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OPINIÓN | 'Las cuentas de la derecha', por Antón Losada

Cosas de locos

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Hay melodías que conservamos crudas en un rincón de nuestra memoria; canciones que escuchamos hace mucho tiempo y que nos remiten a la primera vez que llegaron a nuestros oídos. Es posible que la memoria sea tan caprichosa y que cuando le da por recordar siempre lo haga en beneficio propio, llegando a inventarse cosas que nunca existieron. En mi caso se trata de noches en blanco, noches en las que corría el dial buscando la compañía de una voz envuelta en el fermento de sus propios silencios.

La música que anunciaba el programa era una pieza de rock progresivo, una sinfonía eléctrica con un punteo de guitarra limpio que te transportaba más allá de los asuntos mundanos que inquietan a la mayoría. Dejando atrás la mortalidad, la música que anunciaba al 'Loco de la Colina' te hacía creer que tu alma era infinita. El tema Shine on you crazy diamond de los Pink Floyd conseguía llevarme hasta el otro lado.

Hoy rastreo las huellas de mi existencia. La mayoría han sido borradas, pero cuando me empeño en seguir el rastro de una sombra llego hasta aquellas noches en las que buscaba la voz de Jesús Quintero en el dial. Es entonces cuando la guitarra de David Gilmour me atraviesa con una canción que es un homenaje a la locura que tanto juego nos ha dado a los que siempre estamos expuestos a ella; un estado que los médicos diagnostican como si fuese una enfermedad. Pero nada más lejos. En todo caso, la locura es un exceso de imaginación que todo el mundo ha sentido al menos una vez en la vida. ¿Quién no ha estado alguna vez en lugares en los que jamás puso el pie?

Sin ir más lejos, yo mismo viajé noches atrás, cuando era chaval, hasta una colina. Lo hice sin necesidad de salir de mi habitación mientras todo el mundo a mi alrededor dormía. Entonces yo era incapaz de inventarme los sueños sin ayuda de aquel programa de radio que tenía una canción de Pink Floyd como bienvenida.

Disculpen mi tono doliente, pero con la noticia de la muerte de Jesús Quintero he recibido un golpe de sangre en mi memoria, un golpe que solo el tiempo convertirá en literatura. Ahora prevalece un dolor cercano al desamparo que me lleva hasta una primavera de una calle de Sevilla donde el azahar se respira y las parejas se besan en la noche.

Imposible olvidar a Juan Luis Muñoz, el Sabio de Tarifa, llevándome hasta el estudio donde el 'Loco de la Colina' hacía su programa de televisión para toda Andalucía. Imposible. Y vuelvo a ver al Loco frente a mí, escuchándome con los ojos chisperos mientras yo le contaba mi vida, entregado a las noches de mi adolescencia cuando salía de mi habitación y llegaba hasta una Colina donde la locura era contemplada como una bendición.

Era entonces cuando una voz me decía lo bien que le sentaba la luz de la luna a mi sombrero de copa. Ahora recuerdo aquellos momentos mientras espero a que aparezcan las sombras de las libélulas que se dan por estas fechas. Los locos tenemos esas cosas.

Hay melodías que conservamos crudas en un rincón de nuestra memoria; canciones que escuchamos hace mucho tiempo y que nos remiten a la primera vez que llegaron a nuestros oídos. Es posible que la memoria sea tan caprichosa y que cuando le da por recordar siempre lo haga en beneficio propio, llegando a inventarse cosas que nunca existieron. En mi caso se trata de noches en blanco, noches en las que corría el dial buscando la compañía de una voz envuelta en el fermento de sus propios silencios.

La música que anunciaba el programa era una pieza de rock progresivo, una sinfonía eléctrica con un punteo de guitarra limpio que te transportaba más allá de los asuntos mundanos que inquietan a la mayoría. Dejando atrás la mortalidad, la música que anunciaba al 'Loco de la Colina' te hacía creer que tu alma era infinita. El tema Shine on you crazy diamond de los Pink Floyd conseguía llevarme hasta el otro lado.

Hoy rastreo las huellas de mi existencia. La mayoría han sido borradas, pero cuando me empeño en seguir el rastro de una sombra llego hasta aquellas noches en las que buscaba la voz de Jesús Quintero en el dial. Es entonces cuando la guitarra de David Gilmour me atraviesa con una canción que es un homenaje a la locura que tanto juego nos ha dado a los que siempre estamos expuestos a ella; un estado que los médicos diagnostican como si fuese una enfermedad. Pero nada más lejos. En todo caso, la locura es un exceso de imaginación que todo el mundo ha sentido al menos una vez en la vida. ¿Quién no ha estado alguna vez en lugares en los que jamás puso el pie?

Sin ir más lejos, yo mismo viajé noches atrás, cuando era chaval, hasta una colina. Lo hice sin necesidad de salir de mi habitación mientras todo el mundo a mi alrededor dormía. Entonces yo era incapaz de inventarme los sueños sin ayuda de aquel programa de radio que tenía una canción de Pink Floyd como bienvenida.

Disculpen mi tono doliente, pero con la noticia de la muerte de Jesús Quintero he recibido un golpe de sangre en mi memoria, un golpe que solo el tiempo convertirá en literatura. Ahora prevalece un dolor cercano al desamparo que me lleva hasta una primavera de una calle de Sevilla donde el azahar se respira y las parejas se besan en la noche.

Imposible olvidar a Juan Luis Muñoz, el Sabio de Tarifa, llevándome hasta el estudio donde el 'Loco de la Colina' hacía su programa de televisión para toda Andalucía. Imposible. Y vuelvo a ver al Loco frente a mí, escuchándome con los ojos chisperos mientras yo le contaba mi vida, entregado a las noches de mi adolescencia cuando salía de mi habitación y llegaba hasta una Colina donde la locura era contemplada como una bendición.

Era entonces cuando una voz me decía lo bien que le sentaba la luz de la luna a mi sombrero de copa. Ahora recuerdo aquellos momentos mientras espero a que aparezcan las sombras de las libélulas que se dan por estas fechas. Los locos tenemos esas cosas.

Hay melodías que conservamos crudas en un rincón de nuestra memoria; canciones que escuchamos hace mucho tiempo y que nos remiten a la primera vez que llegaron a nuestros oídos. Es posible que la memoria sea tan caprichosa y que cuando le da por recordar siempre lo haga en beneficio propio, llegando a inventarse cosas que nunca existieron. En mi caso se trata de noches en blanco, noches en las que corría el dial buscando la compañía de una voz envuelta en el fermento de sus propios silencios.

La música que anunciaba el programa era una pieza de rock progresivo, una sinfonía eléctrica con un punteo de guitarra limpio que te transportaba más allá de los asuntos mundanos que inquietan a la mayoría. Dejando atrás la mortalidad, la música que anunciaba al 'Loco de la Colina' te hacía creer que tu alma era infinita. El tema Shine on you crazy diamond de los Pink Floyd conseguía llevarme hasta el otro lado.