Crónica de una pólvora mojada: El gran teatro de la Senyera

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Valencia ha vivido otra semana de pasión patria, humo de pólvora y, sobre todo, toneladas de trilerismo político. Si usted pensaba que la fiesta del 9 d’Octubre era para celebrar la identidad valenciana, es que todavía conserva una inocencia enternecedora. En los despachos de las altas esferas, la Comunitat no es una patria; es un tablero de Risk donde a los ciudadanos nos tratan como a figurantes bobos en una comedia de enredo.

El sainete de este año ha alcanzado cotas de genialidad en el noble arte de “escurrir el bulto”. La plaza del Ayuntamiento amaneció tomada por una acampada masiva por la vivienda. ¿Problema social? ¿Drama residencial? ¡Qué va! Para nuestros próceres, aquello era un marrón del tamaño del Micalet. La alcaldesa, María José Catalá, en una de esas piruetas tácticas que rozan lo cutre, miró el calendario oficial, vio la mascletà programada y activó el plan maestro: el “yo no he sido”.

Trasladar el petardo a otro barrio habría sido lo lógico para evitar incidentes, pero en política la lógica cotiza a la baja. Mover la pirotecnia habría sido leído como una rendición ante la izquierda acampada. Y aquí viene el giro glorioso del guion: con los chicos de Vox rugiendo en la esquina, Catalá tuvo que tragarse el sapo de ver al portavoz de Vox portando con orgullo la Real Senyera en la Procesión Cívica. ¡El colmo del surrealismo! Imaginen la escena: el socio de coalición paseando el máximo símbolo de la identidad valenciana como si fuera un trofeo de caza conquistado a la “derechita blanda”, mientras cruza en procesión entre las tiendas de campaña de los manifestantes.

Ante semejante despliegue de testosterona identitaria en sus propias narices, Catalá no podía pestañear ni parecer débil. Así que, en lugar de gestionar, decidió jugar a la patata caliente institucional y le lanzó el artefacto de la plaza directamente a la Delegada del Gobierno, Pilar Bernabé.

La estrategia tiene la finura de un elefante en una cacharrería: “Yo no quito la acampada porque no es mi competencia, y si no hay mascletà, la culpa es de la Delegada por proteger a los manifestantes”. El truco del almendruco versión municipal. Al final, Bernabé tuvo que comerse el marrón de firmar la suspensión por motivos de seguridad, ganándose el odio eterno del lobby pirotécnico y regalándole al PP el titular perfecto para tratar al electorado como a niños de tres años: “El Gobierno de Sánchez nos roba la fiesta”. La pena para Catalá es que el tiro tiene un retroceso peligroso: de tanto usar a Bernabé como saco de boxeo, la ha convertido en la única rival con entidad para disputarle el puesto. A base de culparla de todo, la ha hecho gigantesca.

Mientras tanto, en las alturas del partido, Juanfran Pérez Llorca ejerce de nuevo capo regional bendecido por Génova. Para demostrar en Madrid que bajo su mandato reina la paz y que las viejas familias ya no mueren matando, decidieron rescatar del baúl de los recuerdos a Gerardo Camps, último mohicano del zaplanismo, para meterlo con calzador en el comité de las generales. Una maniobra de cara a la galería para escenificar una concordia ficticia. Es el arte de la pax romana aplicada a la valenciana: te integro en la foto para que no me hagas la guerra desde fuera, mientras por detrás el aparato centraliza todo el poder para frenar las ansias presidenciales de la propia Catalá.

En resumen: una semana gloriosa de alta política de vía estrecha. Nos hemos quedado sin mascletà, la vivienda sigue incomprable, Vox se ha pegado el gustazo de pasear la bandera en zona hostil y el PP sigue jugando al escondite con las competencias del Estado. Pero no se preocupen, circulen, aquí no pasa nada. Sigan aplaudiendo el humo, que los de arriba ya están repartiéndose los trozos del pastel.