Podemos… hundirnos
Si yo, que no soy muy listo pero me pagan por leer periódicos todos los días, me he enterado de la mitad de la mitad de las batallitas de la izquierda de estos días, no quiero ni pensar el cacao mental que llevará la gente que trabaja. El problema no es tanto que PP y Vox tengan todas las papeletas para formar gobierno, sino que tampoco es descabellado que lleguen a la cifra, mágica o maldita, de 210 diputados, que abre la puerta a reformar la Constitución, y modificar el artículo 11 para que ser torero sea un requisito para adquirir la nacionalidad.
Eso, lo de los 210 diputados (y quizás también lo de vincular ciudadanía y fiesta nacional) puede llegar a ocurrir. Debería ser motivo de sobra para que la izquierda fuera del PSOE se hubiera apañado para unirse y reducir al mínimo las opciones electorales y perder cuantos menos votos, mejor. Lo que ha pasado se entiende mejor viendo Tierra y libertad de Ken Loach que leyendo la prensa. Sin duda.
Aspirar a una única papeleta que agrupe a todas las corrientes de la izquierda (que son dos por militante) era mucho pedir y, no hay duda, poco realista. No es lo mismo la Comunitat Valenciana, Cataluña, Galicia o Andalucía, que Murcia o Extremadura. Allí donde hay una marca local con una base sólida rodeada de fuerzas extraparlamentarias, como ocurre por estos lares, está claro quién debía llevar la batuta. Con hacer un huequecito para Podemos o Sumar y que sus votos no se pierdan, hay de sobra. Por eso hay que quitarse el sombrero y anudarse la corbata ante Compromís: una candidatura única, cuando tienes los vientos demoscópicos a tu favor, es un ejemplo de responsabilidad. No es cuestión baladí que un acuerdo supone menos cargos para los tuyos. Y la poltrona es lo que anima a más de uno a militar en un partido o a ir saltando de uno a otro como niños jugando a el suelo es lava.
Una cosa que ha llamado la atención menos de lo que debería es que, en este proceso, el PSOE se ha puesto de perfil. Que confluyan otros. Ni siquiera han puesto a disposición de otras formaciones la vacante que ha dejado su ya exportavoz Montse Mínguez, que seguro que ya tiene una oferta de Tecnocasa. Es verdad que los socialistas, según el CIS, van a ser la fuerza más votada hasta en Sajonia-Anhalt, pero aun así podrían haber llegado a algún acuerdo con Sumar, por decir alguien. Pero la cosa no iba con los socialistas, aunque ya han gobernado con ellos y Podemos. Además, y si Pedro Sánchez tiene una oportunidad (mínima, pero la tiene) de seguir en la Moncloa pasa por pactar con el Frente Armplio Pero Sin Exagerar, que en algunos sitios incluye hasta al Partido Humanista o Recortes Cero. Da igual, todo suma. De eso se trata, porque de programas estos días no se ha hablado. Ni falta que hacía, son casi clónicos.
Pero en todo este marasmo, hay que detenerse en Podemos, no tanto en sus sufridos militantes o simpatizantes (que cada vez son menos), a los que sus idolatrados Irene Montero y Pablo Iglesias les han invitado a beber el Kool-Aid, como hizo en su día Jim Jones en la Guayana. Por suerte, solo de manera metafórica. Tan brillantes han estado en su estrategia que la traición de Rufián al Frente Amplio (o quién diseñó el logo), del que fue el principal apóstol, ha pasado desapercibida. Todo el mundo apretando el culo ante lo que se nos puede venir encima a partir del 30N y la pareja ha descubierto que eran la X de la ecuación.
Lo que está en juego, lo tienen claro, no son las pensiones, el SMI, los desahucios, el feminismo, las pensiones… No, lo que de verdad está en juego es su ego. Lo de Irene Montero queriendo ir de número uno por Madrid sin tener un solo diputado en la Asamblea de Madrid es hacerle la competencia desleal a los guionistas de Polonia. Cuando tu único argumento es la envidia a que le tienes (y la inquina que le guardas) a Emilio Delgado de Mas Madrid, las negociaciones son como Carmen Porter cuando quiso tener su propio programa: perder el tiempo. Que la artífice del desaguisado sea la que decía que no había que acostumbrarse a la poltrona pero tiene el culo pegado a la poltrona con Supergen, es la guinda del postre.
Las elecciones no se perderán por Podemos, aunque para ganarlas todo el mundo es fundamental. Pero en algo que decían sus líderes sí tenían razón: si no se para a la derecha, Vox será quien nombre al ministro del Interior para sacarle todo el jugo a la Ley Mordaza. Por su parte, nadie podrá decir que Podemos no haya puesto su granito de arena para conseguirlo. Pero tranquilos, que eso se arregla con una batucada.