Santiago Roncagliolo retrata las intrigas contra el Papa: “Es lo más parecido a un thriller en la vida real que he visto nunca”
“¿Qué sabes de Robert Prevost? Nada. ¿Te gustaría escribir un libro sobre él? Claro que sí, sin ninguna duda”. Estas dos líneas resumen la llamada que Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) tuvo con su editor el 8 de mayo de 2025, por la tarde, después de que la Capilla Sixtina emitiera fumata blanca. Habemus papam. Un tipo nacido en Chicago, con pasaporte peruano que, en su primer discurso, habló en español. Y Roncagliolo, que ya había escrito una trilogía sobre la Iglesia católica y el poder, no tenía ni la más remota idea de quién era ese señor que, a partir de ese día, comenzaría a hacerse llamar León XIV.
Un hombre que había dejado las posibilidades de una ciudad como Chicago para irse de misionero a Chulucanas, un lugar pequeño en una provincia pobre “donde no hay gran cosa”. Una persona que a lo mejor era un cura que no había hecho nada interesante, que se había pasado la vida dando homilías de aquí para allá, y a ver cómo hacía él un libro sobre aquello. Sin embargo, el escritor cuenta que, durante su investigación, se dio de bruces con una biografía marcada por las luchas de poder, abusos y mafias dentro de la Iglesia. Que se encontró con una historia que, escribe su autor, comienza en Chile, durante un viaje del papa Francisco en enero de 2018, y termina en Roma, poco después de la muerte de este. Una historia que ha llegado a las librerías españolas este septiembre bajo el nombre de El pastor y los lobos (Seix Barral, 2026).
“Cuanto tú te metes a bucear en una historia real no sabes qué te vas a encontrar, no sabes si habrá historia siquiera”, explica el peruano en conversación con elDiario.es, sentando en una butaca roja en una sala que hace las veces de cine privado en un céntrico hotel madrileño. “Pero, también, otra cosa que tienen las historias reales es que te transforman, porque no las controlas y te obligan a empatizar con otras personas al meterte en sus vidas. Y eso es un poco convertirte en otras personas”, confiesa.

La historia que, entonces, se le apareció ante sus ojos no era la del hombre anodino que sospechaba, sino la de un cardenal que ha lidiado con todo tipo de casos de abusos e, incluso, con sicarios al servicio de sacerdotes. Todo ello para, al final, también ser acusado de encubrir a un pederasta en el seno de la Iglesia. “Esto último ocurrió en el momento en el que él se convirtió en un claro candidato a papa y, cuando yo me encontré con todo aquello, me di cuenta de que era lo más parecido a un thriller en la vida real que había visto nunca”, continúa para señalar que este ha sido el libro que más le ha impactado de todos sus trabajos.
“Ha sido un viaje muy inesperado y muy fuerte”, confiesa Roncagliolo. “Suena a algo que uno debería decir con todos los libros que escribe, pero creo que soy una persona mucho más completa después de terminar este trabajo”, añade, para señalar que el año de búsqueda, investigación y escritura intensiva le ha hecho estar más tranquilo con su propia vida. “He perdonado muchas cosas, sobre todo a mi padre. Creo que ahora entiendo mucho mejor cómo son las personas y estoy más reconciliado con la parte mala e imperfecta que todos tenemos”, relata.
Tintes autobiográficos
Lo más llamativo de este trabajo de no ficción que se lee como novela, quizá, sea eso. Que la vida del propio autor se cuela por los resquicios, así como la relación con un padre que distaba mucho de aquello que, generalmente, se considera un buen padre. Un padre que, como muchos otros, no se da cuenta de que pueden estar tocando a su hijo.
Cuenta Roncagliolo, alumno de un colegio jesuita, que él se dio cuenta de que a él y a sus compañeros les había pasado algo en la escuela cuando se empezó a hablar de los abusos de la Iglesia en televisión, en prensa y en todas partes. “Fíjate, era un hombre adulto y ni siquiera me había parado a pensar en ello. No se me había ocurrido. Tuve que verlo desde fuera para relacionarlo con mi propia historia”, observa. Y entonces escribió.
Escribió en el diario El Comercio una columna sobre el padre Jaime, un sacerdote de su colegio de jesuitas, que gustaba de sentar a la chavalada en sus rodillas y acariciarles los muslos. Que ellos hacían bromas sobre el tema. Que decían: “Imagínate que te llevas a una chica buenísima a la cama. Pero está oscuro. Y cuando prendes la luz es el padre Jaime”, y se meaban de risa. Que todo el mundo lo sabía. Que les parecía normal. Que los demás sacerdotes no lo escondían, que lo compadecían a él. Que decían que era un pobre viejo que ya no controlaba su libido. Que a esa edad ya no se controla casi nada. Que era una conducta tan normalizada que a aquellos preadolescentes nunca se les ocurrió contárselo a sus padres. Hasta que él lo plasmó en un periódico décadas más tarde, se viralizó y los ataques le vinieron de la parte que él menos se esperaba, de sus antiguos compañeros de clase. De las propias víctimas. “Ellos no querían ver destruida la idea que tenían de su propia infancia”, afirma el escritor.
Quién no quiere un padre que le proteja
“Abusos sexuales hay en todas partes. Hay en casi todas partes donde hay un maestro, alguien con poder sobre menores de edad. Colegios, escuelas de teatro, escuelas deportivas, etc.”, sentencia el escritor. Ya sea en la Iglesia o fuera de ella. Lo complejo, para él, en el caso eclesiástico, es que el abuso siempre se produce en el entorno educativo. “Ahí entonces el culpable no es solo el abusador, sino también el colegió que albergó al abusador y, por tanto, los padres que te pusieron allí y los compañeros que dejaron que todo eso ocurriera y no dijeron nada y, entonces, todo se va extendiendo a un barrio, a una clase social, a un grupo social muy grande. Y es muy difícil, para ese grupo, asumir la responsabilidad”, ejemplifica el escritor para señalar que, por contra, es mucho más fácil pensar que la víctima “es rarito” o “se volvió loco”.
Me interesaba romper esos silencios y fue ahí donde me encontré con un patrón: todas las víctimas con las que yo hablé tenían algo en común conmigo; provenían de figuras paternas alcohólicas, maltratadoras o, sencillamente, distantes
La de Roncagliolo es, por tanto, y entre otras cosas, una historia sobre los silencios sociales que amparan el abuso. “Me interesaba romper esos silencios y fue ahí donde me encontré con un patrón: todas las víctimas con las que yo hablé tenían algo en común conmigo; provenían de figuras paternas alcohólicas, maltratadoras o, sencillamente, distantes. Que no estaban ahí para sus hijos”, continúa para señalar que la Iglesia lo que ofrece es precisamente eso, un padre.
“La iglesia católica te ofrece un padre, es lo que te da, ahí está su seducción”, explica para continuar con que Dios es un señor “que hace las cosas que hacen los padres de toda la vida”: te pone unas normas, te castiga cuando no las cumples, pero también te protege de lo que te pueda hacer mal. Y ya se sabe que no todos los padres son buenos. “Muchos se entregaron a ese padre sustituto y fueron destruidos por él”, zanja el peruano.
Asfixiando al Sodalicio
Roncagliolo expone desde un principio a los lobos de su historia; el Sodalicio de Vida Cristiana, una poderosa organización católica de Perú aniquilada en 2025 por el papa Francisco tras años de investigación por abusos sexuales y corrupción económica, e introduce la figura de Prevost, primero como sacerdote agustino en Perú y después como obispo de Chiclayo. Una figura que es casi la mano derecha de Francisco a la hora de enfrentar y gestionar los abusos sexuales de esta organización criminal.
Porque, asegura Roncagliolo, si en Europa la Iglesia ha abusado, en Latinoamérica mucho más. “América Latina es una sociedad tan desigual que hace que el caso sea particularmente sangrante: ver cómo todo el tema de los abusos está vinculado a las clases dominantes, lo que, por otro lado, le da un fuerte trasfondo político”, continúa. “Lo que ocurrió, con todo esto, en los países de mi entorno era una cadena que podía continuar porque aquí no existen las clases medias: eran los ricos y los pobres. Y el linaje y el sexo son las grandes obsesiones de las élites criadas en la represión del celibato”, sentencia.
Los aliados de la luz no pueden ser más ingenuos que los aliados de la oscuridad, Prevost ha sabido perfectamente dónde estaba en todo momento y, considero, ha trabajado por la labor más justa. Con sus errores, claro
Una cadena que otros quisieron frenar antes, pero no pudieron. Como Benedicto XVI, que acabó por dejar el cargo.
Los “hombres buenos”
Para Roncagliolo, Prevost/León, es, sin embargo, un hombre bueno: “Los aliados de la luz no pueden ser más ingenuos que los aliados de la oscuridad, él ha sabido perfectamente dónde estaba en todo momento y, considero, ha trabajado por la labor más justa. Con sus errores, claro”. Aunque alguno de sus errores haya sido, precisamente, el trato con las víctimas. Una reparación que, a todas luces, y tal y como reflejan los pasajes del libro dedicados a ello, parecen insuficientes. Una reparación que, opina Roncagliolo, debe hacerse y cuanto antes, porque si no, él lo tiene claro: “Si no se resuelve, el tema de los abusos en la Iglesia será su suicidio, y es una institución que también ha hecho mucho bien por mucha gente”.
El bien y el mal, el abuso y la ayuda. Esas son las coordenadas en las que se ha movido, constante, Roncagliolo. Un viaje que ha sido, según sus propias palabras, “esquizofrénico”. “Sentía completamente, todo el rato, que estaba ante lo mejor y lo peor del ser humano. Frente a gente que tiene una bondad que yo jamás conseguiré y frente a auténticos monstruos”, explica para concluir con que, al final, no puede ser de otro modo: la Iglesia es una institución humana.