¿La superioridad moral de la izquierda democrática?

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Lo que hoy conocemos como la batalla cultural protagonizada por una derecha que se va extremando es la respuesta afirmativa a esta pregunta. La convicción de que hay mucha verdad en ella, hasta el punto de que buena parte de los votantes de derechas -ala centrista o también referida como “yo no soy de nadie”- reconocen más empeño por alcanzar la justicia social y mayores cotas de igualdad en las políticas de izquierdas. Pero no obstante, se justifican, esas políticas no pasan de un buenismo que incurre en candidez, ingenuidad y desconocimiento de la realidad a la que se enfrentan, entre las que no es menor destacar la propia condición humana. Vamos, que sí, que la izquierda democrática tiene mayor sensibilidad social, pero que gestiona peor la economía, tal y como suelen reflejar las encuestas sobre esta cuestión.

Y en esta convicción, la derecha española ha fiado buena parte de su estrategia como lo demuestran las constantes profecías apocalípticas con las que nos regalaba día sí y día también el Sr.Feijóo, bien fuera a propósito de las sucesivas subidas del Salario Mínimo Interprofesional, de la revalorización de las pensiones, del establecimiento del Ingreso Mínimo Vital, de la reforma de la Reforma Laboral o de cualesquiera de los escudos sociales que durante las crisis encadenadas que hemos padecido ha puesto en marcha el Gobierno de Pedro Sánchez. La insistencia llegó hasta tal punto que el contraste con las cifras de crecimiento del PIB, reducción de la deuda y del déficit, aumento del empleo y caída del paro (entre otros indicadores positivos) fue tan grande respecto de la hecatombe anunciada que el profeta llegó a recordarnos al estratega y ministro Montoro, aquel que negaba al Gobierno de Zapatero el pan y la sal para que España cayera, que ya la salvarían ellos. Es decir: primero yo, después el partido y al final España, este es el orden de prioridades.

Como España va bien en lo económico -cada día mejor- había que centrarse, aunque sería mejor decir extremarse, en el patriotismo: España se rompe, el sanchismo se entrega a los catalanes, ETA sigue viva y dicta las políticas del Gobierno… Bazofia de la mano de quienes gobernaban cuando se produjo la declaración unilateral de independencia en el Govern Catalán, de quienes llamaban movimiento vasco de liberación a ETA mientras seguía matando o de quienes firmaron el pacto del Majestic con Jordi Pujol o defendían pactar con Bildu como Javier Maroto. Se trata de aprovechar la desinformación y la desmemoria poniéndole altavoz a la hipérbole y a la mentira, negar la viga en el ojo propio y denunciar la paja en el ajeno.

También se revisten de nacionalismo patriótico los postulados contra la ecología, contra la inmigración, contra los derechos LGTBI o contra el feminismo, es el campo de la batalla cultural, la que deben dar esos españoles y españolas “muy españoles y mucho españoles” que diría aquel. La identidad nacional está amenazada por lo políticamente correcto, es la proclama, pero lo único incorrecto es su clasismo, su machismo, su egoísmo, su maldad y su ignorancia. Frente a la libertad de ser y vivir como uno decida su sexualidad, sus afectos o su modelo de familia se nos pretende imponer el dogma católico, aunque ellos se lo salten con la misma desvergüenza con que acudirán al comodín de la confesión. Frente a la emergencia climática y las energías renovables el impuesto al Sol, la prolongación de la vida útil de las centrales nucleares con el dinero de todos, no con el de las eléctricas, o el “timo ibérico” que ha resultado ser uno de los mayores aciertos del sanchismo para mejorar la competitividad de nuestra economía. Frente a la necesidad de regularizar a cientos de miles de inmigrantes que viven y trabajan entre nosotros para que puedan ejercer sus derechos la deshumanización de quienes se aprovechan de su precariedad y por ello pretenden perpetuarla o la miseria moral de quienes ven en ellos rivales en el acceso a los servicios públicos, pero no a quienes los privatizan y bajan impuestos a los más pudientes para anunciar a continuación la quiebra del Estado del bienestar.

Se trata de mentir una y mil veces, de denunciar que vivimos en una dictadura mientras controlan el Senado, gobiernan 11 comunidades autónomas, la mayoría de las diputaciones o siguen controlando el CGPJ después de mantenerlo bloqueado durante más de cinco años. Se trata de que “el que pueda hacer que haga” apelando a los ciudadanos “responsables y comprometidos con su país” declamado por el que siendo presidente del Gobierno paseó a la práctica totalidad de la trama Gürtel por el Escorial en aquella boda que para parecer de Estado contó con la anuente presencia del rey emérito. Se trata de construir un clima de corrupción que haga posible una moción de censura metiendo presión a los nacionalistas vascos y catalanes ante la opinión pública para que colaboren en el propósito, pero la opinión en esas comunidades autónomas no puede dejar pasar las constantes agresiones sufridas por ese centralismo nacionalista español.

En esta estrategia, después de condenar al fiscal general del Estado o a su “entorno” por una filtración no probada y la única perseguida en España de las miles y miles que conocemos y se producen en nuestros juzgados todos los días, de perseguir al hermano y a la mujer del presidente del Gobierno, el penúltimo episodio es la investigación a José Luis Rodríguez Zapatero y la sombra que sobre su inocencia y sobre todo sobre su honorabilidad se cierne. Se le retuerce a uno el gesto al recordar a aquellos que lo descalificaban con el apelativo de Bambi, de ingenuo, de cándido, de carecer de colmillo y ahora lo presentan como el capo de todos los capos. Un mafioso que curiosamente obtiene menos de su actividad delictiva que sus testaferros, será que al que ha sido Bambi algo le queda; una inteligencia criminal tan depurada que oculta su presencia hasta el punto de que no se tiene de él ni una nota ni una grabación ni una orden, todos son referencias de terceros, pero el perspicaz Felipe González lo incapacita para saber siquiera lo que es una sociedad off shore; un traficante de influencias que consigue lo que todo el mundo consigue, pues no hay una sola aerolínea que no fuera ayudada durante la pandemia en España y con la bendición de Europa, que declara sus ingresos en el IRPF y no a través de sociedades, como casi todos sus predecesores; en definitiva, el único presidente investigado a pesar de que durante su mandato se dio el periodo más limpio de corrupción en la historia de los gobiernos democráticos de nuestro país.

Veremos en qué acaba esa investigación, pero lo que se pretende y es necesario evitar es la destrucción de una figura que, entre otras y a mi entender, encarna la superioridad moral de la izquierda democrática, de quien no solo no utilizaba a ETA contra el PP, sino que colaboraba ciegamente con él para lograr su derrota sin reproche alguno; de quien mantuvo con valentía, cuando desfilaba el día de la hispanidad de 2003 la bandera de EEUU, “impasible el ademán” en señal de protesta por la guerra de Irak; de quien amplió la ley de interrupción voluntaria del embarazo, de quien nos trajo la del matrimonio igualitario, de quien puso en pie la ley de dependencia como cuarto pilar del Estado de bienestar, de quien en suma defendió más derechos, más libertades y más democracia con un talante que no encaja con la amenaza, con el chantaje o con la fuerza, sino con la convicción profunda en los valores que representa el partido político al que pertenece desde los 18 años. Por eso es tan querido Zapatero entre la militancia, porque es leal al legado del PSOE y al de quienes tuvieron el honor y la oportunidad de representarlo en sus casi 150 años de vida en la historia de España.

La superioridad moral de la izquierda democrática lo es y se distingue, entre otras cosas y más allá de la ética de sus políticas, por su incompatibilidad con la corrupción; no acepta que todos los políticos son iguales ni mantiene por tanto su apoyo a quienes desde sus filas lo traicionan o defraudan, por eso se intenta destruir la imagen del presidente Zapatero porque con su caída caerá también el caudal de los votantes que alentados por su discurso y su ejemplaridad sostienen al Gobierno de Pedro Sánchez.

La disyuntiva no está en creer en la imparcialidad de la justicia, puesta seriamente en entredicho por quienes se han empeñado en no perder su control, o en la inocencia de José Luis Rodríguez Zapatero mientras no se demuestre lo contrario, de lo que se trata es de defender la pervivencia de sus políticas. Esas que han ido construyendo una España más igualitaria, más justa, más libre, mejor. Defender su legado, el de una superioridad moral bien ganada.