La portada de mañana
Acceder
El Gobierno busca la colaboración autonómica para ayudar a Ceuta
El juez Peinado afronta su último mes antes de jubilarse sin saber si será sancionado
Opinión - 'Nuestro corazón europeísta se rompe en Ceuta', por Irene Lozano

Intención y explicación

0

Tener buena intención, incluso lograr el fin de una medida, queda en casi nada si no se centra el debate en lo importante. Todo suena a excusa si se comenta la actuación como respuesta a la indignación generalizada. Una vez más, el gusto por la foto de la inauguración, la cinta, la placa o, en este caso, el tren ha opacado el resultado que se buscaba. Podría no importar con qué máquina llega la gente a tiempo a su clase o su trabajo, después de años de discriminación y retrasos, si no se focalizara en los nuevos vehículos. Si el debate es sobre los trenes que llegan a las cercanías valencianas, Óscar Puente lo tiene perdido. Los Civia son usados, muy usados. Y son, otra vez, el parche a un problema endémico del transporte de corto recorrido, a la cola de las prioridades ferroviarias de España, ese estado centralista que encabeza ránkings de kilómetros de alta velocidad al tiempo que garantiza retrasos en los cortos trayectos, en el caso de los valencianos, un tercio de los viajes no llega a su hora. La vida de esos trenes dice mucho. Se fabrican en Albuixech, van a Madrid y vuelven, después de dos décadas, a València. Veinte años y 600 kilómetros, el camino de las prioridades no es la línea recta. Durante esas dos décadas, diez millones de viajeros no han aguantado más incidencias, han desistido y han cambiado de medio de transporte. En asuntos tan sensibles como el día a día de millones de personas y con una histórica discriminación económica y en infraestructuras, hay que hacer mucho más que una reasignación de material. Incluso, aunque lo hubieran hecho y explicado mejor habría tenido que aguantar críticas porque el déficit histórico es enorme y los gestores hoy son ellos. Tenemos archivo, pero no lo necesitamos, nos sirve la memoria a corto, medio y largo plazo. Hace mucho que a casi nadie le importa lo suficiente el día a día de la ciudadanía.

Siempre hay un pecho que hinchar, un hotel por construir o un post que compartir. Pagamos sueldos de gobernantes preocupados en llevar a su máximo exponente aquello de que no falte de nada, por supuesto, para el de fuera. Estamos a punto de cerrar un agosto de récord. Y no solo de temperaturas. El año de más apartamentos turísticos y plazas hoteleras, de más vuelos baratos transportando promesas de borrachera y de menos respeto por la población local. Y, por supuesto, con oficina de apoyo a los visitantes, por si al todo incluido le falta algo o un vecino se atreve a incomodar a un guiri maleducado. Porque, que quede claro, los otros ni molestan ni se les molesta. Por si fuera poco, y sin necesidad de pisar suelo valenciano, otros ajenos a la prioridad nacional que propugna la derecha gobernante han tomado el mando del urbanismo en València, si es que no lo tenían ya. Los dueños de fondos extranjeros no aguantan el poniente veraniego, solo tienen que mandar operarios a construir y destruir lo que se les antoje. A los responsables municipales y a la policía local les faltan aplaudidores para jalear a los obreros de las colmenas, de las ventanas en zonas comunes o a los usuarios de las bicicletas de alquiler que acaban en los estanques, parques o medianas. Por supuesto, en moto prestada también pueden circular en contradirección o entrar a una pista de skate. Y los parques infantiles de la ciudad ya se propaga por redes que están disponibles para consumir alcohol y drogas. Es el modelo de ciudad y de comunidad que se impulsa porque enriquece a algunos y porque en el parque temático solo importan los de casa si se cuelan en la foto. Ni saben ni quieren saber cómo frenar esta escalada. Al gobierno de María José Catalá en València se lo han dicho los servicios jurídicos municipales en el caso de las construcciones abusivas y el TSJCV, en el de las plazas hoteleras. Consultas y normativas deficientes que evidencian incompetencia y que hacen sospechar mala voluntad. Mala para la ciudadanía. Para algunos es buenísima porque ganan dinero a costa de los empadronados. Y el círculo se cierra cuando, como ha contado elDiario.es, vamos conociendo quién representa a algunas de las empresas que destrozan con impunidad las zonas comunes de los edificios. De nuevo, la alta velocidad es para venir de visita. Para el resto, la lenta rutina de aguantar. No puede ser casual que los abusos urbanísticos hayan inaugurado la temporada política de Mónica Oltra. El modelo de las ciudades del hoy y el mañana debería estar en el centro de la discusión. Tanto como las opciones de transporte para entrar y salir de ellas. Convendría no perder de vista cuál es la prioridad que afecta a la cotidianidad de la mayoría, por muchos titulares y frases de trazo grueso que acumulen otras que suenan a lemas falaces en gorras de Trump. Quien encuentre sitio bajo uno de los pocos árboles que siguen habiendo en las capitales de las olas de calor, podría pararse a pensar qué quiere que sea su barrio en septiembre y más allá. Y, si ya ha tenido que ceder su casa a algún turista, puede aprovechar el tiempo de espera del transporte público para valorar el servicio de cercanías. Las carencias valencianas son más antiguas que los trenes que llegarán de Madrid. Ni relativizar es dejar de reivindicar ni a la inversa. Exigir no es un localismo absurdo ni las inversiones son regalos. Con esta foto de escasez de viviendas y trenes, seguimos sin tasa turística, no vaya a ser que a alguien le siente mal el chupito y nos vomite en el portal. La especulación ya han asumido que, hasta ahora, se la traga todo el mundo sin rechistar.