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Llorca, dos meses de azul

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Tras dos meses ya sabemos que a Pérez Llorca no le gusta el rojo. Prefiere el azul que representa a su partido. Núñez Feijóo puede estar contento porque alguien en su formación le sigue y, al menos de momento, no trata de marcar perfil propio. El presidente valenciano ha empleado sus primeros sesenta días en distanciarse de otro PP y de otro gobierno, el de Carlos Mazón. Así, ha profundizado en las bajadas de impuestos mientras ha borrado del mensaje la austeridad y la grasa administrativa que tanto obsesionaban a su antecesor. El innecesario límite que marcó el exlíder del PP valenciano al acceder al Palau de la Generalitat en el número de asesores que le rodeaban ha volado por los aires en solo unos días. Uno sobreactuó para diferenciarse del Botànic, como tantas veces. Y el otro, parece dispuesto a blindarse lo antes posible, hasta el punto de que ha llegado a explicitar que no responde de las decisiones del Consell del que no formaba parte. Reconoce la acción de Gobierno emprendida desde el día de su elección, algo que, para una persona tan próxima a su antecesor, suena a distancia demasiado forzada respecto al pasado.

El President ha aprovechado las largas vacaciones parlamentarias para aparcar uno de sus problemas: la condición de diputado de Mazón. El activo tóxico está alargando el descanso escolar, pero sigue existiendo y la imagen volverá. Como otras decisiones complicadas, cuando antes se toman, menos daño hacen en la legislatura. Y la de Pérez Llorca dura poco más de año y medio. La dana continúa señalando al ex President y a su partido mientras no lo aparten del todo. Escoltas, conductores, personal de la abogacía y, sobre todo, Mazón, afean y mucho la afirmación del nuevo President de que está al lado de las víctimas.

Mientras se decide, o acumula fuerzas para librarse del diputado de la última fila, este tiempo en el cargo le ha servido a Llorca para desmentir que sea provisional, por mucho que rehuya la cuestión de su candidatura en las próximas autonómicas. Como ha pasado casi siempre en los relevos de mitad de legislatura, la interinidad dura lo que se tarda en ocupar el despacho y cerrar la puerta. Así suele ser y probablemente así debe ser. Pocas buenas decisiones se toman desde la interinidad.

De entre lo mantenido pese al relevo, llama la atención lo poco que ha afectado a las relaciones que sustentan el Consell. Se ha cambiado la pareja, pero sigue la luna de miel con Vox, mientras en Extremadura encallan las conversaciones del nuevo gobierno y en Aragón o Andalucía los dos partidos se miran de reojo. La sucesión se ha notado tan poco como la salida de la ultraderecha del pleno del Consell. El actual President es tan solícito con su socio como lo fue el anterior. Eso sí, sin presupuestos a punto de entrar en febrero. Les queda camino para alcanzar los niveles de prórroga de Pedro Sánchez, pero la relajación que demuestran con el tema desmonta en gran parte sus críticas al gobierno central. En otras autonomías, tras los primeros desencuentros sobre las cuentas, han ido a las urnas. Ese escenario es inimaginable ahora mismo en la Comunitat Valenciana. Al contrario, el idilio de la derecha valenciana va a hacer posible que el líder del Ejecutivo no comparezca en Les Corts hasta casi tres meses después de su investidura. Otra vez incongruente para ser partidos tan acostumbrados a solicitar comparecencias en el Congreso y a propiciarlas en el Senado, pese a lo mal que les suelen resultar por falta de preparación y de nivel de los interpelantes. El último ejemplo, el repaso de Pilar Bernabé, quien, como había hecho tiempo atrás Sánchez, se suponía que iba al matadero y acabó poniendo en evidencia al PP y, una vez más, la gestión de Mazón, el todavía diputado.

Estos primeros días de mandato también han servido para que ir al dentista o al gimnasio desgrave a más gente de la que contempló Mazón y en la línea de lo que, según argumenta Vox, le exigieron a Llorca para investirlo. La oposición lo considera populista. En la declaración de la renta de 2025 podrá saber si lo es más gente que en la anterior. Más personas comprobarán si su ilusión por tener algún tipo de desgravación se corresponde con los euros que supone. Para saber si, como dicen los liberales, estas medidas activan o no la economía, bastará con averiguar si alguien se ha levantado del sillón para ir al gimnasio o se ha puesto una ortodoncia al enterarse de que desgrava. O también pueden calcular para cuántas cervezas da lo desgravado. Las operaciones matemáticas para saber a cuántos médicos o profesores públicos equivalen seguro que resultan más difíciles de hacer. En cualquier caso, como comentábamos la semana pasada, todo eso es política, sobre la que conviene siempre estar informado para elegir el modelo preferido.

Más allá de las mínimas cantidades afectadas por el anuncio impositivo de la salud, estos primeros meses de presidencia han dejado claro el alineamiento total del Palau de la Generalitat con Madrid. Una vez más, Génova y Ferraz pesan más que la plaza de Manises. Los socialistas valencianos aplauden y los populares condenan. Pérez Llorca dio un pequeño margen que hizo dudar a los más ilusos, pero, poco después, una dirección estatal volvió a decidir por los valencianos. Otro presidente más, y van..., demostró ser antes de su partido que de sus conciudadanos. Renunciar a 3.669 millones de euros en nombre de los beneficiarios es difícil de sostener cuando se reclamaba bastante menos. Y aun lo es más perder la oportunidad de mejorar la cifra y las condiciones en una reunión bilateral, especialmente cuando se hace bandera de talante dialogante. En nombre de los representados, que no a título individual ni de partido, siempre hay que ir a hablar para sacar lo máximo. O, cuanto menos, para poder decir alto y claro que no se está de acuerdo. Esconderse tras el grupo (el propio, claro) es cobarde y desleal con las personas que sufren la infrafinanciación histórica, que son los que hacen deporte o se alinean los dientes y los que van a un colegio o a un hospital públicos. El azul del nuevo logo de la Generalitat es del pantone del PP. Ni paga facturas ni representa a todos los valencianos, al menos, en los dos primeros meses.