Archivo Lafuente: ¿qué ha comprado Cultura por 30 millones de euros?

Peio H. Riaño

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En 1913 dos artistas capitales de la vanguardia parisina se sentaron a la mesa para crear un libro único: La prosa del Transiberiano y de la pequeña Jehanne de Francia. La artista abstracta Sonia Delaunay (1885-1979) y el poeta modernista Blaise Cendrars (1887-1961) unieron texto e imágenes en un objeto con forma de zigzag, que pasó a considerarse uno de los libros de artista más importantes, en el que se mezclaban hasta 12 tipografías diferentes y mide casi dos metros de largo extendido. A la izquierda caen las formas abstractas de Delaunay y a la derecha, el poema de Cendrars que describe un viaje imaginario en el ferrocarril Transiberiano entre Moscú y París.

Ouka Leele coloreó la Transición

Saber más

Escrito en una prosa telegráfica que celebra la libertad, la velocidad y la vitalidad de la era moderna. Así lo definieron los expertos de la casa de subastas Christie’s en 2019, que vendieron una de las 28 copias de este exquisito experimento por 334.000 euros, en julio de 2019. Realizado un año antes de la Primera Guerra Mundial, ambos artistas quisieron exponer los sentimientos a la luz de los colores y las formas, y montaron una pieza que enturbió al nacer las definiciones que separan lo que es una obra de arte de un documento.

Más de cien años después de aquel ejercicio, nadie se atreve a limitar la potencia de la que es la joya del Archivo Lafuente, que acaba de adquirir el Ministerio de Cultura para el Museo Reina Sofía por casi 30 millones de euros, a pagar en once anualidades (2,8 millones al año). La prosa del Transiberiano representa todo lo que es el Archivo Lafuente, que tantos problemas de definición ha causado después de anunciarse una compra que se rondaba desde el año 2014. En 2015 el equipo de Bibliotecas y de Colecciones del Museo Reina Sofía inició los trabajos de valoración, cotejando precios de mercados, con informes muy amplios para afianzar la posibilidad de la compra. Al tiempo se hizo un informe de conservación y se cotejaron incluso las facturas de las compras.

Puertas al campo

La cuenta oficial de Twitter de la Subdirección General de los Archivos Estatales y del Jefe del servicio de programación del área, Álvaro Rodríguez Sarmentero, aseguraban en sus perfiles que “en sentido estricto” no podemos llamarlo archivo. Ese sentido es el que otorga la Ley, que lo define como “conjunto orgánico de documentos producidos y/o recibidos en el ejercicio de sus funciones por las personas físicas o jurídicas, públicas y privadas”. Sin embargo, en esta definición también entraría el conjunto del empresario cántabro José María Lafuente y como aclaran desde la biblioteca del Museo Reina Sofía, “es un archivo”.

Isabel Bordes, jefa del departamento de Biblioteca y Centro de Documentación desde 2019, ha estado al frente del cierre de la operación y explica a este periódico que hoy la definición de archivo es muy amplia. El propio empresario y coleccionista trata de responder a esta pregunta desde que empezó a juntar piezas de un puzle que ocupa un inventario de más de 130.000 componentes documentales en miles de páginas y cuyo análisis ha llevado a ocho especialistas del Museo Reina Sofía a valorar en un informe de más de 160 páginas. Entre las conclusiones indican que apenas hay repetición entre las colecciones del museo y del archivo particular, que abarca desde 1900 hasta 1989, con atención a España, Europa Central, EEUU y Latinoamérica.

“La idea de Lafuente ha sido poder explicar el arte moderno y el arte contemporáneo a través de la documentación. Tenemos en mente la idea tradicional del archivo especializado y concreto, pero este la excede por completo. Fue un pionero de la documentación”, cuenta Isabel Bordes. La colección de archivos documentales que desde 2002 ha reunido Lafuente, muestra lo que está alrededor del trabajo de un artista. “La tramoya del arte”, puntualiza Bordes. Hay publicaciones, correspondencias, documentos y también obra original. Unas 20.000 obras originales, indican desde el museo.

“El debate que abre este archivo es dónde acaba el documento y dónde empieza el arte”, incide la responsable de la Biblioteca del centro. Hubo dos adquisiciones que alteraron la perspectiva del incipiente coleccionista y consumidor de los viajes culturales que organizaba la Asociación de Amigos del Museo Reina Sofía. Hace veinte años se hizo con los fondos personales del crítico de arte Miguel Logroño y del archivo de los Encuentros de Altamira, en manos del historiador Pablo Beltrán, y entonces Lafuente dejó de coleccionar obras de arte para interesarse por ese otro lado.

Coleccionista riguroso

De momento no son capaces de saber cuántos artistas hay referidos en este aluvión de documentos. Cuando suceda la fusión de las dos bases de datos se descubrirá la verdadera dimensión de un conjunto que Bordes define como “extensivo, exhaustivo y ecléctico”. Es el caso del archivo de Maruja Mallo (1902-1995), que recoge fotos, cuadernos de dibujos, documentos, correspondencia y obra original. También el de Ulises Carrión (1941-1989), Eduardo Arroyo (1937-2018) o el de Ceesepe (1958-2018), con más de 800 obras originales y 300 documentos. Para Bordes, Lafuente es un coleccionista “sensible, que es consciente de lo que quiere y busca”. “No es un inversor”, dice.

El empresario, que tiene cinco fábricas en marcha, 800 trabajadores y fabrica sus productos lácteos en exclusiva para Mercadona, ha demostrado que un coleccionista también hace archivo con los archivos de otros. Lafuente ha preferido coleccionar contexto antes que obra. Y lo hizo antes de que se pusiera imposible adquirir. Cuentan quienes han estado valorando las 130.000 piezas que el propio coleccionista ha ido creciendo con el archivo, que “no es un mero recopilador, ha sido un investigador”. Además, los coleccionistas no suelen procesar sus piezas. Lafuente lo ha hecho: ha actuado como un archivero y ha inventariado con rigor cada obra que sumaba a la colección. Para la accesibilidad del contenido es un regalo, porque ha procesado, descrito, catalogado y contextualizado lo que iba añadiendo “con conocimiento y asesorado”.

El conjunto aguarda en la sede del empresario hasta que el Ayuntamiento de Santander rehabilite la antigua sede del Banco de España, donde se levantará una sede del Museo Reina Sofía, asociada a Lafuente. Los fondos estarán ubicados en este espacio, pero el museo han adelantado el proceso de digitalización de los mismos y creen que a finales de 2022 podrían inaugurar una nueva web más ambiciosa, con el Archivo Lafuente incluido. Solo deben aclarar los problemas que pueden derivarse de la propiedad intelectual de las piezas, y dar a conocer cómo se conformará el personal del nuevo museo cántabro y quién pagará los gastos.

En 1913 dos artistas capitales de la vanguardia parisina se sentaron a la mesa para crear un libro único: La prosa del Transiberiano y de la pequeña Jehanne de Francia. La artista abstracta Sonia Delaunay (1885-1979) y el poeta modernista Blaise Cendrars (1887-1961) unieron texto e imágenes en un objeto con forma de zigzag, que pasó a considerarse uno de los libros de artista más importantes, en el que se mezclaban hasta 12 tipografías diferentes y mide casi dos metros de largo extendido. A la izquierda caen las formas abstractas de Delaunay y a la derecha, el poema de Cendrars que describe un viaje imaginario en el ferrocarril Transiberiano entre Moscú y París.

Ouka Leele coloreó la Transición

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Escrito en una prosa telegráfica que celebra la libertad, la velocidad y la vitalidad de la era moderna. Así lo definieron los expertos de la casa de subastas Christie’s en 2019, que vendieron una de las 28 copias de este exquisito experimento por 334.000 euros, en julio de 2019. Realizado un año antes de la Primera Guerra Mundial, ambos artistas quisieron exponer los sentimientos a la luz de los colores y las formas, y montaron una pieza que enturbió al nacer las definiciones que separan lo que es una obra de arte de un documento.

Más de cien años después de aquel ejercicio, nadie se atreve a limitar la potencia de la que es la joya del Archivo Lafuente, que acaba de adquirir el Ministerio de Cultura para el Museo Reina Sofía por casi 30 millones de euros, a pagar en once anualidades (2,8 millones al año). La prosa del Transiberiano representa todo lo que es el Archivo Lafuente, que tantos problemas de definición ha causado después de anunciarse una compra que se rondaba desde el año 2014. En 2015 el equipo de Bibliotecas y de Colecciones del Museo Reina Sofía inició los trabajos de valoración, cotejando precios de mercados, con informes muy amplios para afianzar la posibilidad de la compra. Al tiempo se hizo un informe de conservación y se cotejaron incluso las facturas de las compras.

Puertas al campo

La cuenta oficial de Twitter de la Subdirección General de los Archivos Estatales y del Jefe del servicio de programación del área, Álvaro Rodríguez Sarmentero, aseguraban en sus perfiles que “en sentido estricto” no podemos llamarlo archivo. Ese sentido es el que otorga la Ley, que lo define como “conjunto orgánico de documentos producidos y/o recibidos en el ejercicio de sus funciones por las personas físicas o jurídicas, públicas y privadas”. Sin embargo, en esta definición también entraría el conjunto del empresario cántabro José María Lafuente y como aclaran desde la biblioteca del Museo Reina Sofía, “es un archivo”.

Isabel Bordes, jefa del departamento de Biblioteca y Centro de Documentación desde 2019, ha estado al frente del cierre de la operación y explica a este periódico que hoy la definición de archivo es muy amplia. El propio empresario y coleccionista trata de responder a esta pregunta desde que empezó a juntar piezas de un puzle que ocupa un inventario de más de 130.000 componentes documentales en miles de páginas y cuyo análisis ha llevado a ocho especialistas del Museo Reina Sofía a valorar en un informe de más de 160 páginas. Entre las conclusiones indican que apenas hay repetición entre las colecciones del museo y del archivo particular, que abarca desde 1900 hasta 1989, con atención a España, Europa Central, EEUU y Latinoamérica.

“La idea de Lafuente ha sido poder explicar el arte moderno y el arte contemporáneo a través de la documentación. Tenemos en mente la idea tradicional del archivo especializado y concreto, pero este la excede por completo. Fue un pionero de la documentación”, cuenta Isabel Bordes. La colección de archivos documentales que desde 2002 ha reunido Lafuente, muestra lo que está alrededor del trabajo de un artista. “La tramoya del arte”, puntualiza Bordes. Hay publicaciones, correspondencias, documentos y también obra original. Unas 20.000 obras originales, indican desde el museo.

“El debate que abre este archivo es dónde acaba el documento y dónde empieza el arte”, incide la responsable de la Biblioteca del centro. Hubo dos adquisiciones que alteraron la perspectiva del incipiente coleccionista y consumidor de los viajes culturales que organizaba la Asociación de Amigos del Museo Reina Sofía. Hace veinte años se hizo con los fondos personales del crítico de arte Miguel Logroño y del archivo de los Encuentros de Altamira, en manos del historiador Pablo Beltrán, y entonces Lafuente dejó de coleccionar obras de arte para interesarse por ese otro lado.

Coleccionista riguroso

De momento no son capaces de saber cuántos artistas hay referidos en este aluvión de documentos. Cuando suceda la fusión de las dos bases de datos se descubrirá la verdadera dimensión de un conjunto que Bordes define como “extensivo, exhaustivo y ecléctico”. Es el caso del archivo de Maruja Mallo (1902-1995), que recoge fotos, cuadernos de dibujos, documentos, correspondencia y obra original. También el de Ulises Carrión (1941-1989), Eduardo Arroyo (1937-2018) o el de Ceesepe (1958-2018), con más de 800 obras originales y 300 documentos. Para Bordes, Lafuente es un coleccionista “sensible, que es consciente de lo que quiere y busca”. “No es un inversor”, dice.

El empresario, que tiene cinco fábricas en marcha, 800 trabajadores y fabrica sus productos lácteos en exclusiva para Mercadona, ha demostrado que un coleccionista también hace archivo con los archivos de otros. Lafuente ha preferido coleccionar contexto antes que obra. Y lo hizo antes de que se pusiera imposible adquirir. Cuentan quienes han estado valorando las 130.000 piezas que el propio coleccionista ha ido creciendo con el archivo, que “no es un mero recopilador, ha sido un investigador”. Además, los coleccionistas no suelen procesar sus piezas. Lafuente lo ha hecho: ha actuado como un archivero y ha inventariado con rigor cada obra que sumaba a la colección. Para la accesibilidad del contenido es un regalo, porque ha procesado, descrito, catalogado y contextualizado lo que iba añadiendo “con conocimiento y asesorado”.

El conjunto aguarda en la sede del empresario hasta que el Ayuntamiento de Santander rehabilite la antigua sede del Banco de España, donde se levantará una sede del Museo Reina Sofía, asociada a Lafuente. Los fondos estarán ubicados en este espacio, pero el museo han adelantado el proceso de digitalización de los mismos y creen que a finales de 2022 podrían inaugurar una nueva web más ambiciosa, con el Archivo Lafuente incluido. Solo deben aclarar los problemas que pueden derivarse de la propiedad intelectual de las piezas, y dar a conocer cómo se conformará el personal del nuevo museo cántabro y quién pagará los gastos.

En 1913 dos artistas capitales de la vanguardia parisina se sentaron a la mesa para crear un libro único: La prosa del Transiberiano y de la pequeña Jehanne de Francia. La artista abstracta Sonia Delaunay (1885-1979) y el poeta modernista Blaise Cendrars (1887-1961) unieron texto e imágenes en un objeto con forma de zigzag, que pasó a considerarse uno de los libros de artista más importantes, en el que se mezclaban hasta 12 tipografías diferentes y mide casi dos metros de largo extendido. A la izquierda caen las formas abstractas de Delaunay y a la derecha, el poema de Cendrars que describe un viaje imaginario en el ferrocarril Transiberiano entre Moscú y París.

Ouka Leele coloreó la Transición

Saber más

Escrito en una prosa telegráfica que celebra la libertad, la velocidad y la vitalidad de la era moderna. Así lo definieron los expertos de la casa de subastas Christie’s en 2019, que vendieron una de las 28 copias de este exquisito experimento por 334.000 euros, en julio de 2019. Realizado un año antes de la Primera Guerra Mundial, ambos artistas quisieron exponer los sentimientos a la luz de los colores y las formas, y montaron una pieza que enturbió al nacer las definiciones que separan lo que es una obra de arte de un documento.