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A cualquier edad podemos renovarnos y dejarnos llevar por ardores que creíamos extintos

Cristina Ros

6 de junio de 2026 21:52 h

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Un cuaderno en blanco, con las hojas a rayas; un sencillo lápiz amarillo, clásico, con la punta afilada. Así de sobria es la cubierta del ensayo Los comienzos (2023; Anagrama, 2026, trad. Álex Gibert), un libro en el que la doctora en Filosofía Claire Marin (París, 1974) explora un tema tan atemporal, universal, heterogéneo y relativo como el inicio, o, mejor dicho, el acto de iniciar. De la misma autora, la editorial ya publicó Estar en su lugar (2022), otro sugerente análisis en clave humanística sobre un asunto que nos atañe a todos como son los espacios que habitamos.

Es más preciso emplear los verbos (iniciar, comenzar, empezar, inaugurar, emprender, abrir, germinar) porque lo que se propone Claire Marin no es tanto consignar célebres inicios de nada —un poco a la manera de lo que hizo Camila Cañeque con los finales en La última frase (La Uña Rota, 2024)— como reflexionar sobre el hecho de comenzar. ¿Comenzar el qué? Pueden ser tantas cosas: una novela, una conversación, un viaje, un trabajo, un hábito. No importa si es pequeño o grande; el concepto tiene cabida en estas páginas.

Nacer: el primer comienzo

Aunque, puestos a pensar en comienzos transformadores, de los que cambian la vida sin vuelta atrás, es probable que ninguno supere el nacimiento de un hijo. En realidad, suma varios comienzos en uno: el del bebé que llega al mundo; el de quienes se convierten, a partir de ese momento, en padres, hermanos, abuelos, tíos; el del cuerpo de la madre, en una nueva etapa del ciclo reproductivo; y, claro, los comienzos que se sucederán al lado de la criatura, su primera palabra, sus primeros pasos, sus primeras miradas al mundo.

Es esa mirada asombrada del niño que mira por primera vez, sin haber interiorizado aún los convencionalismos sociales, la que trata de recuperar la autora, que empieza el texto (hermosa forma de comenzar) dirigiéndose a su hija, todavía muy pequeña; de ahí parte esta meditación, este aprendizaje que cristaliza en forma de capítulos breves que bucean en diferentes particularidades del acto de iniciar, valiéndose tanto de observaciones de la vida cotidiana como de citas literarias e ideas filosóficas, en un tono erudito y ameno a la vez que, más que ofrecer conclusiones, alienta a cada lector a hacerse preguntas.

Preguntas, por ejemplo, sobre las maneras en las que algo puede comenzar: deliberada o improvisada, voluntaria o impuesta, repentina o esperada. A menudo los comienzos que marcan una existencia, bien porque se convierten en hábitos, bien porque son explosivos como, valga la redundancia, una explosión que arrasa todo a su alrededor, irrumpen sin que uno sea del todo consciente de ellos, incluso sin que uno los quiera, los busque. Un despido, por ejemplo, que es un final que va seguido por unos inicios; o el libro que se tomó por azar y que al leerlo se revela inspirador; o conocer a alguien en un encuentro casual.

Pero el mejor ejemplo es el del niño: todos comenzamos a vivir sin ser conscientes de la proeza de la vida; crecemos, cambiamos, por dentro y por fuera, sin pararnos a meditar —al menos hasta que la memoria se conforma— sobre cada paso que damos, sobre cada centímetro que se suma, cada letra que se memoriza, cada juego que se aprende o cada paisaje que se contempla por primera vez.

El comienzo como esperanza

Es frecuente, aun así, sobre todo en el comienzo de un año nuevo o en septiembre, que se discurra mucho sobre la necesidad de nuevos comienzos, de aquello que cada uno se propone hacer o conseguir, que no obstante se parece sospechosamente a los deseos del vecino, del colega, del desconocido que lee sus comentarios tras la pantalla. Esto lleva a otra pregunta: ¿de dónde surge el motor de un comienzo, esos empeños para emprender, para cambiar algo? ¿Puede un comienzo ser de veras genuino?

Es normal, en cualquier caso, plantearse nuevos comienzos de forma consciente, por la esperanza que se deposita en ellos: la posibilidad de hacer real una vida imaginada, de convertirnos en la persona que nos gustaría ser. Los comienzos, entonces, van ligados a la idea de esperanza, tan importante cuando uno no está satisfecho con su empleo, con su vivienda o con su situación personal. También van unidos a la emoción: comenzar la afición tantas veces postergada o aceptar una invitación con la que no se contaba pueden encender la llama de las rutinas monótonas. En tales casos, la novedad se recibe como un placer, como algo de lo que se espera disfrutar.

La autora lo compara con la escritura: también se ha escrito mucho sobre los comienzos de libros, fuentes de inspiración y consejos para empezar un manuscrito. Como sucede con la vida, lo que llegará en la página siguiente es impredecible; incluso el escritor más organizado y planificador no puede anticipar las palabras exactas con las que narrará la escena que ha previsto en su escaleta. Escribir siempre implica incertidumbre; la idea que se tiene en mente nunca será idéntica al resultado. Y esto no es malo per se: hay una parte de aventurarse, de jugar, de ensayar, de tomar riesgo en cada acción emprendida. No existe el fracaso si, al menos, se ha tenido la valentía de atreverse a hacerlo. De cambiar.

La palabra escrita también provoca tantos inicios como lectores suscita; y los lectores, al elegir qué libro o artículo van a leer, depositan una expectativa, que puede cumplirse, no cumplirse o, por qué no, sorprender. Esos inicios son otra promesa de placer: la decisión de qué leer y lo que la acompaña (el comentario de la contracubierta, la recomendación de un librero, la experiencia previa con un escritor que nos gusta) puede llegar a ser tan placentera como la lectura misma. Cada novela, además, es una inyección de novedad, de posibilidades infinitas en una vida corriente: la oportunidad de zarpar en un barco del siglo XIX, de vivir el primer amor cuando ya se peinan canas, de conocer la barbarie de los campos de concentración, de reír por enredos y casualidades imposibles.

Comienzos interiores y comienzos compartidos

Claire Marin define la vida como una suma de repeticiones o hábitos en la que de vez en cuando se producen imprevistos en forma de nuevos comienzos. La importancia que les damos al echar la vista atrás no tiene por qué coincidir con la que se les dio (si es que se les dio) en su día; y en ocasiones el comienzo no se distingue por fuera, porque se trata de una decisión, de una especie de revelación interior que tardará en mostrarse, como la semilla que germina bajo tierra pero aún tardará en asomar sus brotes a la superficie.

Hay comienzos dolorosos: una enfermedad (también la enfermedad de un ser querido), una pérdida, determinados cambios incontrolables en el cuerpo, sufrir un accidente, ser víctimas de una tragedia colectiva, ser testigos de una declaración de guerra. La autora sostiene que, ante el devenir del tiempo, más que recuperarnos, nos convertimos en alguien nuevo, tanto en un sentido casi literal, por la renovación celular, como por el proceso de madurar o de cambiar de ideas. Y uno no tiene por qué estar solo ante el comienzo: ante ciertos sucesos, se comparte el miedo, la incertidumbre, el dolor.

La autora no se olvida del amor, del inicio del amor, unos instantes inconscientes a los que resulta imposible regresar más que con la memoria (y sus trampas). El amor, tanto el de la madre por su bebé, único, que el hijo no reencontrará jamás, como el amor romántico, con la imposibilidad de especificar qué, cómo y cuándo se despertó una atracción, un sentimiento.

Cita a Annie Ernaux para ahondar en el concepto de “estar en la primera vez de las cosas”: uno no puede revivir una inicio, pero sí puede vivirlo como repetición cuando es alguien próximo quien lo experimenta. Para Ernaux, un amante joven. Para la autora, la hija. Para un maestro, cada inicio de curso, cada nueva clase. Formar parte de los comienzos de otros, incluso colaborar en ellos, es otra forma de renovación.

A veces se comienza en el medio (in medias res, por su denominación literaria): en el medio de la lección, para el alumno que ha estudiado por su cuenta; de la vivienda que se adquiere medio amueblada; de la serie de la que ya se han emitido un par de capítulos cuando se empieza a verla. O, lo más extremo, todas las vidas que existieron antes de uno, en ese universo imposible de concebir; cada ser vivo no deja de ser parte del gran ciclo.

La sorpresa en la era del algoritmo

Este estimulante ensayo invita en última instancia a interrogarnos por el presente: ¿cabe lo inesperado en un mundo tan controlado (y no siempre por nosotros mismos)? ¿Existe la sorpresa en la era del algoritmo, la novedad en el sistema capitalista? Sea como sea, el registro de Claire Marin, como buena profesora, suscita más iniciativa que pesimismo o conformismo. Porque, al convertirse en madre, redescubre la importancia del juego en el camino del aprendizaje: para enfrentarse al miedo al fracaso, nada mejor que recordar los balbuceos ininteligibles o las múltiples caídas de cuando nos iniciábamos en la vida.

El niño se equivoca, tropieza, pero lo vuelve a intentar; aún no tiene memoria del daño El adulto sí, pero está en las manos de cada uno mantenerse en lo previsible u optar por el riesgo. A veces nos sentiremos impostores, pero con perseverancia (lo que en inglés se conoce como fake it until you make it: finge hasta hacerlo real), sin rendirse ante los contratiempos, se puede construir una identidad, sí, nueva: “A cualquier edad podemos renovarnos y dejarnos llevar por ardores que creíamos extintos”. De nosotros depende.