Mike Leigh se despide del cine con una mirada a los cuidados tan bella como desoladora
Cuando uno piensa en el cine social, el primer nombre que suele venirle a la cabeza es el de Ken Loach. Y es normal, pocos cineastas como él han dedicado su filmografía a retratar las condiciones de la clase obrera y los desfavorecidos. Loach ha sido el martillo pilón que ha plasmado en imágenes el desmantelamiento del sistema de bienestar social con Thatcher a la cabeza. Sin embargo, tan importante como Ken Loach, aunque desde un sitio completamente diferente, pero absolutamente complementario, es Mike Leigh.
Porque tan importante como mostrar las duras condiciones de las personas en las fábricas es mostrar sus rutinas, sus conversaciones, su cotidianidad. Tan político es enseñar la cadena de montaje como a dos mujeres sentadas hablando de su vida en torno a una copa de vino. Quizás no hablen ni del trabajo, pero Leigh ha sabido retratar esos rostros a los que la vida les pasa por encima. Captar las casas que habita la gente de a pie y a las que el cine no suele dar el espacio necesario. Si Loach es la denuncia en el púlpito, absolutamente necesaria, Leigh es el que ha dejado constancia de cómo la intimidad de esos personajes está absolutamente atravesada por la precariedad.
El cine de Leigh es tan político como el de Loach. Y, por tanto, en su película de despedida, Tender Living Care, tenía sentido que volviera a las raíces de su cine. Tender Loving Care —que se ha presentado en el Festival de San Sebastián donde debería llevarse la Concha de Oro— será la última película de la filmografía del director de obras maestras como Secretos y mentiras. No es una predicción ni una intuición. Lo ha dicho él. A los 83 años el cuerpo ha dicho basta. No puede afrontar físicamente otro rodaje.
Tras ver el filme uno puede decir que, si esta es su despedida, tiene todo el sentido y es una despedida perfecta. Porque en Tender Loving Care vuelve a dejarnos mirar a la intimidad de la clase obrera con ternura, elegancia y belleza; con una mezcla de humor y tristeza tan imposible de lograr. A través de la relación de dos amigas que vuelven a vivir juntas cerca de los 40 tras la separación de una de ellas, Leigh realiza una película de aparente sencillez donde lo que consigue es muy complicado. Porque lo que consigue es que veamos la vida.
El director, a través de las conversaciones aparentemente banales de las amigas, del trabajo de ambas como trabajadoras sociales, y de la relación de una de ellas con sus padres, realiza una defensa sin subrayados ni aspavientos de la importancia de los cuidados. Unos cuidados que ya no los da el servicio público, que desde Thatcher, a la que se cita directamente, ha abandonado a la gente. “En los 50 hasta los Tories pensaban en la gente, aunque me cueste reconocerlo. Ya no”, dice uno de los personajes avanzando el otro de los ejes del filme, que es la ausencia de justicia social, la ausencia de un sistema que nos cuide.
Estas cuatro personas se tendrán la una a la otra para cuidarse. En una ruptura, en las malas tardes de curro, en las citas que no salen, hasta en la enfermedad y el deterioro físico. Pero lo que eleva la película a una obra mayor es su capacidad para trascender esos cuatro personajes. Lo hace con un recurso que, de nuevo, parece sencillo, y es magistral y de una inteligencia descomunal. Un personaje que abre la película y la cierra en una situación absolutamente diferente. Retratada con la cámara de una forma opuesta, y que culmina mirando a la pantalla, con unos ojos que atraviesan al espectador y se le quedan grabados de por vida.
Espero que la película no se malinterprete como una obra de escapismo romántico, porque no lo es. Es una mirada cruda a la realidad. Pero, ante todo, trata sobre la compasión
Es imposible, además, no pensar que esos ojos son los del propio Mike Leigh. Primero, por el parecido físico que tiene con el actor que aparece. Segundo, porque también hay algo de despedida en la mirada. De reconocer que por más que quiera él ya no puede más, y esta es su carta de despedida. Una carta absolutamente magistral. Bella y desoladora, como la vida misma.
El adiós de un cineasta
En la rueda de prensa de la película, Mike Leigh entró por vía telemática, ya que no pudo viajar físicamente a San Sebastián. El director fue preguntado por la prensa si, realmente, esta es su última película, y él lo confirmó y argumentó. “Es bastante sencillo. Tengo una afección médica que afecta a mis movimientos oculares y me resulta bastante difícil desplazarme; sin duda, más difícil de lo que debería ser para un cineasta. Por tanto, es más que probable que esta película tenga que ser la última. Pero eso es todo; es una cuestión práctica relacionada con mi estado de salud, una condición física”, dijo quitándole dramatismo a la decisión.
El cineasta estuvo parco en sus respuestas, pero también compartió su visión sobre el mundo. Una que, por desgracia, no es muy optimista. “No es difícil ser pesimista porque, como ya se ha mencionado, están sucediendo muchas cosas en el mundo que resultan alarmantes y negativas. Y, en realidad, eso es todo lo que puedo decir. No es una cuestión de blanco o negro”, dijo sobre su mirada al mundo actual.
No quiere que su película “se malinterprete con una obra de escapismo romántico, porque no lo es”, sino como “una mirada cruda a la realidad, pero, ante todo, a compasión, y la compasión es tan importante en estos tiempos como en cualquier otra época”. “No hemos dejado de ser humanos ni nos hemos detenido. La calidad de vida no desaparece simplemente porque estemos atravesando tiempos difíciles; al contrario, es una razón más para transmitir positividad siempre que podamos”, zanjó el director en una de las ruedas de prensa más emocionantes de este Zinemaldia, que se rindió ante la última obra de uno de los directores más importantes del cine de las últimas décadas.