A quien lea

Si la política valenciana se sale de quicio

0

“Un concert de llumenetes constants

val més que un esgarip de flames sense to.

Perquè destriem-ho: l’alba que desitjem

no és pas un día de la nit morta,

sino elvèncer la nit amb el gran concert

de bona cosa de petits concerts constants,

com el nostre“.

Obertura de ‘Esclat’, València-1948

El quicio de la política valenciana reside en la identidad. Los valencianos con voluntad de ser lo pasan mal y luchan contra el desconcierto. El valencianismo no es patrimonio de la izquierda y cada día se ve más claro que debería ser transversal. La identidad es el principio de todo: la financiación justa, la lengua, la cultura, la peculiaridad económica, la dignidad, las señas de identidad y la cohesión territorial.

Peculiaridad

La política comprometida desde y para los valencianos, el arte diferente, la ruralidad y la riqueza agroalimentaria (9% del PIB), la capacidad tecnológica, la reinvención industrial, la impronta mediterránea, los rasgos fenicios, el poso del saber comercial (la Llotja de València —siglos XV-XVI—, que llaman de la «Seda», fue de verdad dels Mercaders con su Consulado y sus códigos ancestrales), la finura literaria de los escritores o la inspiración musical. Todo ello aderezado y entremezclado con la lucha por la supervivencia en un mundo hostil donde predomina la desconfianza. La política valenciana, de la que depende este cúmulo de factores sin armonizar, se muestra a los paisanos a modo de jaula de grillos en la que prevalecen las prioridades ajenas. La política valenciana no puede regirse por los cánones estatales ni por las derivas internacionales. Cuatro son los niveles a coordinar: el valenciano, el contexto español, el destino europeo y el enjambre internacional.

Compromís

Compromís vive estos tiempos convulsos hacia la definición de qué quiere ser ahora y en adelante. Joan Baldoví, síndic en les Corts, libra la batalla por el liderazgo, el que se perdió en las primeras horas de Compromís. En 2015 se produjo una circunstancia prodigiosa: por primera vez, Compromís, una coalición de raíz valencianista y de izquierdas, se encaramó al poder con una mayoría compartida en el Ajuntament de València, que presidió Joan Ribó (exsecretario de Izquierda Unida), y coaligado con el PSPV-PSOE de Ximo Puig en el Consell de la Generalitat. Fueron ocho años de expectativas, errores y esperanza truncada. El liderazgo de Mónica Oltra, que ahora renace, enfocó el gobierno del País Valenciano sesgado hacia las áreas sociales, los refugiados, el feminismo enragé, las áreas medioambientales, la acción de los verdes, las políticas inclusivas o LGTBIQ+. Nada de economía, de infraestructuras, de competitividad ni de productividad, o de política empresarial. Así mueren las ferias y las cámaras de comercio ante la insensibilidad y la estulticia. Para la aureola del activismo progresista, Compromís era el rayo de luz de la izquierda paralela sobre el País Valenciano. Tras cuatro años iniciales del Botànic en la Generalitat, siguieron otros cuatro en los que el electorado, a pesar del desencanto, prolongó su fe del carbonero en las coaliciones PSOE-Compromís en el Palau y en la Casa Gran del Cap i Casal. En 2023, tras la segunda legislatura, se confirmó que no había un proyecto conjunto de país y la entente obedecía a una mínima suma de preferencias, bastantes de ellas en conflicto entre las partes. De ahí se derivó el incomprensible «maridaje» en las diferentes consellerias, más para controlar y espiar al socio —necesario— que para coordinar y enriquecer la acción política en beneficio de los intereses de los valencianos. Aquel mestizaje artificial, además de ser ineficiente, solo contribuyó a incrementar los recelos. Mientras Compromís vivía en la inopia y entregaba sus armas, el PSOE se obsesionó con demostrar que era más listo y eficaz al neutralizar a su socio coaligado. Cometió el error de olvidar que aquella entente no era temporal ni circunstancial, sino que su continuidad dependía más de la complementariedad que del combate hasta la derrota por KO. La estrategia fue nefasta. Después de gobernar durante dos legislaturas, los electores se cansaron de esperar y optaron por otra alianza: PP-Vox, que derechizó la política valenciana. Pactaron, con arras, antes de ganar las elecciones de 2023, en manos de un inepto Carlos Mazón y de un extorero en la vicepresidencia de la Generalitat, instituciones en las que ninguno de los dos creía.

El nudo gordiano

Queda descrito el nudo gordiano de la política valenciana. Configurado en los altos niveles autonómicos del País Valenciano, los dos partidos hegemónicos en el Estado español, PSOE y PP, nunca han dejado de encabezar las principales plazas del poder valenciano. En 1995 provocó el pulso Unión Valenciana, con Vicente González Lizondo, que traicionó a la Convergencia Valenciana de Paco Domingo en el famoso Pacto del Pollo, por el que Eduardo Zaplana se llevó el gato al agua con la colaboración de los empresarios valencianos: Federico Félix (Asociación Valenciana de Empresarios, AVE), José María Jiménez de la Iglesia (Confederación Empresarial Valenciana, CEV-CIERVAL), Leonardo Ramón Sales (tan discreto componedor que también presidió AVE) y el osado pretendiente, Vicente González Lizondo, aguerrido político que montó y presidió Unión Valenciana en connivencia con el PP.

Mirando a València

La convocatoria plurielectoral para el País Valenciano, prevista para 2027, es crucial. Se supone que Compromís, y sobre todo Més Compromís, resolverán la duda existencial entre ser la única formación política influyente con sede y obediencia valenciana o proseguir por la senda confusa que inició al incorporarse a la coalición de izquierda marginal Sumar, de la que finalmente se salió parcialmente por la parte de Més Compromís (ex-Bloc Nacionalista Valencià) que lidera Joan Baldoví. Del nudo gordiano de la política valenciana le corresponde la madeja sustancial del enredo.

PSOE, PP y Vox

Si queda desentrañado el nudo de Compromís —donde se ha encaramado Mónica Oltra como candidata a la Alcaldía de València sin consulta a la militancia en primarias—, quedarán tres enjambres por desliar en el panorama político: el de color azul que exhibe la marca añeja del Partido Popular, el entramado tornasolado del PSOE en el País Valenciano y la morada secuela doméstica de Vox-España. El primer testigo en la carrera autonómica valenciana lo cubrió Joan Lerma con los colores del PSOE. Su figura ha vuelto a reaparecer en la precampaña socialista para 2027 en apoyo de Pilar Bernabé. Con sus errores y posibilismos, fue el referente de una primera etapa que discurrió con dignidad, aunque mediatizada por el PSOE de Ferraz. No pudo frenar el error de imposibilitar, por las luchas tribales internas, la secretaría general del catedrático Joan Romero, una opción sugestiva que se truncó sin explicaciones a los militantes ni a los electores. El primer reto de los socialistas es decidir si van a esgrimir la suficiente independencia para emular al PSC de Salvador Illa o si van a seguir la trayectoria subsidiaria y dirigida por el PSOE estatal: centralista, ausente y desconocedor de la Política Valenciana con mayúsculas, errático en los desembarcos valencianos e insuficiente en la sensibilidad ante calamidades y desgracias. En resumen: esclarecer si la permanencia del País Valenciano en sus siglas responde a una convicción comprometida o es una anécdota entre sus telarañas que no saben cómo combatir definitivamente. El Partido Popular (PPCV) lo tiene más fácil. Se identifica con la política autonómica de la Transición, con sus engañifas y trampas. PSOE y PP han de asimilar que no hay autonomía política sin autonomía financiera. Los poderosos empresarios de AVE se han percatado del callejón sin salida. De vez en cuando se manifiestan con la plataforma «Queremos Corredor», pero siguen sin coger al toro por los cuernos. No dejan de respaldar a seudopolíticos como Carlos Mazón o almas buenistas como su sucesor, Juanfran Pérez Llorca, sin relieve. Vox, que es manifiestamente xenófobo, antiautonomista y contrario a la Unió Europea, se autodefine solo.

Dudas y metas

La política valenciana puede terminar de salirse del quicio. Es cierto. Sería un paso decisivo si se consiguiera aclarar las posiciones para que los valencianos sepan qué votar. ¿Qué va a pasar con la lengua? ¿Qué quieren hacer con la Acadèmia Valenciana de la Llengua? ¿Con los contenidos y las programaciones de los museos valencianos? ¿Van a torpedear el Museu Raimon en Xàtiva? ¿Van hacia una política municipal que se centre en los vecinos o dependerá de las siglas que gobiernen los ayuntamientos? ¿Se atenderá la política territorial que lleva décadas pendiente de su orquestación comarcal? ¿Se va a potenciar el provincianismo ideológico sobre el provincialismo administrativo? ¿Se van a desechar los logros de los políticos que les antecedieron para luego no saber qué hacer con aquellas ruinas que provocan? ¿Se va a potenciar la identidad valenciana en los planes de educación o van a perpetuar la ignorancia de las próximas generaciones para que no se sientan involucradas en su cultura, su historia y su pasado por puro desconocimiento? Estas dudas merecen ser aclaradas para que el País Valenciano se consolide desde sus cimientos, para que se cohesione por la convicción basada en el conocimiento y la cultura.