Tres estrategias para no acumular enseres que no necesitamos, según un psicólogo: “Depende de nuestro tipo de apego”

Darío Pescador

4 de marzo de 2026 11:30 h

0

La sociedad de consumo moderna ya era un campo de minas para nuestros deseos (y nuestros bolsillos) antes de que nos pusieran todas las tiendas del mundo en la palma de la mano. Sin movernos del sillón, recibimos constantes sugerencias publicitarias en las pantallas de nuestros teléfonos, y estamos solo a un gesto de nuestro dedo de conseguir esos zapatos o ese gadget electrónico. 

En las sociedades avanzadas, el acto de comprar ya tiene poco que ver con satisfacer necesidades básicas. Es una cadena compleja de estímulos que a menudo opera en nuestra contra, y que nos lleva a comprar, y almacenar, cosas que no necesitamos y tampoco usamos.

El problema de las compras impulsivas

Para entender por qué nuestros armarios rebosan de ropa que no usamos y nuestros trasteros albergan aparatos electrónicos olvidados, debemos mirar primero a los mecanismos que nos impulsan a comprar. La publicidad ha conseguido a lo largo de su breve historia crear necesidades donde antes no existían. Ya no se venden objetos, sino identidades: un reloj no mide el tiempo, es un símbolo de éxito. Un perfume no disimula el mal olor, es una promesa de despertar el deseo en los demás. 

“Hay un primer perfil que son personas que se han criado en un entorno cultural, social o familiar con miedo a la escasez. Es propio de personas de edad avanzada, de otra generación”, explica el psicólogo Tomás Santa Cecilia, director de CECOPS. “Luego tenemos las generaciones actuales, que son personas que se han criado en lo que se llama el síndrome de la adquisición de equipamiento o el consumismo excesivo”, añade.

Si antes la publicidad daba palos de ciego esperando acertar, con la llegada de Internet y la ciencia de los datos se ha perfeccionado la segmentación de la población y los estilos de vida, enviándonos con precisión los mensajes publicitarios de aquellos productos que más encajan con nuestras aspiraciones. ¿Cómo pagarlo? Con la tarjeta de crédito, por supuesto. Unos gastos que aunque sean pequeños, se acumulan: las fugas de dinero en microgastos pueden llegar a sumar cientos o miles de euros al año.

“Vivimos en una sociedad del consumo donde nos crean una falsa necesidad: sin este equipamiento no vamos a poder hacer este deporte, sin estos utensilios no vamos a poder cocinar, etc.”, comenta Santa Cecilia. “Nos hacen pensar que vamos a tener una vida fácil, o que me voy a identificar más con este perfil de población si llevo estas zapatillas, si tengo este robot de cocina o si tengo este coche. Para mí es el perfil más problemático”, afirma.

Pero la trampa no acaba en la compra. La industria perfeccionó hace tiempo la obsolescencia programada: productos con una vida útil cada vez más corta y es necesario sustituir, como ocurre en el caso de la electrónica, o en la industria textil, prendas de baja calidad que se deterioran y pasan de moda en cuestión de meses.

La paradoja del “por si acaso”

El siguiente problema es la incapacidad de desprendernos de lo que hemos comprado. Todos tenemos ese cajón o armario en el que depositamos objetos “por si acaso”. Por si acaso este vestido vuelve a estar de moda, o por si acaso necesito algún día ese cable que ya no recuerdo para qué función. Nos enfrentamos entonces al problema de la acumulación en nuestras casas, un fenómeno que va más allá del simple desorden. 

“Tenemos cuatro mecanismos”, explica Santa Cecilia. “El mecanismo hormonal, es decir, la dopamina, la respuesta inmediata; nuestro sistema de creencias, que es lo que nos hace tomar decisiones; la presión del grupo, que nos hace pensar que sin eso seremos un bicho raro; y los comportamientos impulsivos. Nuestro comportamiento debe responder con base en el coste beneficio, no por a la impulsividad o la dopamina”, afirma el psicólogo.  

¿Por qué no somos capaces de deshacernos de esas cosas que no necesitamos? La respuesta está en mecanismos que a menudo son inconscientes. Uno de los más poderosos es la falacia del coste hundido: hemos pagado por ese objeto, y desprendernos de él sería admitir que el dinero se perdió. Preferimos conservarlo, aunque ocupe espacio y genere malestar, antes que reconocer el error de la compra.

También desarrollamos apego a que los objetos actúan. Unas zapatillas viejas nos recuerdan una etapa de nuestra vida, lo mismo que un libro subrayado o un vestido que llevamos a una primera cita. Deshacernos de estos objetos se percibe como una ruptura con esa versión de nosotros mismos. 

Para Santa Cecilia, “depende del tipo de apego que hayamos desarrollado y de nuestro sistema de creencias. Por ejemplo, hay gente a quienes no les cuesta deshacerse de las cosas, son personas eminentemente racionales, y su comportamiento se rige por la razón, por el lóbulo prefrontal. Y luego hay personas que son más emocionales y se rigen por la emoción, que dicen, bueno, es que a esto le tengo cariño, o me recuerda a alguien o es que esto lo compré cuando estaba en tal sitio”.

La carga mental de la acumulación de cosas y cómo evitarla

Todos acumulamos en cierta medida, pero a veces la cantidad de enseres comienza a interferir en con nuestra vida cotidiana: ropa encima de la cama que nos molesta al dormir, o pedir comida a domicilio porque la cocina tiene la encimera abarrotada. 

Cuando la acumulación de trastos se vuelve patológica aparece el llamado síndrome de Diógenes o trastorno por acumulación. Se caracteriza por la dificultad para desprenderse de objetos, independientemente de su valor real, debido a la angustia que genera esta idea. Se trata de un trastorno que afecta gravemente al comportamiento y requiere atención psicológica o psiquiátrica. La terapia cognitivo-conductual ha demostrado ser la más efectiva en estos casos.

Aunque para la mayoría de nosotros la situación no llega a estos extremos, hay estrategias que podemos adoptar para superar la acumulación de cosas y deshacernos de lo que nos sobra. Santa Cecilia recomienda esta aproximación para afrontar el problema: 

Primero, tomar decisiones con la razón, y evitar tomarlas llevados por la emoción. “Con la emoción no hay acción. Si tengo hambre, entonces no voy al supermercado”, recomienda. 

Demorar la respuesta: “demorar nuestro comportamiento un día, dos o una semana hace que nuestro sistema emocional pase a un segundo término”, explica Santa Cecilia. En las compras por Internet, consiste en dejar los productos en el carrito de la compra y esperar 48 horas antes de dar al botón de comprar. En muchas ocasiones nos damos cuenta de que no nos hace falta.

Si entra uno, salen dos: esta estrategia nos obliga a deshacernos de las cosas que ya no usamos antes de comprar algo nuevo. “Si entra, si entra un pantalón en el armario, salen dos, si entra una camisa o un jersey, salen dos”, pone como ejemplo el psicólogo. 

El filósofo y diseñador William Morris acuñó una máxima que sigue siendo útil: “No tengas nada en tu casa que no sepas que es útil o que no creas que es hermoso”. Es un filtro que puede mejorar nuestra vida en muchos aspectos.