Más control, menos recursos.
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A nadie se le olvida del todo aquella sensación de septiembre cuando era niño o niña. La mochila nueva, el material todavía por estrenar, las ganas inmensas de volver a ver los amigos y amigas, de contarles todo el que habíamos hecho durante el verano, de saber quién sería nuestro tutor o tutora, de empezar de nuevo. Al profesorado se nos ha concedido un tipo de prórroga infinita para continuar sintiendo algo parecido cada septiembre de nuestra vida laboral. Volvemos a las aulas, nos reencontramos con el alumnado, preparamos clases, llenamos la mochila, ordenamos materiales e intentamos empezar con la misma ilusión de siempre.
Pero este año la vuelta a las aulas cuesta más. Cuesta más porque volvemos con los mismos problemas con los que acabamos el curso anterior y, además, con alguno nuevo.
Arrastramos deberes pendientes
El curso pasado el profesorado salió a la calle. Hicimos huelga. Reclamamos una escuela pública con más recursos, unas condiciones laborales dignas, menos burocracia, bajada de ratios, mejores infraestructuras y más personal para atender la diversidad. Y ahora volvemos, mientras muchas de aquellas reivindicaciones continúan estando sobre la mesa.
Seguimos pidiendo al profesorado que eduque en unas condiciones cada vez más exigentes mientras hay aulas masificadas, carencia de personal y centros que no tienen las condiciones materiales necesarias para garantizar un aprendizaje digno. Seguimos hablando de climatización porque todavía hay centros donde estudiar y trabajar con temperaturas extremas es habitual. Esta situación, que responde a un problema de fondo, la intentan arreglar haciendo la jornada escolar más corta. En lugar de arreglar los edificios, poner climatización en las aulas y adaptar los centros al clima que ya tenemos, enviamos el alumnado a casa más pronto. Es la pedagogía de mínimos de la Consellería aplicada a un problema que no es coyuntural.
Y todavía hay centros afectados por la DANA que empezarán el curso sin haber recuperado unas instalaciones dignas, a punto de cumplirse dos años de la tragedia que sufrió nuestro territorio. Mientras tanto, continúan faltando recursos y personal para garantizar una inclusión real. La diversidad de nuestro alumnado no es una excepción ni un problema que podamos aparcar año tras año, es la realidad cotidiana de nuestras aulas, y atenderla con garantías necesita más inversión.
Acabamos el curso reclamando una escuela con más recursos y empezamos el nuevo con demasiadas de aquellas reivindicaciones todavía pendientes pero también con las pilas cargadas para seguir exigiendo que sean atendidas.
Estudiar cuesta cada vez más dinero
Hay otra cosa que cada septiembre se hace más evidente: estudiar no es gratis. Ni siquiera cuando estudias en la escuela pública. Los libros de lectura, el material, la ropa, el transporte, el comedor, las actividades complementarias… La factura pesa mucho, y más en unas familias que en otras.
Hemos visto publicadas estos días las cifras que da el estudio de la OCU sobre el coste de la vuelta al cole para las familias. Según este estudio, el gasto medio por alumno en el País Valencià llega este año a los 2.190 euros, la tercera más alta del Estado. En el caso de las familias con hijos e hijas escolarizados en centros públicos, es de algo menos de 1.300 euros, una cantidad nada despreciable en un momento en que el coste de la vida sube más rápidamente que los salarios.
No es responsabilidad del Consell que la inflación haya hecho subir el precio de los productos necesarios para empezar el curso. Pero sí que es responsabilidad de las administraciones decidir cóamo protegemos a las familias ante este coste. Necesitamos más ayudas para el material escolar, más becas de comedor y transporte y medidas que garanticen que ningún niño o niña quede fuera de una actividad porque su familia no la pueda pagar.
Y esta desigualdad no se acaba con la enseñanza obligatoria. Para muchas familias, llegar a la universidad continúa siendo un esfuerzo ingente. El precio de la vivienda hace difícil estudiar fuera de casa y, cuando las opciones de universidades públicas no son suficientes, endeudarse a menudo es la única opción para algunos estudiantes.
Cuando ir a la universidad requeire endeudarse, la igualdad de oportunidades vuelve a fallar. Y aquí también hay decisiones políticas. Este verano, once comunidades autónomas gobernadas por el Partido Popular dejaron en suspenso 149,6 millones de euros destinados a financiar 3.400 plazas de profesorado ayudante doctor del programa María Goyri. Nuestra comunidad también está entre las afectadas. No podemos permitir que la política partidista ponga en riesgo los recursos que sostienen la educación pública que es la de todos y todas.
Y ahora, también pesa el miedo
Pero este año se extiende, además, una sombra sobre el trabajo del profesorado: la denominada “neutralidad ideológica”. La nueva regulación otorga a la Inspección Educativa nuevas funciones de supervisión para evitar el supuesto “adoctrinamiento”. Ya se ha hablado mucho de lo que esto implica, lo que ahora me preocupa es cómo puede afectar esta posibilidad de control en nuestra manera de preparar las clases.
Desde siempre he tenido clara mi vocación como docente y nunca habría imaginado que, en pleno siglo XXI, tendría que preguntarme si puedo impartir una clase con libertad absoluta por miedo a una posible inspección. Soy profesora de Matemáticas. Me imagino preparando una actividad con gráficos sobre la evolución de la brecha salarial entre hombres y mujeres durante las últimas décadas y me pregunto: ¿será demasiado? ¿Tendré que limitarme a enseñar a hacer el gráfico estadístico sin explicar qué significa esta realidad para las condiciones que el alumnado encontrará dentro de unos años en el mundo laboral? Y cuando trabaje los números enteros a partir de la evolución de las temperaturas medias registradas en verano, ¿tendré que evitar hablar de las consecuencias de la emergencia climática y de las cada vez más frecuentes olas de calor?
¿Empezamos a preparar las clases pensando qué podemos enseñar a nuestro alumnado o pensando qué puede incomodar a la Inspección? Esta es la pregunta que me hago.
Porque me cuesta asumir que mi alumnado pueda recibir una educación incompleta, desconectada de la realidad en que vive y del mundo para el cual lo estamos preparando. Una educación sin las herramientas necesarias para analizar, cuestionar y construir su propio criterio.
Esto no es adoctrinar. Esto es educar.
Y, de hecho, la LOMLOE sitúa entre los principios del sistema educativo la igualdad, la inclusión, la no-discriminación, la ciudadanía democrática y el desarrollo del pensamiento crítico. No podemos convertir en sospechosa precisamente la tarea que pedimos al profesorado que haga cada día: enseñar al alumnado a mirar el mundo con criterio propio.
Volvemos a abrir las aulas
Quizá por eso esta vuelta me resulta especialmente extraña. No solo porque volvemos con las reivindicaciones de la huelga todavía pendientes, ni porque cada septiembre las familias tengan que hacer más esfuerzos económicos. También, y sobre todo, porque este curso, incluso antes de entrar en el aula, ya existe un cuestionamiento de nuestro trabajo que puede acabar condicionando la manera en que damos clase.
Todavía no sé cómo afectará esto a nuestras programaciones ni a nuestro ánimo. Lo que sí sé es que no quiero empezar el curso autocensurándome por miedo. No quiero pasar el curso eligiendo ejemplos, libros, actividades o debates pensando antes en un posible expediente que en lo que necesita mi alumnado para aprender.
Quiero entrar en clase y poder hacer mi trabajo: enseñar, preguntar, escuchar, explicar, contrastar, dudar y ayudar al alumnado a construir sus propias respuestas.
Y también quiero recordarme, en este inicio de curso, por qué decidí ser profesora.
Porque educar no es limitarse a transmitir contenidos. Es preparar a las personas para entender el mundo que habitan y darles herramientas para poder transformarlo.
Empezamos el curso. Costará. Pero volveremos, a pesar de todo, a hacer lo que sabemos hacer: educar con libertad, con espíritu crítico y sin miedo, en las aulas y en las calles.