El psicólogo Jesús Cudeiro explica el mecanismo del efecto placebo: “La expectativa juega en doble dirección”
¿Puede una cucharada de agua con azúcar remitir el dolor físico de una persona? Es posible que sí, en determinadas circunstancias. Pero no porque el agua con azúcar tenga propiedades mágicas, sino porque el cerebro tiene una herramienta terapéutica que lo hace posible: el efecto placebo. Detrás está la idea de que lo que uno cree sobre la situación a la que se enfrenta tiene el poder de moldear la forma en que se reacciona ante ella.
Si bien muchas veces pensamos en este efecto como una especie de ilusión psicológica sin efectos reales, este fenómeno, ampliamente estudiado en psicología y medicina, demuestra cómo la expectativa puede producir cambios reales y medibles en la experiencia y el comportamiento. Jesús Cudeiro González, psicólogo y director de Clínica Balión, nos ayuda a entender un poco mejor qué es el efecto placebo, cómo funciona, qué límites tiene y por qué influye en cómo experimentamos el tratamiento y la enfermedad.
“Cuando tomamos una pastilla o recibimos un tratamiento creyendo firmemente que nos va a curar, el cerebro activa sus sistemas de recompensa y supervivencia. Se produce una liberación de endorfinas (los opioides naturales del cerebro que bloquean el dolor) y de dopamina (el neurotransmisor de la motivación y el placer)”, afirma Cudeiro. “Este ‘chute’ neuroquímico no es una ilusión: produce un alivio físico real, reduce la presión arterial y relaja el sistema nervioso”, añade.
Aunque este efecto suele malinterpretarse, las respuestas al placebo son una de las demostraciones más claras que tenemos de que las expectativas, las creencias y el contexto pueden producir cambios medibles en el organismo.
Aquellas barras de madera que lo curaban todo
Si tuviéramos que trasladarnos al origen de este fenómeno, tendríamos que retroceder al siglo XVIII, cuando unas barras de madera demostraron tener, para sorpresa de todos, un poder ‘curativo’. Pero el caso más célebre es el que se produjo en 1957 con la historia clínica de Mr. Wright, una persona con cáncer terminal y tumores del tamaño de pelotas de golf, a quien los médicos daban apenas unos días de vida.
Wright supo de un fármaco supuestamente revolucionario, que más tarde se demostró que era un fraude, y suplicó que se lo administraran. El médico, pese a saber que era inútil, accedió. Y cuál fue su sorpresa cuando vio que su estado anímico mejoró de inmediato y los tumores se redujeron, según reflejó entonces el psicólogo Bruno Klopfer en su investigación publicada por la Universidad de California Los Ángeles.
Tras un tiempo, el mismo Wright leyó en la prensa que el medicamento era ineficaz, lo que destruyó sus expectativas y el cáncer regresó. Pero, de nuevo, un segundo engaño hizo mejorar de nuevo la enfermedad, lo que indicó que su supervivencia podía estar vinculada con su esperanza. Esto no evitó que, tras descubrir de nuevo el engaño, el paciente falleciera al poco tiempo.
El motor del placebo: la neurociencia de las expectativas
Este primer caso no es más que un primer ejemplo del motor del placebo. Cudeiro explica que “el efecto placebo es la expectativa de que algo va a salir bien. Esta expectativa es muy importante”. En su forma más simple, el efecto placebo se refiere a los cambios reales en los síntomas o la experiencia que ocurren después de que una persona recibe un tratamiento sin ningún ingrediente médico activo: una pastilla de azúcar, una inyección de solución salina o un procedimiento que parece convincente pero que no tiene ningún efecto físico. Porque lo que importa no es la sustancia en sí, sino lo que significa para la persona que la recibe.
Pero cualquier fármaco nuevo debe demostrar en ensayos clínicos que es significativamente superior a una pastilla de azúcar. “En el ámbito de la salud mental, numerosos estudios que comparan antidepresivos con placebos en casos de depresión moderada revelan que el medicamento real muchas veces apenas logra superar por tres puntos al placebo”, afirma Cudeiro.
Muchas explicaciones del efecto placebo lo describen como una forma de demostrar que el entorno clínico, la explicación dada, la confianza del médico, las experiencias pasadas y las creencias personales, contribuyen a cómo se experimenta un tratamiento. También va implícito, en el efecto placebo, el engaño. “La persona no sabe, está siendo engañada. Si fuera consciente de que en realidad le están dando suero fisiológico en lugar de un ansiolítico, esa persona no sentiría mejoría”, afirma Cudeiro. Por tanto, “el placebo es engaño, aprovechamos la expectativa a favor de la medicina”.
Un tratamiento que empieza muchas veces antes de la consulta
El efecto placebo es, en esencia, la expectativa de que algo va a salir bien y que modifica nuestra conducta de manera inconsciente. Como admite Cudeiro, “una persona con depresión moderada a menudo empieza a sentirse mejor en el instante en que pide cita con un psicólogo. Al generar la expectativa de recibir ayuda, su comportamiento cambia antes de pisar la consulta: empieza a arreglarse más, conoce mejor, se activa. En la dirección opuesta, las expectativas también rigen el rendimiento: si crees que vas a suspender un examen, tu motivación cae y estudias menos; si crees que puedes aprobar, te esfuerzas más”.
También en la medicina convencional la comunicación es una herramienta terapéutica. “Si a un paciente cardiópata que toma betabloqueantes se le explica detalladamente cómo el fármaco aliviará el esfuerzo de su corazón, el alivio físico es inmediato”, afirma Cudeiro.
El efecto nocebo y el peligro de las pseudociencias
Este camino de la expectativa viaja en doble dirección. El efecto nocebo es lo opuesto: “si te generas una expectativa de que lo que vas a hacer va a ser perjudicial, lo será. La expectativa juega en doble dirección”, advierte Cudeiro, que afirma que esto ocurre con personas reticentes a los psicofármacos; si un paciente acude a consulta condicionado por su entorno de que los antidepresivos no le funcionarán, la probabilidad de que desarrolle dificultad es alta. Es como si su cerebro estuviera ‘saboteando’ el tratamiento.
Este importante poder es también por el que la comunidad científica persigue las pseudociencias. “Hay personas que lo llevan tan al límite que dejan los tratamientos oficiales, como los oncológicos”, afirma Cudeiro. El efecto placebo no significa que la mente pueda curar cualquier enfermedad a voluntad, ni que la creencia reemplace a la medicina. Los placebos no reducen tumores, no eliminan infecciones ni corrigen daños. Pero sí pueden alterar el dolor, el movimiento, el estado de ánimo, la percepción y el funcionamiento de maneras clínicamente significativas.