Trabajar y no llegar a fin de mes: el 11N, paremos el país
A quienes fruncen el ceño y preguntan con fingida ingenuidad por qué se convoca una huelga general ahora, convendría recordarles que la paciencia de la clase trabajadora no es infinita. Preguntar “¿por qué ahora?” revela una ceguera selectiva o una cómoda ignorancia de la dura realidad social. Resulta enternecedor escuchar la cantinela habitual de los grandes titulares macroeconómicos. España crece, la economía tira con ímpetu y encabezamos las métricas europeas, pero las familias no comen con estadísticas ni pagan la factura de la luz con gráficos explicativos de PowerPoint.
Es innegable que el diálogo social amortiguó golpes brutales mediante la herramienta de los ERTE durante la pandemia, la actualización de la reforma de las pensiones y una subida del Salario Mínimo Interprofesional que pasó de los miserables 655 euros en 2016 a los 1.221 euros en 2026. Sin embargo, toda mejora salarial ganada con esfuerzo en la mesa de negociación se la come la inflación antes de llegar a fin de mes.
El diagnóstico no admite paños calientes ni pausas de reflexión. La cesta de la compra sube porque el tejido empresarial ha decidido blindar e incrementar sus beneficios a costa del bolsillo ajeno. Nos venden el pretexto de guerras remotas mientras el combustible escala precios en las gasolineras incluso antes de que el primer barril afectado cotice en el mercado internacional. Es el viejo truco de la especulación impune: costes socializados entre la mayoría y beneficios privatizados para unos pocos.
Y luego está la vivienda, ese terreno donde el cinismo alcanza niveles estratosféricos. Que un derecho constitucional funcione como un casino para rentistas y fondos de inversión es indecente. Alquileres e hipotecas se llevan en muchos casos más de la mitad del salario, expulsando a la gente trabajadora de sus propias ciudades. Mientras la CEOE se levanta de la mesa y se niega a pactar el VI Acuerdo por el Empleo y la Negociación Colectiva, rechazando subidas salariales de entre el 4% y el 7% y bloqueando cláusulas sociales de vivienda, el fraude de las horas extraordinarias no pagadas sigue desangrando las cotizaciones sociales y los derechos laborales.
Por eso la huelga del 11N no es un capricho sindical, sino un golpe en la mesa por el salario y por la vivienda. Una movilización urgente que adquiere un dramatismo todavía mayor al coincidir de pleno con el anuncio de elecciones generales. Resulta fascinante comprobar cómo la derecha y la extrema derecha, que han votado en contra de cada avance, desde la reducción de jornada y la subida de pensiones hasta la ley de vivienda, las ayudas por la dana o los impuestos a la banca rescatada y a las grandes energéticas, piden ahora “sacrificios” a la ciudadanía. Nos sugieren trabajar más y recortar festivos mientras proponen privatizar las pensiones y sus propios voceros recomiendan guardar un prudente silencio electoral. Y la última, nos amenazan con tomar nota si seguimos adelante con la huelga general, pero quienes tomamos nota somos los trabajadores y las trabajadoras.
Parar el país no es una pataleta, es el único lenguaje eficaz ante quienes pretenden que la mayoría social siga pagando la fiesta de unos pocos.