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Las bambalinas de ‘Megalópolis’, el batacazo con el que Francis Ford Coppola arriesgó 120 millones: “Querían verle caer”

Javier Zurro

7 de julio de 2026 22:07 h

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No hay nada que le guste más a los medios de Hollywood que un buen fracaso. Solo hay que ver la ristra de publicaciones en torno a la taquilla de Supergirl y los líos de producción que ahora salen a la luz al rebufo del fiasco de la nueva aventura de DC. Si el batacazo, además, se lo pega una figura consagrada, el morbo es doble. Por eso, a Francis Ford Coppola se le esperó con los cuchillos afilados cuando presentó su proyecto más ambicioso y soñado, Megalópolis en el Festival de Cannes de 2024. La película había sido su obcecación desde hacía décadas. Se había intentado levantar una y otra vez, hasta que Coppola, pasados los 80 años, tuvo claro que quería materializar su sueño.

Vendió parte de sus cosechas de vinos e invirtió 120 millones de dólares de su propio dinero. Pero la preproducción fue solo el primero de los problemas de Megalópolis. Mal rollo con algunos de los intérpretes, un equipo de efectos especiales abandonando a mitad de rodaje… así hasta que se vio el resultado, una obra tan impredecible, indescriptible y loca que nadie supo bien cómo articular lo que había visto. Megalópolis era un caos, pero uno tan libre que también había que rendirse a un cineasta que, con todo ganado, se atrevía a arriesgarse por algo que le salía de las entrañas y en donde revisaba los clásicos griegos para ofrecer un mensaje político de optimismo utópico en tiempos oscuros.

Megalópolis llegó a su estreno ya con la etiqueta de película maldita, y su batacazo en taquilla lo confirmó. También le colocó una etiqueta, la de filme de culto. Viendo todo lo ocurrido uno soñaría con ver cómo se fraguó todo, qué ocurrió en las bambalinas de aquella producción caótica. Deseo concedido. Coppola, perro viejo en esto, le dio a su amigo Mike Figgis permiso para rodar todo lo que aconteciera y material personal de todas las intentonas para levantar Megalópolis años antes de que por fin lo lograra.

El resultado es MegaDoc, un documental donde se ve que todo apuntaba a problemas desde el principio. Figgis muestra el material inédito de los ensayos de las primeras versiones de muchos años antes, con Uma Thurman, Robert De Niro y Ryan Gosling en papeles que nunca hicieron. Y luego comienza a mostrar y a contar lo que ocurrió. Cómo no pudo introducir una cámara grande porque los actores se quejaban. Cómo Adam Driver y Nathalie Emmanuel se negaron a que les grabaran rodando —todo lo contrario de una Aubrey Plaza que se lo pasa pipa—, y cómo los roces de Shia Labeouf y Coppola, que luego salieron a la luz, se notaron pronto. Es el diario de bitácora de un fracaso anunciado. Un fracaso del que hasta saca las cuentas y que gastó siete millones en vestuario, casi 19 en efectos visuales y 3 en maquillaje y peluquería.

Desde el pasado Festival de Venecia, donde MegaDoc tuvo su estreno en todo el mundo, Mike Figgis contaba cómo creía que, efectivamente, la gente tenía ganas de ver caer a Coppola. “Querían ver una muerte. Querían ver al viejo toro muerto. Eso siempre ha sido parte de nuestra cultura, la prensa popular siempre quiere ver una muerte, una humillación, un escándalo. Ver la caída de un poderoso personaje es fascinante como historia dramática, y en el periodismo barato, es una historia rápida para gente que ni siquiera ama el cine y que solo buscan otro escándalo”, contaba a elDiario.es en una charla desde el Lido.

Figgis confirma que Coppola no le puso ninguna línea roja para acercarse a rodar las bambalinas, pero sí los actores, y que se dio cuenta de que, para hacer un making of como el que él quería, el tamaño era importante. “Hice un buen trabajo porque no fui una molestia. La cámara es el secreto, y una cámara pequeña fue la mejor solución. Ahora vivimos en una cultura donde todo el mundo graba con un iPhone y a nadie le importa, pero cuando Shia Labeouf me vio con una cámara grande me preguntó qué estaba haciendo. La psicología del tamaño de la cámara es algo muy importante en el cine”, argumenta.

La idea de gastar 120 millones a los 84 años no es gran cosa para Coppola. Estoy seguro de que ha hecho cálculos y le queda suficiente para vivir bien. No está en la ruina

Tras todo el proceso de rodaje, montaje y ahora estreno por todo el mundo —en España se puede ver en Filmin—, Mike Figgis ha llegado a una posible teoría a la pregunta que se hace todo el mundo, ¿cómo alguien se gastaría 120 millones para rodar una película?: “La relación de Francis con el dinero es casi existencial. Tenía dinero y luego lo perdió todo y parecía no importarle. Fue ahí cuando se dedicó al negocio del vino. Tiene una especie de espíritu emprendedor. Y él ha inventado muchísimas cosas, no era consciente de cómo él y Lucas cobran derechos de autor por muchas cosas, ósea que tienen ingresos. A medida que uno envejece, su relación con el dinero cambia. Cuando eres joven piensas que vas a ser inmortal y que las posesiones son muy importantes, y ahora no tiene un sentido de la propiedad tan grande, aunque lo coleccione todo”.

Figgis explica que Coppola no tiene, en estos momentos, “ningún tipo de sentimentalismo con respecto a una casa o algo así”. “Siempre piensa: Ya me compraré otra. Así que la idea de gastar 120 millones a los 84 años no me parece gran cosa para él. Es casi como si pensara: ¿Cuánto tiempo me queda? Voy a gastarlo. ¡Qué más da!. Y estoy seguro de que ha hecho cálculos y ha visto que todavía le queda suficiente para vivir bien. No está en la ruina”, aclara.

Eso sí, tiene claro que su ejemplo muestra una especie en peligro de extinción, la del director que no le da miedo “chocar contra la pared y sigue sus instintos aunque pueda tener un accidente”. “En un momento del rodaje le pregunté, ¿qué tal ha estado la jornada de hoy? Y él me dijo: Bueno, algunas cosas han funcionado, otras no. Así que haremos más de lo que ha funcionado y no repetiremos lo que no ha funcionado”, contaba con humor Mike Figgis.

El proceso de rodaje también caló en el propio Figgis, al que “ese choque entre lo viejo y lo nuevo” le hizo pensar en sí mismo y en la industria del cine: “Pensé en por qué hacíamos películas, por qué nos atraía la idea del cine, y cómo eso fue, de alguna manera, aplastado por la industria del cine, por el negocio del cine. Yo no podría hacer lo que hace Coppola. Nunca querría tener tanto dinero y tanta presión y tanta gente. Yo lo contrario. Diría que el cine necesita volver a una especie de protestantismo, más reduccionista”, opina.

Para él existen dos mundos dependiendo de cómo se responda a la pregunta de por qué uno se dedica al mundo del cine: “¿Es porque quieres ser rico y famoso, porque quieres tener una novia actriz? Ahí te das cuenta de que hay dos mundos, el del cine comercial, y el del cine puro. Y creo que esto es un debate para el público joven. El cine debe tratar sobre nosotros, decir algo sobre la humanidad. Aunque sea una historia sobre dos personas alguien tiene que decir: 'yo tuve una experiencia similar y he aprendido algo sobre mí mismo’. El cine es una extensión del teatro, y el teatro existe por una razón psicológica que tiene que ver con la sanación colectiva. Pero el cine ahora no tiene nada que ver con eso, es solo entretenimiento. Es una tontería”.

Dentro de años la gente seguirá hablando de Megalópolis. Y Figgis no sabe si será por la propia complejidad de la película, pero sí porque el propio Coppola cree que no ha terminado con ella. “Creo que hasta que él muera estará pensando en ella y habrá diferentes versiones”, zanja.