Reportaje
La única española en servir como médica en la Guerra de Vietnam: “Los vietnamitas no merecen su desgracia”
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“La Dra. García ha realizado todas las tareas que le fueron encomendadas [...] con plena satisfacción y gran responsabilidad. Desde el punto de vista médico y humano, se entregó a sus pacientes muy por encima de la media”. Las palabras del doctor Otto A. Jäger, responsable del buque hospital de la Cruz Roja alemana MS Helgoland y escritas en un lejano 1967, no tendrían el menor interés si no fuera por a quién se refería: la joven anestesista Emilia García Fernández, una española que se incorporó al servicio el 20 de enero de 1967 y que se despidió el 13 de noviembre de ese mismo año, fecha en la que se firmó el informe. Lo que le da un valor especial a esas palabras es que Emilia fue la única española que sirvió en la Guerra de Vietnam.
La presencia de españoles en Vietnam no es ningún secreto. A medida que se producía la escalada en el país asiático, Estados Unidos fue solicitando ayuda militar a otros países. La mayoría, España entre ellos, mandó médicos y enfermeros, en total medio centenar, todos uniformados. Fue la primera misión del ejército español en el extranjero. La diferencia es que Emilia García acudió como voluntaria con la Cruz Roja alemana. No consta que ninguna otra mujer de nacionalidad española tomara parte en el conflicto. “Su estancia en Vietnam fue algo de lo que se enorgullecía toda la familia. Ella, que como buena asturiana, no habla mucho, de esto sí solía hacerlo, aunque yo no le hacía mucho caso —confiesa entre sonrisas su hija Carmen Benavides—. El que se sabe la historia es Cipri, a él sí que le parecía algo fascinante”.
Cipri, al que se refiere Carmen, es su amigo de la infancia Cipriano Díaz, profesor de Lengua y escritora bajo el pseudónimo de C. Ros Caro. “A Emilia le marcó mucho la guerra. De su estancia en Vietnam sí hablaba, de la guerra, de los horrores que vio, no tanto. Era una cosa que no le podías preguntar, tenía que ser ella la que sacara el tema”. Lo que es innegable es que allí es donde aprendió todo lo que la convirtió en una médica tan reconocida en España que venía gente de otras ciudades a que les trataran. Un ministro socialista, por ejemplo, trajo a València a su hijo porque quería que lo tratara “la mejor”.
“Desde el punto de vista profesional, es evidente que nadie tenía, ni de lejos, su experiencia, lo que le granjeó muchas envidias”, recuerda Cipri. “Pero es más, lo importante es que allí aprendió la forma de ser médica”. Cuando llegó, pensaba que Vietnam pensaba que lo importante, cuando entraba un paciente, era curarle; luego atenderle y acompañarle; y, finalmente, no dejarle peor que estaba. Luego se dio cuenta de que era al revés, que curarle era lo último, y que no perjudicarle y acompañarle era mucho más importante. De hecho, es una forma de ver la vida que he aplicado a mi manera de entender docencia“, añade.
Una biografía imposible
La biografía de Emilia no fue la que cabría imaginar de una mujer nacida un 16 de diciembre de 1935 en una localidad tan pequeña como es La Barraca, en el concejo de Salas (Asturias), en el que hoy viven unas 25 personas (y entonces tampoco había muchas más). La suya fue una familia que decidió regresa a España desde Cuba en 1930, tras haber hecho fortuna. Su padre, Claudio, decidió afincarse allí y abrió un chigre —un local medio bar, medio ultramarinos que aún existe—, para mantener el contacto con su familia en lugar de optar por la vecina Oviedo. En una época en que una mujer de un pueblo tan pequeño en medio de Asturias podía considerarse afortunada si lograba acudir unos años al colegio, ella pudo llegar a la universidad.
“En eso —explica su hija— influyeron dos factores: el primero, que la suya era una familia con una mentalidad muy abierta por haber vivido fuera, con mucha tradición de izquierdas, que no solo nunca se opuso a que estudiara y viajara, sino que lo alentó. El segundo, que la idea de que estudiara, en realidad, fue de unos tíos que habían amasado una fortuna en México, los Mier [de la que desciende el piloto de Fórmula 3 Alejandro Fernández], que no solo pagaron la formación sino que le eligieron la carrera… y a ella le pareció muy bien, aunque nunca antes pensó en estudiar medicina. Si hubieran dicho Derecho, ella hubiera sido abogada”.
Así, tras acabar los estudios en su escuela de Oviedo, a la que mandaban cada día, y aprobar el PREU [el examen de acceso a la universidad], se trasladó a Madrid a estudiar en la Complutense. Luego, tras acabar sus estudios en la Universidad de Granada, una beca le permitió estudiar la especialidad de anestesia en Alemania. “En aquella época, Emilia no hablaba ni papa de alemán, pero eso no le frenó. Luego, de manera casi autodidacta, también aprendería inglés gracias a los libros sobre anestesia que compraba para seguir formándose”, dice Cipri, que la utilizó como inspiración para el personaje central de su novela Los tres hermanos Valde Bocampo (NPQ, 2019). La diferencia entre la Emilia real y la literaria, es que de la primera, hay datos sobre los que ni los que la conocieron se ponen de acuerdo.
La estancia de Emilia en Vietnam, donde llegó con 34 años, también forma parte de otra parte de su biografía personal, la historia de amor con su novio, Pedro Benavides, y que más tarde se convirtió en su marido. Se conocieron en España, mientras él cursaba Filosofía y Letras en la Universidad Granada —donde coincidió con Joaquín Sabina, unos años más joven que él— y ella acababa su carrera. Allí, ella obtuvo la beca por sus buenas notas, lo que le permitió hacer la especialidad en Alemania y él, por motivos políticos, tuvo que quitarse de en medio y consiguió un trabajo en L’Ecole Nationale de Commerce de París donde estuvo cerca de ocho años. España, Francia, Alemania y Vietnam, una historia de amor con parada en cuatro países. Desde luego, no era lo normal en una época en la que tener una pareja en el pueblo de al lado ya era un problema. “Me he hinchado a leer cartas de esta pareja. Rarísimas. Están medio en código. Intentando buscarse la vida para regresar a España y retrasándolo continuamente, él lo iba aplazando por la falta de dinero. Hostia, ¡qué complicada era la vida entonces!”, se ríe Carmen.
“La verdad es que eran totalmente diferentes. Él era un chico de familia bien que con el tiempo había tomado conciencia política y se afilió al Partido Comunista. La discreción, por cierto, no formaba parte de sus virtudes, porque no se sabía callar y eso le acarreó muchos problemas para encontrar trabajo. Ella, cuyo padre llegó a militar un tiempo en el maquis, era muy callada y con una gran conciencia social, con una mentalidad científica muy acusada, y muy progresista. De hecho, era una gran defensora de la eutanasia cuando nadie hablaba de ella”. También fue pionera en lo de divorciarse, “de hecho fueron de los primeros, en cuanto se aprobó en 1982”, recuerda Carmen. Y, como buenos modernos, la relación entre ellos fue excelente hasta que ambos murieron en 2007.
El drama de Vietnam
“Emilia no tomó conciencia en Vietnam, iba concienciada de casa”, explica su hija, “pero es verdad que desconocía lo que estaba pasando allí y ese no fue el motivo por el que acudió. Se enroló casi por casualidad. Durante un Congreso en Munich se enteró que de que Alemania iba a enviar el buque hospital MS Helgoland, provisto con los materiales más modernos de la época. Lo que le llevó a Saigón y a Da-Nang [los dos lugares donde el barco fondeó] era salir de la rutina y aprender”. Hubo un tercer factor: en España nadie quería contratar a una mujer por mucha carrera universitaria que tuviera, según explicó ella en una entrevista que concedió a La Voz de Asturias a su regreso.
En principio, el MS Helgoland quedaba un poco lejos del teatro de operaciones (aunque Da-Nang estaba muy cerca de la línea que separaba el norte del sur). De hecho, la mayor parte de las intervenciones médicas que llevó a cabo tenían poco que ver con heridas de guerra, más bien con las dolencias habituales de los campesinos de la zona. Pero hubo episodios muy duros, como cuando tres de sus compañeros desaparecieron y solo pudieron recuperar sus cuerpos ametrallados. Pero la monotonía se rompía cuando había un ataque y, en un solo día, tenían que atender a más de cincuenta personas. “Ella contaba cómo se les caía la piel por culpa del napalm”, recuerda su hija. “Los vietnamitas son muy bondadosos, no se merecen esto”, decía en la citada entrevista. Así, no extraña que, en su evaluación, el doctor Jägger dijera de ella que “desde el punto de vista médico y humano se entregó a sus pacientes muy por encima de la media”.
“Es verdad que no todos los días atendían a víctimas de la guerra, pero tampoco fue un paseo en barca”, insiste Cirpi. “De repente, de madrugaba, sonaba un teléfono y era una llamada del mando americano que les avisaban para que se fueran preparando: eso es que iban a bombardear un poblado y que se avecinaba una avalancha de heridos. Por lo visto, llamaban en plan gracia ‘oye guapa, que os vamos a mandar a algunos’. La actitud de los americanos no le gustaba nada y pero los vietnamitas siempre hablo con mucho cariño”.
Precisamente fue un incidente con uno de ellos lo que le llevó a tomar conciencia de dónde estaba. Un militar norteamericano que le rondaba le invitó un día a dar un vuelo en su avión, probablemente un Cessna Skymaster de reconocimiento. Carmen y Cipri coinciden en contar que “volvió horrorizaba” tras ver los efectos devastadores del Napalm sobre el terreno, aunque ya conocía lo que hacían sobre las personas. Al americano, que siguió picando piedra, no le volvió a hacer caso.
Durante su estancia realizó aproximadamente 500 anestesias generales y, prueba de la confianza que habían depositado en ella, dirigió la sala de guardia con doce camas, además de colaborar en la policlínica, donde diariamente se atendían de 120 a 140 pacientes (básicamente, enfermedades tropicales). En total, el Helgoland disponía de 150 camas, de las que cien eran quirúrgicas y 50 de medicina interna. Durante la estancia de Emilia, pasaron por ahí unos 1.500 pacientes, a los que habría que sumar los 1.500 de la policlínica. De esa etapa le quedó una espinita clavada: el Helgoland tenía mala fama y nadie sabe bien porqué. “Supongo que habría rumores de que entre ellos se liaban o algo así. No lo sé, pero solo se me ocurre eso, aunque ya me dirás: en un barco, perdidos en Asia, en medio de una guerra… ¿qué iban a hacer? Pues imagínate”, comenta Carmen entre risas.
Lo más llamativo es que Emilia tampoco no se consideraba una aventurera al uso, o quizás solo lo fue hasta su etapa de Vietnam, donde aprovechó para visitar la India varias veces; del primero destacaba su escasez de medios, pero sin llegar a pobres; de la segunda, su miseria. “Cuando volvió y se casaron, se fueron a Zaragoza, donde, por motivos políticos, Pedro no conseguía trabajo, así que acabaron en València, donde había un poquito más de libertad. Ella fue de las que inauguró La Fe [el hospital de referencia de la ciudad durante décadas]. Aquí, durante años, fue de casa al trabajo y del trabajo a casa y ya está. Creo que Vietnam la marcó, y que eso la llevó a hacerse intensivista, del mismo modo que la muerte de mi hermana Clara, siendo una niña, la hizo dedicarse a neonatos”, aventura su hija Carmen.
Pero entre ir de casa al trabajo y del trabajo a casa hay más. En la Fe sufrió mobbing durante años. En un mundo tan clasista como el de la medicina -en el que abundaban las sagas- y donde el acceso a la función pública tenía puerta trasera, “ella venía de un pueblo de Asturias y se sacó la plaza con notaza. Además, estaba su compromiso político que, una vez muerto Franco, hay quién pensaba que ser comunista estaba demodé, un crimen solo comparable a su negativa a tener una consulta privada”, recuerda Cipri. “Podía pasarse tres días seguidos en el Hospital y me llamaba para que fuera a comprar cosas de comer para ella y las enfermeras: ellas le querían muchísimo”.
El escritor añade un anécdota más para perfilar a Emilia, que se debatía entre su discrección y la imposibilidad de pasar desapercibida. “Nunca aceptaba un no. Me acuerdo cuando alguien le decía ‘eso es imposible’, ella le cogía del brazo, le sonreía, y le respondía con toda su dulzura: ‘cariño, todo se puede hacer’. Y al final, se hacía”.
Elegante, guapa —la confundían frecuentemente con Nuria Espert—, muy querida por sus subalternos, era demasiado independiente como para que se lo perdonaran. Tampoco gustaba a sus colegas que mientras ellos, médicos, se permitían mirar al paciente por encima del hombre, ella hubiera instaurado ‘la hora de los abrazos’ para acunar un rato cada día a unos pequeños pacientes de los, tras una operación, solo se separaba “después de que hubieran meado”, ya que eso era era la prueba de que el efecto de la anestesia había pasado. Durante sus últimos años estuvo enferma, y fueron muy pocos los compañeros que le apoyaron y muchos los que aprovecharon para intentar quitársela de en medio.
La vida de Emilia está llena de anécdotas sorprendentes, que hacen que su paso en Vietnam casi no se lo más importante. Hay anécdotas como cuando, en 1973, visitó Cuba con sus compañeros del PCE. pero eso es otra historia.