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George Makari: comprender la xenofobia para poder combatirla

Juanjo Villalba

14 de marzo de 2026 22:36 h

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Durante mucho tiempo se ha dado por hecho que el rechazo al extranjero era algo inevitable, inherente a la naturaleza humana. Algo instintivo, un defecto irremediable. Pero ¿es realmente así?

Hoy en día, ante la avalancha de noticias denunciando múltiples agresiones y violencias en cuyo núcleo está el racismo, no parece que existan demasiados motivos para pensar lo contrario. No obstante, el ensayo Del miedo y los extranjeros (Sexto Piso, 2026) del historiador de la psiquiatría y psicoanalista George Makari, cuestiona precisamente esa intuición: la xenofobia, tal como la entendemos hoy, no es consustancial al ser humano, sino una construcción histórica relativamente reciente.

En un recorrido que mezcla historia intelectual, psicología y literatura, Makari rastrea el nacimiento del término a finales del siglo XIX, cuando empezó a emplearse primero como categoría médica (el miedo patológico al extraño) y después como herramienta política para describir conflictos entre pueblos.

El libro sigue la evolución del concepto a lo largo del siglo XX: el auge de los nacionalismos, las migraciones masivas, el racismo científico, el trauma del Holocausto y la posterior construcción de un marco moral internacional que pretendía impedir su repetición. En ese trayecto aparecen pensadores y escritores como Camus, Conrad, Sartre o Fanon, cuyas obras ayudan a entender cómo el extranjero se convierte en una figura cargada de ansiedad social, una pantalla sobre la que proyectar conflictos internos, crisis económicas o inseguridades identitarias.

Lejos de plantear la xenofobia como una anomalía de individuos extremistas, Makari la describe como un fenómeno que emerge en momentos de cambio acelerado y de incertidumbre colectiva. Por eso, sostiene, ha reaparecido con fuerza en el siglo XXI, un tiempo marcado por la globalización, las crisis económicas y los desplazamientos de población.

Usted sostiene que la xenofobia no es un instinto humano sino un concepto moderno. ¿Qué cambia cuando dejamos de verla como algo “natural”?

La creencia de que podemos atribuir el miedo, el odio y la violencia dirigidos hacia los extraños a un impulso natural intrínseco al ser humano elimina todas sus causas sociales y políticas.

La xenofobia es un comportamiento psicosocial complejo y es absurdo reducirlo simplemente a la biología. Además conduce a un derrotismo según el cual podemos decir: siempre ha sido así, los humanos son de esa manera, en lugar de hacernos preguntas como: “¿Por qué ocurre aquí y no allí? ¿Por qué ahora y no entonces?”.

De acuerdo con su libro, el término nace en la medicina como una fobia individual y acaba convirtiéndose en una categoría política y moral. ¿Cómo ocurre ese cambio y cuáles son sus implicaciones?

La xenofobia se usó primero cuando las fobias médicas acababan de descubrirse y se estaban nombrando decenas de ellas. Aquello pronto desapareció. Ese uso inicial definía “fobia” como miedo irracional, lo que suponía un cambio respecto al griego phobos, que simplemente significa miedo.

También vinculaba la xenofobia al descubrimiento de que las amenazas no solo producen miedo sino también violencia, la famosa respuesta de “lucha o huida”. Así, la xenofobia era un miedo irracional a los extraños que conducía a la huida pero también a la violencia.

El siguiente uso, que también desaparecería, fue colectivo. Se vinculó a fobias nacionales como la anglofobia o la francofobia, el odio a los ingleses o a los franceses, respectivamente. El peor caso, según algunos, era la “xenofobia”: una nación que odiaba a todas las demás.

Durante el periodo colonial el término se utilizó para describir la supuesta irracionalidad de los pueblos colonizados que rechazaban a los europeos. ¿Hasta qué punto sirvió también para justificar la violencia y la dominación?

Esa fue una de las grandes sorpresas. Los primeros usos de la palabra habían sido ya olvidados cuando de repente, en torno a 1900, el término se puso de nuevo de moda y se utilizó para explicar la violencia en las colonias europeas, donde los pueblos supuestamente primitivos estaban aterrorizados por los extranjeros y por eso atacaban a los colonos, que “deberían haber sabido” que traían ciencia, Dios y lo que los franceses llamaban su “misión civilizadora”.

Y sí, justificó asesinatos y explotación. Esa es una de las historias más irónicas que cuento en mi libro: que la xenofobia se utilizó primero de forma xenófoba.

Como psicólogo, ¿qué emociones dirían que están en el núcleo de la xenofobia?

Esa es una pregunta importante. La segunda mitad del libro es un intento de responderla sin una explicación simplista de psicología popular, sino otorgando al problema la seriedad que merece.

Divido la xenofobia en distintos tipos, que tienen pensamientos y emociones muy diferentes y, por tanto, remedios diferentes. Pero para descubrir todo eso invito a los lectores a leer el libro.

Hemos aprendido que demonizar a las personas puede ir desde lo normal hasta la violencia genocida. No es una sola cosa.

Hoy vemos el ascenso de fuerzas de extrema derecha en Europa y América, políticas migratorias cada vez más duras y discursos que vuelven a señalar a los extranjeros como amenaza cuando, en realidad, la mayoría de países desarrollados los necesitan. ¿Diría que estamos ante una nueva forma de xenofobia?

La “nueva xenofobia” empezó alrededor de 1990 y ha ido creciendo desde entonces. El final de la Guerra Fría fue crucial en este sentido, porque las identidades se desordenaron.

En el lado positivo, la Unión Europea pudo atraer a varios estados exsoviéticos a su órbita y, en mi opinión, nos salvó de muchas más guerras como la yugoslava.

Por otro lado, la crisis financiera de 2008 provocó gran desilusión respecto a la globalización, igual que la COVID. Eso facilitó el auge de las ideas de los que culpaban a los extraños de todos los males.

La “nueva xenofobia” empezó alrededor de 1990 y ha ido creciendo desde entonces. El final de la Guerra Fría fue crucial en este sentido, porque las identidades se desordenaron.

En barrios o ciudades donde la llegada de inmigrantes ha sido rápida y ha generado tensiones reales (por vivienda, empleo o servicios públicos), muchos vecinos sienten que sus problemas cotidianos no son escuchados. ¿Cómo se puede hablar de los riesgos de la xenofobia sin negar esos conflictos concretos?

Antes de acusar a una persona o comunidad de xenofobia hay dos reacciones racionales que debemos considerar. La primera es el argumento económico: vienen y nos quitan los trabajos y hacen que los salarios bajen. Es una cuestión empírica que podemos medir. Las investigaciones muestran que a menudo eso no es cierto.

La segunda es el argumento de la invasión cultural: antes teníamos veinte iglesias y los recién llegados han reemplazado nuestra cultura y construido veinte mezquitas o sinagogas o lo que sea. El problema es que ambos argumentos a veces son ciertos, pero a menudo se exageran o directamente se inventan.

Hace poco, alguien me dijo que un 70% de los habitantes de Bruselas era musulmán. Le respondí que lo dudaba. Esa persona me dijo que lo comprobara y así lo hice: la cifra estaba alrededor del 20%.

Muchas veces estas afirmaciones proceden de medios sensacionalistas y llegan a zonas rurales donde hay muy pocos inmigrantes. Así que creo que debemos respetar las opiniones de la gente y luego separar las preocupaciones reales de las que no lo son. Solo las segundas son xenófobas.

En su libro dedica un amplio espacio a Estados Unidos, un país donde la retórica contra los inmigrantes ha convivido históricamente con periodos de integración y acogida. ¿Qué factores hacen que en algunos momentos prevalezca el miedo y en otros la solidaridad?

Así es, Estados Unidos ha tenido periodos de gran apertura y una cultura integradora, y otros momentos en los que ha derivado hacia una intensa xenofobia.

Diría que esta suele estar ligada al deterioro de una sociedad igualitaria, justa y basada en normas. Cuando el sesgo, el trato de favor y las tensiones de clase empeoran, la “solución” puede ser culpar a los extranjeros. Creo que ahora tenemos ese tipo de problema en Estados Unidos.

Como solución a la xenofobia, usted apuesta por un igualitarismo radical. En sociedades profundamente desiguales y polarizadas, ¿cómo se traduce ese ideal en políticas concretas y en prácticas cotidianas?

Todos somos propensos a lo que yo llamo “ansiedad frente al otro”, ese pequeño malestar que surge al encontrarnos con alguien cuya lengua, vestimenta, cultura y religión son muy diferentes a la nuestra. No deberíamos avergonzarnos de admitir que no somos automáticamente igualitarios en nuestras percepciones.

A partir de ahí, toca trabajar para aprender, conectar y deshacer ese sesgo. En Estados Unidos el fin de la segregación racial fue una estrategia política dirigida a integrar a las comunidades blancas y negras. El objetivo era que ese encuentro generara en muchos un sentido de igualdad al disminuir esa “ansiedad frente al otro”. Los profundamente xenófobos no se verán afectados por cambios así, pero muchos sí.

Para terminar, ¿qué lección diría que tendríamos que aprender de los últimos 150 años en relación al miedo a los extranjeros?

Diría que nunca hemos sido tan conscientes de los distintos tipos de sesgo xenófobo y de su potencial destructivo. Hemos aprendido que demonizar a las personas puede ir desde lo normal hasta la violencia genocida. No es una sola cosa.

Es lo que intento en mi libro, sintetizar las perspectivas más importantes para darnos distintas herramientas con las que abordar el problema, y ayudarnos no solo a condenarlo, sino a entender por qué está ocurriendo.