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Cultura

Cuando ARCO era joven, divertido e irresponsable

Cuando ARCO abrió sus puertas en la prolongación de la Castellana en lo que entonces era un Palacio de Exposiciones nada palaciego (hoy un edificio de oficinas) todo era incredulidad y entusiasmo

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Quayola, Iconographies, en la galería neoyorquina Bitforms

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Estábamos en 1982 y aunque el “swinging Madrid” estaba en pleno apogeo, hacía apenas un año se había vivido un golpe de estado, chapucero pero asustante y que nos recordaba que los bigotes chusqueros no quedaban tan lejos.

El escepticismo se justificaba además porque en España no había la menor tradición de coleccionismo de Arte Contemporáneo a quien vender, que es para lo que siempre sirvieron los antiguos Salones o las modernas Ferias. Individuos los había, claro, pero nada que pudiera llamarse a si mismo coleccionismo español. Más aún; por aquel entonces apenas había presencia institucional de dicho Arte Contemporáneo. El público potencial, si lo había, no podía estar muy informado.

Había que poner en pié, porque sí, una Feria de Arte Contemporáneo de vocación internacional en tan peculiares condiciones. Con ese propósito, un triunvirato fundacional consistente en Ardían Piera, presidente de la Cámara de Comercio; Rosina Gómez Baeza, alta ejecutiva de IFEMA y Juana de Aizpuru, una de las más prestigiosas galeristas en Madrid, tomaron tres decisiones que no tenían mucho que ver con el comercio. En primer lugar, se presentó ARCO como un suceso mediático. En segundo y tercero, sus dos derivados: que ARCO era para todos los públicos y que allí podría informarse uno de qué era aquello del Arte Contemporáneo.

El primer cartel de nuestra gran feria de Arte contemporáneo

El primer cartel de nuestra gran feria de Arte contemporáneo

Las tres mentiras fundacionales de ARCO

Funcionó. A aquella inauguración de Arco acudieron ministros de todo pelaje, el mismo presidente Calvo Sotelo (que dejaría de serlo unos meses más tarde), el PSOE rampante en la figura de Alfonso Guerra (quien afirmaría ser fan de Luis Gordillo), Aranguren, el alcalde Tierno Galván y un montón de notables de entonces.

El vulgo, o al menos su capa más ilustrada, también respondió a la llamada. Los resultados al final de Arco hacían hincapié en que la feria había sido visitada por 25.000 personas, una barbaridad de gente. De hecho, las 28 galerías extranjeras, prácticamente invitadas a un mercado nuevo e inexplorado, quedaron alucinadas ante la riada humana de los días públicos que incluía familias con bebés, algún colegio, personajes más pop que arties, parejas de ancianos curiosos y, eso sí, una notable escasez de… coleccionistas. Las 62 españolas no habían visto tanto personal en toda su existencia.

¿Qué tal se vendió/compró en aquel primer Arco? Ni se supo entonces ni lo sabremos nunca. A lo largo de los años, las transacciones reales en la feria se han visto sustituidas por manifestaciones genéricas. Sobre el ambiente, el talante, el humor… Los “ha ido bastante bien”, “No nos podemos quejar” o, en pocas ocasiones “Esto ha ido fatal” han sustituido en todo momento a los datos reales de ventas. Además, en ARCO apenas puede uno fiarse de los puntos rojos, a veces están de moda y a veces no. ¿IFEMA cubría gastos? Parece que no, aunque el ingreso de las taquillas superó toda previsión.

En el terreno teórico Arco también iba a lo grande. Se realizó incluso un simposio internacional con presencias de lo más notable como Giulio Carlo Argan, Achille Bonito Oliva, Rudi Fuchs, Lucio Amelio, Lázaro Glozer y Bárbara Rose entre otras. Hay que tener en cuenta que por aquella época apenas había ferias en Europa, sólo Art Basel, Colonia o la Fiac de París. Tampoco tantos Museos o Centros de Arte Contemporáneo como ahora. ARCO significaba una rara ocasión de situarse en el mercado, afirmar la propia relevancia y aprovechar medios generalistas y contactos personales, en un país interesante y encima buen pagador.

En el stand de La luna de Madrid (1985): Antonio Bonet Correa, Javier Solana (entonces Ministro de Cultura), Juana de Aizpuru y Joaquín Leguina

En el stand de La luna de Madrid (1985): Antonio Bonet Correa, Javier Solana (entonces Ministro de Cultura), Juana de Aizpuru y Joaquín Leguina

Los años dorados

Al año siguiente, más de lo mismo. Mismos protagonistas políticos (con Guerra ya en el Poder) y parecidos intelectuales. Eso sí, manteniendo la tendencia ascendente tanto en galerías (102) y visitantes, que ya eran 45.000 y cada vez más indiscriminados. Estaba claro que el local saltaba por las costura y en 1984 ARCO se trasladó, doblando su superficie, a un pabellón de la Casa de Campo. Ahí la cosa comenzó a desmadrarse. De repente había 152 galerías, casi la mitad extranjeras, que comenzaban a quejarse a quien las quisiera escuchar (pocos) que por mucho que les subvencionaran, no les traía cuenta traer lo último de Gerhard Richter para que nadie se pasara por allí. Con nadie se referían a compradores, porque el público miserere y curioso de la época se congregó allí en forma de 90.000 personas.

De paso y como estábamos en plena Movida, con su sensación de urgencia y su agotadora energía, ARCO pasó a convertirse en un lugar de encuentro para la gente guapa y no necesariamente tonta del momento. En 1985 arrecian acciones y fiestas de todo tipo. Bajo el nombre de “La Vanguardia es el Mercado”, la revista La Luna de Madrid instalaba en uno de los stands un puesto de frutas y verduras, plenamente funcional… Cosas de este estilo. Al mismo tiempo comenzaron a escucharse señales de alarma porque, aunque aquello era muy interesante y divertido, lo cierto es que ARCO tenía ya un déficit crónico y tampoco las ventas habían crecido gran cosa.

Este fue el final de la primera etapa. En 1987 Rosina Gómez Baeza tomó la dirección, la feria se profesionalizó en muchos aspectos pero también se iba haciendo cada vez más elefantiásica. En 1990 se superaron las 200 galerías presentes y nos lanzamos a las crisis de aquella década. Así fueron pasando los 90, más bien metidos en problemas, protestas de los galeristas, follones con responsable extranjeros, ventas escasas… y mucha gente. Siempre mucho personal. Lo cual, sin duda, está bien. Pero quizá no significa nada.

Cuatro aspirantes

Pensadores contemporáneos dirían que ARCO fue muy transición. Desde luego, hay peores ejemplos de ese tipo de actitud entusiasmada que venía de todas partes, del underground pero también del más descarnado mainstream. Y que aunque nunca ha alcanzado de verdad sus objetivos, logró otros, solo entrevistos. Realmente la cultura media sobre Arte Contemporáneo en España ha sido positivamente influida por ARCO. Y eso ya es bastante.

La reciente entrada en la dirección de Carlos Urroz, un hombre práctico, ha servido para racionalizar una feria que notaba los efectos del anquilosamiento y de la nueva crisis, poniéndola en una cierta y más tranquila velocidad de crucero. Así que ¿todo bien, tranquilo?

Hay que dudarlo. Este mismo año, además de ARCO, se celebran en Madrid otras cuatro ferias, todos wannabesde ARCO, todos más jóvenes, divertidos e irresponsables que su vieja majestad. En otoño está Summa, de nueva creación y Stampa, que ha abandonado su vocación del múltiple y la edición y ya es una feria genérica más. Y ya coincidiendo con ARCO, JustMad abre en el Colegio de Arquitectos y ArtMadrid en Cibeles. Es decir, Madrid ha pasado a contar con cinco ferias de Arte Contemporaneo. Y por la radio no avisan de que hay ademas 150 exposiciones (¿?) y que esta ciudad es el centro de la creatividad mundial. Hay cosas que no cambian: el optimismo, la hipérbole y el humo.

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