La garúa y eso

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A ver: la lluvia siempre me ha atrapado. Lo confieso, debo de conservar en la memoria cromosómica un puntito activado de cuando éramos medusas o delfines. Y me encandila desde mucho antes de que la gente la echara de menos, como ocurre ahora. Cuando la gente decía “hace buen tiempo”, yo pensaba, suspirando, lo opuesto: para esa persona que lo soltaba asomada al balcón o al salir del portal, señalaba buen tiempo como sinonimia de sol. Yo nunca lo sentí así. Buen tiempo era lluvia. Si se quiere, lluvia moderada, incluso esa que parece que flota ingrávida, pero también lluvia desencadenada e intensa. De esta también era y soy fan. A distancia, por favor, de una DANA. Eso es una tragedia sin posibles vínculos con la estética. Lo mío es la lluvia que golpea el capó de los coches, repiquetea en las marquesinas de los comercios y en las calzadas, avanza hasta los alcorques y los arbellones: un camarero agita un escobón en la tripa de un toldo y se aleja de puntillas evitando que lo salpique o lo remoje. Desciende la lluvia en las aceras, esa lluvia que te despierta y te sorprende en la cama, tamborilea en el cristal de la ventana con un ronroneo monótono.

En los episodios de lluvia de los cómics de los años sesenta del siglo pasado las gotas eran redondeadas con un piquito en el extremo superior. Igual que una lágrima. Eran lagrimadas, y no eran esféricas en su fisonomía, como lo son en realidad, según expertos. En el dibujo de las viñetas del tebeo se distinguía a la perfección el contorno de la masa de líquido (la gota) con el vértice de arriba, igual que una dócil uve, y chocaba en las cabezas de los personajes que aparecían corriendo y cubriéndose con las manos o con los paraguas, buscando protección en los aleros de los edificios. Hoy, en las últimas décadas, los físicos han concluido que eso era un error de base, ya que una lágrima y una gota de agua no poseen la misma apariencia, no son equiparables en su morfología, pues la gota de lluvia no es ovalada ni esférica sino, más bien, es de configuración plana. Me he informado, acabo de hacerlo en Google.

He leído y visionado algo más de ¿un centenar? de escenas de lluvia en novelas y en filmes, y una me asalta ahora, la de una película autobiográfica, menor si la comparamos, por ejemplo, con la icónica “Breakfast at Tiffany´s” de Edwards, me refiero a una de Paul Mazursky y que no he revisado en más de cuarenta años. Pero la recuerdo. La recuerdo porque sé que los protagonistas tienen un encuentro bajo la lluvia en una escena concreta, una lluvia que se impone a mares, se desliza por canalones y rellena imbornales de la ciudad, los satura. “Next Stop, Greenwich Village”, cuya trama se localiza a principios de los años cincuenta, era además la película apropiada para alguien que en el tardofranquismo ansiaba vivir precisamente en una película, en esa película, rodeado de esa gente bohemia, donde uno de los personajes, por cierto, amenazaba a diario (el personaje interpretado por Antonio Fargas) con suicidarse.

Hoy, en este verano demoledor, en estos días repletos de temperaturas que han elevado la rayita del termómetro más allá de los cuarenta grados y de aquellos cuarenta y cinco que nos sugería de un modo apocalíptico, hiperbólico, la ciencia ficción, con desatados incendios acá y allá, terremotos, con los amenazados lagos glaciares, con el Rin y el Danubio bajo mínimos que dejan al descubierto huesos de mamut de hace tres mil o cuatro mil años y artefactos oxidados de la segunda guerra mundial, los parterres del Hyde Park amarillos y casas flotantes en los Países Bajos que ya no flotan porque recalan en el lecho de los canales por falta de agua, me ha llegado este empujón de nostalgias: el recuerdo de la garúa a partir de la silueta de una gota, a partir de la fisonomía de una gota, los matices de aspecto entre una lágrima, pura secreción de agua, enzimas y potasio, entre otros componentes, y una gota de lluvia, que contiene dióxido de nitrógeno y de azufre, y que es algo que baja del cielo y se estampa contra el pavimento y en su mismo y súbito reventón se desintegra, aquella gota lagrimada que no lo era. Esa nostalgia por aquellos años en los que la lluvia no era una rareza, esa nostalgia quizá también por ese aspirante a escritor que buscaba en Capsa 13, Cervecería Madrid, en El Forn o en Christopher Lee, en un reducido y atractivo perímetro de València, lo que ofrecía a seis mil kilómetros de distancia aquel distrito de Manhattan a los personajes de la película de Mazursky.