Diversidad biológica

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En estos tiempos en los que las creencias y el sentimentalismo urbanícola parecen haberle ganado el pulso a la ciencia y la racionalidad, la presencia de colonias felinas en entornos urbanos es una reality cotidiana que sigue generando un incomprensible debate. Por un lado, la figura del gato comunitario —aquel que, previamente abandonado, vive en libertad pero bajo el cuidado colectivo— despierta empatía y ternura; por otro, la ciencia alerta sobre el severo impacto que estos animales domésticos tienen sobre la fauna silvestre local.

Por desgracia, las colonias felinas legales se han consolidado en España y en parte de Europa como modelo habitual de gestión de los gatos callejeros, y no es que lo desee, pero la ley y las administraciones no son tan permisivas con los perros vagabundos, los mini-pigs, las tortuguitas o con cualquier otra mascota que quisiéramos cuidar entre “todos” con toda nuestra buena intención, al lado de casa, para regocijo de ciudadanos piadosos y entretenimiento de la infancia. Veamos por qué me parece un dislate la excepción gatuna.

Aunque a menudo los consideramos mascotas inofensivas (dentro de casa normalmente lo son), los gatos domésticos (Felis catus) son depredadores muy eficientes. Cuando los concentramos en colonias al aire libre se incrementa artificialmente el número de depredadores en la zona, lo que no es bueno para la vida silvestre. Un solo gato doméstico en libertad puede cazar de dos a cuatro presas al día: principalmente pequeñas aves, reptiles, anfibios y pequeños mamíferos.

La historia y los estudios científicos han demostrado que los gatos domésticos son una de las especies invasoras más perjudiciales y, a nivel mundial, responsables directos de la eliminación de millones de animalillos silvestres, de alrededor del 20% de los pequeños vertebrados recientemente extintos, además del descenso de las poblaciones de cerca del 10% de aves, mamíferos y reptiles en Peligro Crítico.

En entornos urbanos, esto se sustancia en una reducción drástica de la biodiversidad local, ya de por sí sometida a la merma poblacional consecuente con nuestra vida urbanita. Estoy hablando, entre otros muchos ejemplos, de los pajarillos que en nuestras latitudes tanto alegran la ciudad. También de otros animalillos no tan vistosos pero no menos necesarios desde le punto vista ecológico.

Existe la creencia errónea de que un gato bien alimentado por ciudadanos no caza. Sin embargo, investigaciones, alejadas como es normal del eufemismo y la sensiblería, muestran que su instinto cazador es independiente del hambre. Aunque la alimentación controlada puede reducir la presión depredadora al no depender el gato doméstico exclusivamente de ella, no la elimina. Además, los puntos de alimentación, si no se gestionan correctamente, pueden atraer a otros animales no deseados, creando focos de insalubridad.

Para minimizar el impacto, asociaciones y ayuntamientos suelen recurrir al método CER (Captura, Esterilización y Retorno/Suelta), cuyo teórico objetivo es estabilizar y reducir progresivamente las poblaciones de los mininos abandonados sin herir las susceptibilidades de algunos ciudadanos, puesto que el gato doméstico se devuelve a su territorio y evita (es un suponer) que nuevos gatos abandonados ocupen ese espacio.

Pero su gestión correcta implica no solo la esterilización en porcentaje suficiente para que surta efecto (cota que no se consigue habitualmente), sino también el control veterinario adecuado por los riesgos de transmisión de patógenos y la reubicación de colonias, que habitualmente no cuentan con una evaluación previa de su impacto ecológico ni con el benéplácito de los residentes disconformes, con frecuencia quejosos de los malos olores, presencia de excrementos o suciedad.

Y, oh sorpresa, a pesar de todo, la Ley de Protección de los Derechos y el Bienestar de los Animales, aprobada en 2023, trata de regular esta reality reconociendo la necesidad de proteger a los gatos domésticos abandonados mientras se respete el entorno natural, lo que supone conseguir algo así como la cuadratura del círculo. Para lograr este utópico equilibrio, la ley ignora los principios ecológicos y confía en una estrecha colaboración entre ayuntamientos, veterinarios y gestores de colonias, engranaje difícil de hacer funcionar y que no evita la depredación de otros animalillos silvestres mucho más necesarios.

Todo ello plantea una colisión evidente entre la protección de la diversidad biológica de la ciudad y las colonias de mininos domésticos abandonados. Desafío que adquiere mayor contradicción en el contexto del Reglamento Europeo de Restauración de la Naturaleza (Nature Restoration Law), aprobado en 2024, que quiere impulsar la renaturalización de los entornos urbanos y su reconexión con los ecosistemas rurales. Dándose así la paradoja de que la administración termina gastando dinero para apoyar una causa y su contraria.

En este marco, resulta necesario reconocer a los gatos domésticos en libertad como una especie exótica invasora y, por decirlo finamente, gestionar a la baja tendente a cero su presencia en colonias, como así ocurre en otros países. Es un caso claro en el que la evidencia científica debe prevalecer sobre las creencias si queremos que la biodiversidad pueda ser restaurada con cierto éxito en nuestras ciudades.

Hoy es 22 de mayo. Feliz Día Internacional de la Diversidad Biológica.

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