciencia ciudadana, ciencia abierta y ciencia buena no son piezas aisladas. Se refuerzan mutuamente. La participación ciudadana exige transparencia; la apertura requiere rigor; la buena ciencia se enriquece con la diversidad de miradas que aporta la sociedad. Juntas dibujan un modelo de investigación más colaborativo, más accesible y más comprometido con los retos colectivos. En la Universitat de València, esta visión debe suponer el reconocimiento decidido de la transferencia del conocimiento como una misión esencial, al mismo nivel que la investigación y la docencia. También implica apostar por proyectos interdisciplinares capaces de integrar ciencias experimentales, sociales y humanidades para abordar y dar solución a problemas complejos, un aspecto que adquiere sus máximas posibilidades en una universidad diversa como la nuestra. Pero nada de esto será posible sin una gobernanza que esté a la altura. Una gobernanza que no se limite a gestionar lo existente, sino que impulse, acompañe y financie la transformación que la comunidad académica ya ha empezado por su cuenta. Una gobernanza que entienda que la ciencia abierta no es una moda, sino una exigencia internacional. Que la ciencia ciudadana no es un gesto, sino una responsabilidad democrática. Que la ciencia buena no es un ideal abstracto, sino un compromiso ético con la sociedad.

*Isabel Fariñas. Catedrática de Biología celular, candidata a vicerrectora Investigación y Política Científica, en el equipo de Juan Luis Gandía a la Universitat de València