Bosques
Entrar en una catedral gótica es como adentrase en un viejo bosque. Ambos templos impresionan. La penumbra agiganta las enormes columnas de piedra que se elevan como interminables troncos centenarios. La frescura de la gran nave, o el dosel verde, despierta sensaciones de lejanas latitudes. La humedad se respira. A través de las apuntadas vidrieras, o las rendijas del denso palio de hojas, los rayos del sol dibujan sombras y diminutas estrellas suspendidas en el sacrosanto éter. Y el silencio -si no hay más turistas cerca- te envuelve y gozas agradecido. Pero esas catedrales, o esos bosques, además de belleza, tienen también mucha historia.
Y donde hoy se alzan hasta casi tocar los cielos, en muchas ocasiones, antes hubo una iglesia románica que, lustros atrás, otros asentaron sobre las piedras de una mezquita, un templo visigótico o unas termas romanas; y todas, una tras otra, siglo a siglo: sobre un templo pagano. A los bosques les pasa algo parecido. Desde la última glaciación, el paisaje ibérico ha ido levantándose como una catedral viva. Primero llegaron los bosques abiertos de coníferas y abedules; luego, con el clima templándose, saucedas y matorrales; más tarde, robles y, al final, los hayedos del norte. Mientras tanto, el sur se llenó de encinas, quejigos y alcornoques.
El resultado no fue un bosque uniforme, sino un mosaico de claros y arboledas que, como las viejas catedrales, nunca dejaron de reformarse con el paso del tiempo. Y aunque a los urbanitas nos cueste reconocerlo, los grandes bosques “naturales” que hoy admiramos en España no son los primeros ni son vírgenes. Son preciosos paisajes culturales que conviven con aprovechamientos milenarios (o gracias a ellos), acumulando memoria forestal del mismo modo que en las catedrales se acumula memoria espiritual. Y, como valiosos paisajes humanizados que son, deben gestionarse garantizando la “persistencia de la masa” y la biodiversidad, sin cometer excesos ni plantar árboles donde “nunca” los hubo.
En España, cuya superficie arbolada (incluidos los cultivos de coníferas, eucaliptos y chopos) ha venido creciendo desde hace décadas a un ritmo promedio superior al 2% anual, el problema no es que falten masas forestales, pues, en porcentaje, nuestro país está cerca de la media europea. Pero desde hace décadas, el éxodo rural ha generado mucha masa forestal, tanto por reforestación como por recolonización natural.
El resultado es que el 70 por ciento del terreno arbolado actual son bosques seminaturales, más o menos densos y ricos en diversidad biológica y, el 30 por ciento restante, monótonas y extensas reforestaciones mucho menos biodiversas y más vulnerables a las sequías, los megaincendios, los grandes vendavales y las plagas que, cada vez con más fuerza y recurrencia, amplifica el calentamiento global. También en esto nos ha vuelto a pillar el tren del clima y la merma de biodiversidad. Hace mucho que la gestión forestal de los técnicos, administraciones y propietarios particulares quedó anticuada por ignorar lo que ya definió como un “problema urgente” en 1979 la Primera Conferencia Mundial sobe el Clima.
En España (salvo excepciones) no hacen falta más masas forestales sino gestionar correctamente las que hay. Y como sucede con las viejas catedrales que no se atienden a tiempo, cada nueva intervención implica ya decisiones técnicas, económicas y culturales más complejas, en las que hay que huir de las propuestas “salvadoras”, hijas, como casi siempre, del cortoplacismo político, la improvisación, los intereses particulares y el reduccionismo corporativista de los profesionales. Estamos ante un problema multidisciplinar y no creo que el remedio pueda ser rápido, ni fácil, ni uniformemente aplicable en todos los lugares, y no llegará a tiempo a todos los bosques necesitados; ni, quizá tampoco, a todas las catedrales.
El 21 de marzo se celebró el Día Mundial de los Bosques.
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