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LOS PARTISANOS

Angela Davis, la estanquera de Saigón

Angela Davis.
17 de octubre de 2026 00:28 h

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“Han cambiado las sábanas por los uniformes; han cambiado los sabuesos por perros de policía”, dice Malcom X a los suyos a lo largo de un acto, según registra el biopic 

Malcom X de Spike Lee. Aunque no fuera precisamente ese el día en el que Angela Davis escuchara a quien, según cuenta, representa uno de los referentes de la juventud, la frase pronunciada por el activista negro es uno de los ejes de la lucha que aún enfrenta a Davis con el poder.  

¿Los motivos? Hoy, en Estados Unidos la policía, las fuerzas de seguridad, el ICE, siguen activos, sin reparos, contra el diferente. 

Hace unos días, el dominicano Óscar Bengal fue tiroteado en el Bronx, al norte de Manhattan, mientras conducía su coche en compañía de su hijo de cinco años. Un agente del ICE le disparó siete veces y una bala atravesó su cuello. Desde entonces está recluido en régimen de aislamiento en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn. Su defensa asegura que aún tiene alojada la bala en el cuello, sin poder comer y solo bebe agua del lavabo debido a las condiciones carcelarias. El alcalde Zohran Mamdani, como siempre en estas situaciones, ha sido claro: “Sabemos que el ICE está podrido hasta la médula. El tiroteo de hoy [se refiere al día ocho] no hace más que confirmar, de forma aún más devastadora, lo que sabemos desde hace tiempo: que el ICE actúa con total impunidad, que siembra el caos y el terror en todo el país y que ha matado a muchos más de nuestros vecinos de los que jamás podría afirmar haber salvado”. 

No lo dejó ahí: “La ciudad de Nueva York no se quedará de brazos cruzados mientras agentes del ICE disparan contra los neoyorquinos, y no vamos a cejar en nuestra exigencia, que tantos, incluido yo, hemos planteado una y otra vez: esta es una agencia que debe ser abolida”. Esto último, la abolición policial, es algo presente en el pensamiento histórico de la académica y activista Angela Davis. 

Davis nació en Birmingham, Alabama, en la década del cuarenta del siglo pasado, sus padres eran docentes y activistas a favor de los derechos civiles, lo cual influyó en su carácter al igual que el barrio de su infancia, Dynamite Hill [Colonia Dinamita], que debe su nombre al constante asedio del Ku Klux Klan que volaba constantemente las casas de sus moradores afroamericanos, según cuenta Davis en una temprana autobiografía. En aquel tiempo aún se imponían las sábanas tal y como recordaba Malcom. 

Davis, en su juventud, vivía como una contradicción provenir de un entorno intelectual de clase media; sentía una gran presión por demostrar su carácter revolucionario, involucrándose en los problemas de la calle y tratando de huir de la torre de marfil, tal y como veía al campus.  

A finales de los años sesenta, siendo profesora de filosofía en la Universidad de California en Los Ángeles, fue despedida por su vínculo con el Partido Comunista. El claustro no aceptó esta discriminación, fue readmitida pero Ronald Reagan, entonces gobernador de California y, por este cargo, autoridad competente en la universidad, consiguió un nuevo despido. Por aquel entonces, Davis tenía relación con un trío de reclusos negros llamados Hermanos de Soledad (en referencia al nombre de la cárcel donde estaban detenidos) acusados de matar a un guardia de prisiones blanco. Davis tenía relación con uno de ellos, George Jackson, un activista y escritor, al que conoció al unirse a un comité que negaba los cargos contra los tres activistas. La cosa se complicó porque los Hermanos de Soledad tomaron un juzgado empuñando armas de fuego y en el tiroteo hubo varios muertos. Davis fue acusada de facilitar las armas y fiel a su temperamento, se dio a la fuga. Una fuga hacia el fulgor porque a partir de allí su imagen comenzó a brillar en todas partes. 

El FBI tenía al mando por entonces, nada menos que a J. Edgar Hoover, y el país, a alguien que no cae en el olvido, Richard Nixon. Les llevó dos meses encontrarla en un motel de Nueva York. Nixon felicitó a Hoover por detener a “una peligrosa terrorista” (los tiempos, como queda claro, no han cambiado tanto), pero como Davis había estudiado en Europa sin dejar de militar a favor de las Panteras Negras y del movimiento contra la guerra de Vietnam, se convirtió una presa la política con un eco global. Un año y medio después, libre de cargos, recuperó la libertad para seguir usándola y convertirse en un símbolo de resistencia. Hace unos años, Los Chikos del Maíz, le hacen un homenaje al mencionarla en su canción La estanquera de Saigón, mencionando, precisamente su actitud frente a Nixon y parafraseando la película de Eloy de la Iglesia, en la que la estanquera de Vallecas se entiende mejor con los ladrones que con los policías. 

Davis puso su mirada en un caso de 1974 en el que Joan Little, una joven negra de veinte años quien, siendo reclusa, asesinó a un funcionario que la violó. La acusación argumentó que un hombre blanco jamás violaría a una mujer negra; el contacto sexual solo podía ser posible si ella lo seducía. Si el sentido no fluye racionalmente en la primera lectura, se puede volver a leer el argumento otra vez. Es lo que hay. Literal. Angela Davis se sumó a la defensa y en un caso que aún se considera más un relato de Ray Bradbury que un episodio judicial estadounidense, Little fue declarada inocente. 

Más allá del resultado, allí confluyeron los movimientos de derechos civiles, el feminismo y los que impulsaban la reforma penitenciaria. Davis, entonces, atenta a esta intersección de propósitos, acaba publicando Women, Race & Class [Mujeres, raza y clase] en 1981, un ensayo en el que vuelve a su experiencia en la cárcel y al caso de Joan Little. Dice Davis: “Ese libro recoge una serie de posturas de personas que tenían un análisis más amplio, mucho más de lo que significa luchar por la igualdad de género», afirma. «Cuando lo escribí, me interesaba señalar que el género no tenía por qué verse en competencia con la raza. Que los problemas de las mujeres no eran exclusivos de las mujeres blancas de clase media. En muchos sentidos, esa investigación consistía en sacar a la luz las contribuciones de mujeres que habían sido completamente marginadas por la historia del movimiento feminista, especialmente las mujeres negras, pero también las latinas y las de clase trabajadora».

Angela Davis introdujo la perspectiva de raza y clase en el análisis feminista, anticipando la interseccionalidad pero sin dejar de lado la cuestión de la discriminación judicial y el poder policial sin control. 

En la visión de Davis siempre ha estado como tema central la reinvención de la labor policial y el encarcelamiento. En su libro Are prisons obsolete? [¿Son obsoletas las prisiones?], defendió que «el reto más difícil y urgente hoy en día es el de explorar de forma creativa nuevos terrenos de justicia, en los que la prisión ya no sirva como nuestro principal punto de referencia». En una entrevista con el escritor y periodista cultural Nelson George, dice: “La mayoría de nosotros hemos dado por sentado en el pasado que, en lo que respecta a la seguridad pública, la policía es la encargada. Cuando se trata de problemas de daño en la comunidad, las prisiones son la respuesta. Pero, ¿y si imagináramos formas diferentes de abordar el daño, formas diferentes de abordar la seguridad y la protección?»

En las últimas elecciones de Estados Unidos, Davis apoyó a Joe Biden y actualmente es promotora de las cuatro diputadas progresistas Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Ayanna Pressley y Rashida Tlaib. 

Ilham Omar nos hace volver al principio del artículo (en realidad el problema del abuso policial y la persecución del otro es un bucle). Un grupo de agentes de Investigaciones de Seguridad Nacional (HSI, por sus siglas en inglés), una división del Servicio de Inmigración y el ICE, registraron su vivienda en Washington hace unos días como corolario a los insultos y amenazas permanentes de Donald Trump. La principal acusación contra Omar es su origen somalí, del mismo modo que en su día el presidente amenazara con la deportación al alcalde Zohran Mamdani por el simple hecho de que hubiera nacido en Uganda.

La participación en la conversación pública de Angela Davis, a sus ochenta y dos años, sigue siendo tan necesaria como en los días de Nixon. Estos son los tiempos de MAGA, de Vox, de partidos de la derecha tradicional lobotomizados con ideas xenófobas sin otro fin que ocupar todo el espacio. Sin los otros. Sin nosotros. 

Borges observa a una pantera y nos dice, en un poema, que “es una y eterna”. Al describirla la proyecta en el mundo de las ideas y de los sueños. Angela Davis simboliza ambas cosas. Una pantera negra sin miedo. 

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