Medio Ambiente

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Si atendemos a los sucesivos lemas del Día Mundial del Medio Ambiente, es evidente que hemos convertido a la Tierra en un enfermo al que cada año se le cambia el nombre de la dolencia porque tiene demasiadas. Desde 2016 hasta hoy, las consignas de esta efeméride se han ido variando como si en nuestras cabezas no cupieran todas juntas cada 5 de junio. “Lucha contra el comercio ilegal de vida salvaje”, “Conectando a la gente con la naturaleza”, “Sin contaminación por plásticos”, “Contaminación del aire”, “La hora de la biodiversidad”, “Reimagina, recupera, restaura”, “Una sola Tierra”, “Nuestras tierras, nuestro futuro. Somos la Generación Restauración”, otra vez “Sin contaminación por plásticos”, y este 2026, mientras el paciente acumula fiebre por falta de paracetamol diplomático y exceso de drogadicción consumista, el inevitable “Por El Clima Ya”.

La Organización de Naciones Unidas tiene manyos síntomas donde escoger, y supongo que por eso retocan tanto el parte médico, pero, leídos uno tras otro los signos, el pronóstico es de gravedad: existe una mayoría apabullante de ciudadanos que vive enfrentada a su propio diagnóstico clínico. Y a pesar de que desde hace más de medio siglo la naturaleza manda comunicados cada vez más alarmantes, preferimos deambular entre los negacionismos, eufemismos, remedios cosméticos y la amnesia social.

Lo más irónico es que, gracias a esta y otras iniciativas divulgadoras y de décadas de educación ambiental, nunca habíamos sabido tanto del malestar de nuestro planeta. Los modelos climáticos son cada vez más precisos. La ciencia ciudadana ha abierto un nuevo paradigma para estar al tanto de las cuantiosas pérdidas de biodiversidad. Los satélites vigilan la deforestación en tiempo real. Podemos calcular prácticamente con un par de clics nuestra huella ecológica, la de nuestros pueblos y ciudades o la de nuestros países. Sabemos que los mares se están tropicalizando, acidificando, subiendo de nivel y acumulando montañas de plásticos (como nuestros cuerpos). Expertos economistas siguen diciéndonos que no invertir en la recuperación de los ecosistemas nos sale mucho más caro que poner los remedios necesarios. Y sin embargo los cambios de hábitos tanto personales, como empresariales, como sociales y políticos no llegan o llegan tarde y con cuentagotas.

No soy neurocientífico, pero tengo la impresión de que el cerebro humano nace con una gran incapacidad: entiende mejor los peligros inmediatos que la catátrofe global. Un gato doméstico abandonado moviliza más neuronas a favor que toda la fauna silvestre que se carga diariamente. Cada ola de calor suscita más preocupación que dos grados de aumento de la temperatura planetaria. Una gran nevada infunde más inquietud que toda la contaminación atmospheric anual soportada. La separación de una gran placa de hielo en el polo engendra más interés que las causas que la producen.

Nuestras contradicciones quedan todavía más claras cuando se observan las encuestas sociológicas. Tanto los datos del CIS como del Eurobarómetro muestran que la preocupación ambiental ha tenido un comportamiento inconstante y olvidadizo durante, al menos, las dos últimas décadas. Normalmente en zona moderada de la escala, cuando subió el paro o la inflación por la gran recesión económica, el medio ambiente perdió muchos puestos en la lista de prioridades ciudadanas, aunque el planeta seguía deteriorándose al mismo o mayor ritmo. Mientras que los eventos climatológicos extremos de la última década (sequías, olas de calor, inundaciones, incendios forestales) han aupado al medio ambiente entre los problemas prioritarios de los europeos, principalmente en los países mediterráneos.

Y a pesar de que, en las encuestas más recientes, alrededor del 80% los ciudadanos verbalizamos que los problemas medioambientales afectan directamente a nuestra salud, nuestra economía y nuestra calidad de vida, continuamos reaccionando con una despreocupación muy poco recomendable. Seguimos atrapados en la cultura del usar y tirar, del consumismo, de la prisa y la inmediatez. La política piensa en ganar elecciones; los mercados, en las cuentas de resultados; los ricos en hacerse más ricos, y nosotros en llegar a final de mes o -si tienes dinero- en las próximas vacaciones. Lo cual demuestra que los humanos no estamos tan preocupados por el medio ambiente como aparentamos en las encuestas.

Entretanto, la naturaleza con la que hemos llegado hasta aquí desaparece, y sigue trabajando con calendarios mucho más largos a los que no damos la transcendencia debida porque, ante lo urgente o próximo, pasamos de lo importante. Pero la Tierra lleva demasiado tiempo enviándonos síntomas claros de nuestra enfermedad (que es la suya) y nosotros seguimos comportándonos como pacientes que cambian de conversación para no escuchar al médico. Ponemos la crucecita en la casilla del cuestionario de preocupaciones, pero nada más. Da lo mismo el enunciado con el que la ONU cada año quiera despertar nuestras conciencias.

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