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Las extrañas anatomías que pusieron a las portadas del jazz en movimiento

Pablo Vinuesa

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Concebida como una introducción perfecta para conocer a este influyente ilustrador y diseñador gráfico nacido en Bellefontaine (Ohio, EEUU), la exposición El Arte en Alta Fidelidad de Jim Flora se puede visitar en La Fiambrera Art Gallery (Madrid) hasta el 3 de septiembre. Es la primera vez que se exhiben juntas tantas portadas originales, casi medio centenar de entre las que pintó para sellos capitales como Columbia y RCA Victor. Se acompañan, además, de más trabajos de Flora en forma de grabados, serigrafías o giclées, pertenecientes a su fondo privado.

Adiós a Ouka Leele, bárbara del color

Saber más

Flora dio vida en forma de inquietos trazos al ritmo de genios del jazz como Louis Armstrong, Benny Goodman, Gene Krupa o Bing Crosby, entre otros, aunque también se atrevió con cadencias latinas y criollas. Su estilo, tan innovador como irreverente para la década de los 40, es inconfundible. Reconocía el autor que “no podía soportar un espacio estático”, intención que demuestran unas portadas llamativas, protagonizadas por figuras en constante movimiento, a las que no dudaba en añadir brazos o piernas a modo de fascinante mutación.

Aunque no exista una discografía oficial completa, El Arte en Alta Fidelidad de Jim Flora muestra la mayoría de las carpetas originales de los vinilos que diseñó entre 1946 y 1961. Forman parte de la colección que coordina su biógrafo, archivista, Irwin Chusid, a quien el comisario de la exposición de La Fiambrera Art Gallery, Francisco Santelices, reconoce haber tardado “casi seis años en convencer” para unirse al proyecto. Muchas de las serigrafías, impresiones y grabados que acompañan a las portadas son pruebas o ediciones limitadas agotadas.

Tuvo un considerable impacto en su época, pero el reconocimiento actual a su obra se debe en buena parte, sin duda, a la publicación de volúmenes como The Mischievous art of Jim Flora (2004), The Curiously Sinister Art of Jim Flora (2007), The Sweetly Diabolic Art of Jim Flora (2009) y The High Fidelity Art of Jim Flora (2013). Para Chusid, quien los concibió junto a la restauradora Barbara Economon y la diseñadora Laura Lindgren, estos libros son “mucho más extensos de lo que podríamos mostrar en una exposición física” y “más biográficos que simplemente presentar su arte”. Los define, en definitiva, como “exposiciones en sí mismos”.

Pocas personas conocen de manera tan profunda el trabajo del norteamericano. No duda Chusid en definir a Flora como un ilustrador “influido por los vientos artísticos cruzados de su época”. Y es que en su obra se pueden reconocer vanguardias europeas como el surrealismo o el cubismo, pero también la sombra de Diego Rivera y José Clemente Orozco. Para el biógrafo, fueron cruciales “también sus viajes, particularmente el de México a principios de la década de los cincuenta”, que emprendió acompañado por su familia.

Resulta lógico pensar que esto influyó además en el peculiar “sentido del humor sobre la anatomía humana” que mostraba. Además, Flora sentía que su arte era “menos elevado” y de corte popular en comparación con el de “una artista plástica superior” como su mujer, Jane Sinnicksen, a quien conoció mientras estudiaba en la Academia de Arte de Cincinnati. Para Chusid eso no fue óbice para convertir en una fortaleza algo que “otros considerarían un defecto”. Flora trabajó “con las habilidades que tenía y creó algo maravillosamente propio, idiosincrásico”, añade.

Aunque Chusid afirme que no puede pensar “en ningún músico que esté conectado con Flora” a día de hoy, los homenajes, más o menos directos, han sido continuos. Desde un póster para un concierto de Pearl Jam en Detroit en 1988 a las portadas del disco Oscillate My Metallic Sonatas (2000) de la banda The Lothars o el poemario Conviction (2003) de Taylor Mali. Incluso Pixar deslizó un personal tributo en una de las divertidas secuencias de su película de animación Monstruos, S.A.. Hay quien intuye también la sombra de su trazo en algunos diseños de space age pop, ese subgénero que cautivó a multitud de artistas, de Esquivel (cuyas reediciones en cedé son precisamente autoría de Chusid), a Stereolab.

Un dato curioso que nos descubre es la relación de Flora con los músicos para quienes creaba. Era conocido por ser muy aficionado al jazz y la clásica, además de poseer una completa colección. Sin embargo, aunque conociera a la perfección a esos compositores, “rara vez escuchaba los discos antes de crear” las ilustraciones para los vinilos. Según el biógrafo, “improvisaba la portada sin escuchar lo que estaría dentro de lo que estaba diseñando”, un curioso acercamiento que Chusid, en cierto modo, comparte: “Yo mismo tengo sus mejores versiones y nunca he escuchado los discos”.

Flora tuvo un posterior renacimiento artístico que le hizo superar una última etapa como creador de portadas en la que para Chusid “la magia simplemente ya no estaba ahí”, e incluso considera las de Inside Sauter-Finegan Revisited y After The Riot at Newport, ambas de 1961, como “feas” según sus estándares. El aire fresco llegó con libros infantiles como The Fabulous Firework Family (1955) o The Day the Cow Sneezed (1957), obras “más amables y amigables” que supusieron “un éxito fabuloso”. Padre de cinco hijos, Flora entendió que “hay que comunicarse con ellos de una manera más simple” y esos libros reflejan momentos en los que “les contaba historias mientras dibujaba”.

Si Flora fue pionero en el diseño de vinilos y Stefan Sagmeister revolucionó el de los cedés cuando tintó de azul el jewel case del Set The Twilight Reeling de Lou Reed, ¿qué artista sería equivalente en unos tiempos extraños dominados por el streaming? Chusid declina nombrar herederos, alegando que no compra “música contemporánea en formato físico, solo digital”, pero cuando ha producido discos a figuras imprescindibles como las de Sun Ra o Raymond Scott se ha asegurado de que “sus portadas fueran visualmente interesantes”. Cita de hecho la intención de Flora de “crear un poco de emoción”.

Acostumbrado a nuevos formatos, ve “muchas portadas digitales y físicas geniales y muchas malas, nada nuevo bajo el sol”. Tampoco se enroca en posturas nostálgicas, algo fundamental teniendo en cuenta que, además de autor, locutor e historiador musical, también gestiona los derechos de un inclasificable como el citado Sun Ra. Es una tarea que define como “muy compleja”, ya que “no solo era músico; también poeta, director de orquesta, compositor, pensador, showman, renegado, líder espiritual e icono de la moda”. Con una carrera discográfica que se extendió durante 45 años, se alegra de “amar tanto su música” como para que esa función se convierta en “un placer”.

Otro aspecto del trabajo de artistas cuyo legado defiende, de Flora a Sun Ra, en el que Chuswid parece reflejarse, es en el humor y la ironía. Dado que él mismo se ha definido como “un connoisseur de los márgenes”, ¿quién mejor para hacer predicciones sobre las modas musicales inminentes? “No tengo idea de lo que vendrá después”, ataja, antes de aclarar que lleva “cincuenta años prediciendo un gran resurgimiento del calipso que aún no ha sucedido”. Cuadra con otra de las citas que se le atribuyen, esa que le cataloga como “un pésimo barómetro del gusto popular”.

Concebida como una introducción perfecta para conocer a este influyente ilustrador y diseñador gráfico nacido en Bellefontaine (Ohio, EEUU), la exposición El Arte en Alta Fidelidad de Jim Flora se puede visitar en La Fiambrera Art Gallery (Madrid) hasta el 3 de septiembre. Es la primera vez que se exhiben juntas tantas portadas originales, casi medio centenar de entre las que pintó para sellos capitales como Columbia y RCA Victor. Se acompañan, además, de más trabajos de Flora en forma de grabados, serigrafías o giclées, pertenecientes a su fondo privado.

Adiós a Ouka Leele, bárbara del color

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Flora dio vida en forma de inquietos trazos al ritmo de genios del jazz como Louis Armstrong, Benny Goodman, Gene Krupa o Bing Crosby, entre otros, aunque también se atrevió con cadencias latinas y criollas. Su estilo, tan innovador como irreverente para la década de los 40, es inconfundible. Reconocía el autor que “no podía soportar un espacio estático”, intención que demuestran unas portadas llamativas, protagonizadas por figuras en constante movimiento, a las que no dudaba en añadir brazos o piernas a modo de fascinante mutación.

Aunque no exista una discografía oficial completa, El Arte en Alta Fidelidad de Jim Flora muestra la mayoría de las carpetas originales de los vinilos que diseñó entre 1946 y 1961. Forman parte de la colección que coordina su biógrafo, archivista, Irwin Chusid, a quien el comisario de la exposición de La Fiambrera Art Gallery, Francisco Santelices, reconoce haber tardado “casi seis años en convencer” para unirse al proyecto. Muchas de las serigrafías, impresiones y grabados que acompañan a las portadas son pruebas o ediciones limitadas agotadas.

Tuvo un considerable impacto en su época, pero el reconocimiento actual a su obra se debe en buena parte, sin duda, a la publicación de volúmenes como The Mischievous art of Jim Flora (2004), The Curiously Sinister Art of Jim Flora (2007), The Sweetly Diabolic Art of Jim Flora (2009) y The High Fidelity Art of Jim Flora (2013). Para Chusid, quien los concibió junto a la restauradora Barbara Economon y la diseñadora Laura Lindgren, estos libros son “mucho más extensos de lo que podríamos mostrar en una exposición física” y “más biográficos que simplemente presentar su arte”. Los define, en definitiva, como “exposiciones en sí mismos”.

Pocas personas conocen de manera tan profunda el trabajo del norteamericano. No duda Chusid en definir a Flora como un ilustrador “influido por los vientos artísticos cruzados de su época”. Y es que en su obra se pueden reconocer vanguardias europeas como el surrealismo o el cubismo, pero también la sombra de Diego Rivera y José Clemente Orozco. Para el biógrafo, fueron cruciales “también sus viajes, particularmente el de México a principios de la década de los cincuenta”, que emprendió acompañado por su familia.

Resulta lógico pensar que esto influyó además en el peculiar “sentido del humor sobre la anatomía humana” que mostraba. Además, Flora sentía que su arte era “menos elevado” y de corte popular en comparación con el de “una artista plástica superior” como su mujer, Jane Sinnicksen, a quien conoció mientras estudiaba en la Academia de Arte de Cincinnati. Para Chusid eso no fue óbice para convertir en una fortaleza algo que “otros considerarían un defecto”. Flora trabajó “con las habilidades que tenía y creó algo maravillosamente propio, idiosincrásico”, añade.

Aunque Chusid afirme que no puede pensar “en ningún músico que esté conectado con Flora” a día de hoy, los homenajes, más o menos directos, han sido continuos. Desde un póster para un concierto de Pearl Jam en Detroit en 1988 a las portadas del disco Oscillate My Metallic Sonatas (2000) de la banda The Lothars o el poemario Conviction (2003) de Taylor Mali. Incluso Pixar deslizó un personal tributo en una de las divertidas secuencias de su película de animación Monstruos, S.A.. Hay quien intuye también la sombra de su trazo en algunos diseños de space age pop, ese subgénero que cautivó a multitud de artistas, de Esquivel (cuyas reediciones en cedé son precisamente autoría de Chusid), a Stereolab.

Un dato curioso que nos descubre es la relación de Flora con los músicos para quienes creaba. Era conocido por ser muy aficionado al jazz y la clásica, además de poseer una completa colección. Sin embargo, aunque conociera a la perfección a esos compositores, “rara vez escuchaba los discos antes de crear” las ilustraciones para los vinilos. Según el biógrafo, “improvisaba la portada sin escuchar lo que estaría dentro de lo que estaba diseñando”, un curioso acercamiento que Chusid, en cierto modo, comparte: “Yo mismo tengo sus mejores versiones y nunca he escuchado los discos”.

Flora tuvo un posterior renacimiento artístico que le hizo superar una última etapa como creador de portadas en la que para Chusid “la magia simplemente ya no estaba ahí”, e incluso considera las de Inside Sauter-Finegan Revisited y After The Riot at Newport, ambas de 1961, como “feas” según sus estándares. El aire fresco llegó con libros infantiles como The Fabulous Firework Family (1955) o The Day the Cow Sneezed (1957), obras “más amables y amigables” que supusieron “un éxito fabuloso”. Padre de cinco hijos, Flora entendió que “hay que comunicarse con ellos de una manera más simple” y esos libros reflejan momentos en los que “les contaba historias mientras dibujaba”.

Si Flora fue pionero en el diseño de vinilos y Stefan Sagmeister revolucionó el de los cedés cuando tintó de azul el jewel case del Set The Twilight Reeling de Lou Reed, ¿qué artista sería equivalente en unos tiempos extraños dominados por el streaming? Chusid declina nombrar herederos, alegando que no compra “música contemporánea en formato físico, solo digital”, pero cuando ha producido discos a figuras imprescindibles como las de Sun Ra o Raymond Scott se ha asegurado de que “sus portadas fueran visualmente interesantes”. Cita de hecho la intención de Flora de “crear un poco de emoción”.

Acostumbrado a nuevos formatos, ve “muchas portadas digitales y físicas geniales y muchas malas, nada nuevo bajo el sol”. Tampoco se enroca en posturas nostálgicas, algo fundamental teniendo en cuenta que, además de autor, locutor e historiador musical, también gestiona los derechos de un inclasificable como el citado Sun Ra. Es una tarea que define como “muy compleja”, ya que “no solo era músico; también poeta, director de orquesta, compositor, pensador, showman, renegado, líder espiritual e icono de la moda”. Con una carrera discográfica que se extendió durante 45 años, se alegra de “amar tanto su música” como para que esa función se convierta en “un placer”.

Otro aspecto del trabajo de artistas cuyo legado defiende, de Flora a Sun Ra, en el que Chuswid parece reflejarse, es en el humor y la ironía. Dado que él mismo se ha definido como “un connoisseur de los márgenes”, ¿quién mejor para hacer predicciones sobre las modas musicales inminentes? “No tengo idea de lo que vendrá después”, ataja, antes de aclarar que lleva “cincuenta años prediciendo un gran resurgimiento del calipso que aún no ha sucedido”. Cuadra con otra de las citas que se le atribuyen, esa que le cataloga como “un pésimo barómetro del gusto popular”.

Concebida como una introducción perfecta para conocer a este influyente ilustrador y diseñador gráfico nacido en Bellefontaine (Ohio, EEUU), la exposición El Arte en Alta Fidelidad de Jim Flora se puede visitar en La Fiambrera Art Gallery (Madrid) hasta el 3 de septiembre. Es la primera vez que se exhiben juntas tantas portadas originales, casi medio centenar de entre las que pintó para sellos capitales como Columbia y RCA Victor. Se acompañan, además, de más trabajos de Flora en forma de grabados, serigrafías o giclées, pertenecientes a su fondo privado.

Adiós a Ouka Leele, bárbara del color

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Flora dio vida en forma de inquietos trazos al ritmo de genios del jazz como Louis Armstrong, Benny Goodman, Gene Krupa o Bing Crosby, entre otros, aunque también se atrevió con cadencias latinas y criollas. Su estilo, tan innovador como irreverente para la década de los 40, es inconfundible. Reconocía el autor que “no podía soportar un espacio estático”, intención que demuestran unas portadas llamativas, protagonizadas por figuras en constante movimiento, a las que no dudaba en añadir brazos o piernas a modo de fascinante mutación.