Los libros tienen dos precios: el de venta al público y el de las opiniones molestas

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La mesa de la sección de Cultura está llena de libros nuevos (han llegado 25 en una semana). Entre ellos, están las memorias de la que fue cantante de Dover. Mucha gente pregunta cómo elegimos los temas de los que hablamos. Es una mezcla de ruta e intuición. Es decir: vamos hacia un lado en concreto y decidimos ir parando aquí o allá, según nos asaltan las ganas en el camino.

Rutas (o destinos) habrá miles, pero la nuestra es: hablemos de aquello que nos es cercano y útil para entender quiénes somos en nuestra contradicción, en nuestra belleza, en nuestra sorpresa.

Cuando se anunció un libro de memorias de Cristina Llanos nos interesó porque podía dar respuesta a una pregunta en el aire: ¿qué pasó con la cantante de uno de los grupos de mayor éxito de los dos miles? Y también: ¿por qué desapareció?, ¿qué le ha movido en su interior para escribir un libro?

Aunque recibamos 25 libros a la semana, cada uno de esos tomitos nos parece algo muy serio. Un libro es algo importante a lo que hay que tener un respeto. Requiere un esfuerzo intelectual, por un lado, y por otro es un producto de la industria cultural que concentra el trabajo de mucha gente. Tiene un valor y un coste.

A principios de semana, el cartero trajo La noche cayó y ya nadie pudo salvarme —que es un título bonito, como de novela de Elizabeth Smart— y le dimos prioridad. Pero al abrir sus páginas, la verdad es que no he dado crédito a lo que he visto en ellas.

En realidad no son unas memorias sino más bien uno de esos diarios que se escriben vomitando por las noches toda la rabia y la bilis y las babas y los coágulos de sangre que una tiene que sacar del cuerpo de alguna manera, de vez en cuando, para ser un adulto funcional. Pero, ¿es eso un libro?

Igual depende de la calidad, o de la audacia, literaria. Cristina Llanos escribe con el insulto en la boca como si fuera Bukowski en sus escritos de un viejo indecente y va apostillando paréntesis en los que admite ser “mala”, y darle igual. Pero si Bukowski hizo gracia algún día (hoy, no estoy segura), me cuesta encontrar algún interés literario o narrativo en estas páginas que parecen transcribir el pensamiento literal, un flujo de conciencia. Una Virginia Woolf muy macarra, quizá.

He visto muchísimos comentarios en redes sociales plagados de decepción ante la opinión de Cristina Llanos contra la ley trans y a favor de Israel. Sobre este último tema. Llanos escribe sin tener en cuenta y sin nombrar en absoluto la masacre sobre el pueblo palestino; la autora teme que haya una “oleada de antisemitismo” que será “traidora” y “cobarde”. Con un “ya está bien cacho cabrones” Llanos quiere detener las críticas hacia los sionistas.

Es cierto que a muchos les gustaría que sus ídolos, en general, pensaran igual que ellos. Yo lo que espero de mis ídolos es que sean inteligentes y sepan argumentar sus posiciones. No las compartiré, pero les entenderé. Por lo que he podido picotear de este libro, a Llanos no le importa lo que piensen de ella (“al que le aburra que cierre el libro y lo tire por la ventana. Me trae al fresco”, dice), pero tampoco hace un gran esfuerzo intelectual por hacerse entender: más que estructurar el pensamiento, lo escupe. Y además, advierte de que no tiene miedo a las repercusiones ni de lo que se piense sobre ella.

Las palabras pesan, importan. Y vaya si tienen repercusiones. Esta misma semana hemos visto a John Galliano renunciar a la exposición que Anna Wintour le estaba preparando en el MET: a pesar de todos los esfuerzos diplomáticos con la comunidad judía, sigue pendiendo sobre él un castigo por sus vergonzosas declaraciones hace 15 años en estado de embriaguez. Y también ha protagonizado Mark Ruffalo un titular esta semana, el que anunciaba una carta de apoyo de 180 artistas judíos después de que Paramount lo haya acusado de antisemitismo tras su crítica a la polémica fusión con Warner.

Sí, esto es muy loco. Las críticas a la llamada WarnerMount vienen de muchos lados y con muchos argumentos. Se temen pérdidas laborales y, de alguna forma, una estrechez en la visión del mundo que nos proporcionan las películas. Ruffalo fue más allá y acusó a la familia Ellison de ser cómplices del genocidio contra los palestinos. De los Ellison podríamos decir que son los nuevos Murdoch. Forman parte de la lista de las personas más ricas del mundo y están creando un imperio audiovisual y tecnológico. El patriarca, Larry Ellison, cofundó la compañía de software Oracle. Su hijo David Ellison es dueño de Skydance, compañía que adquirió Paramount el año pasado, lo cual ha puesto bajo su control la poderosa cadena de televisión CBS, y también Nickelodeon, MTV, Showtime o Channel 5 en Reino Unido, así como las plataformas de streaming Pluto TV y Paramount+. Ruffalo ha pedido a los líderes mundiales que “hagan algo” para parar la ofensiva de Israel sobre Gaza. Y eso en Hollywood tiene un precio, que se lo pregunten a Susan Sarandon.

Los manifiestos se construyen con palabras. Y así también los juramentos, las oraciones, las declaraciones y las leyes. Palabras de más, de menos o mal escogidas pueden tener repercusiones megatómicas. La poesía parece liviana, pero su exactitud sostiene el peso de una apisonadora.

Así que por eso te dejo con tres versos arrancados a uno de esos 25 libros que nos han enviado amablemente desde las editoriales. Se trata de Nunca muere, de Miriam Reyes (La Bella Varsovia):

AFUERA EL MUNDO SE CUBRE DE VERGÜENZA

y escombros

no por primera vez