Sintiéndolo mucho, el documental de Sabina

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Sabina ha conseguido hacer de la derrota una gramática personal que le ha ido dando para vivir más que de sobra. Bien mirado, eso es algo que tiene su mérito, sobre todo cuando la palabra corre el riesgo de caer rodando desde el filo de una cuenta corriente.

Una canción de Sabina te transporta hasta la madrugada de un bar solitario donde ya nadie te prohíbe fumar, pues el cierre está echado y no se espera a la policía. No sé si me explico, pero una canción de Sabina te lleva a ese instante borroso en el que prendes el último cigarrillo del paquete mientras el camarero muestra su cansancio y le intentas convencer de que todavía es temprano, de que no es tan tarde como parece y de que si te pone otra copa y sube el volumen de la música, tal vez se presente aquella mujer que el otro día apareció a esas mismas horas y cuyos ojos traían el lirismo del sexo más crudo convertido en una forma de soledad.

En la caja registradora resuena el estribillo de las monedas y Sabina canta su epitafio de cabrito en el mostrador de la madrugada. De sobra, sabes que eres la primera y no miento si juro que daría, por ti la vida entera...Es entonces cuando aprietan juntos el desarraigo y el fracaso, el momento en el que solo se expulsa por la boca la mitad del humo tragado y Sabina nos recuerda que una historia de amor solo es eterna cuando se deja a tiempo. 

En estos días se ha presentado en San Sebastián un documental filmado por Fernando León de Aranoa quien ha sido la sombra de Sabina durante los últimos doce o trece años. El documental arranca con la caída al vacío del artista en su concierto madrileño, cuando Sabina se partió la crisma. El silencio que sigue a todo suceso trágico se mastica entre las personas que asisten al concierto. Son unos segundos, o menos, pero parecen más, pues la magia del cine es lo que tiene, que juega con los tiempos y con su elasticidad mostrándonos una vez más que la vida es un ruido entre dos silencios. Aquella noche todo el mundo pensó que la caída de Sabina había sido mortal de necesidad y que ya nunca más volvería a escupir sus salivazos de literatura sobre los zapatos que siempre le quedan prietos, no ya por la horma, sino por culpa de unas uñas semejantes a la cáscara de un mejillón.

Fue entonces, cuando me dio por pensar que ningún literato de aquellos que tuvo Madrid cuando el Fornos, la golfemia y el brazo gangrenado de Valle, ninguno, ya digo, sería capaz de hacer sombra en el cementerio a Joaquín Sabina. Porque para escribir como Sabina se necesitan muchas vidas, y más vidas aun para desafinar como un serrucho y vivir de la canción como lo hace él.

Para esto último se necesita algo que no sé ahora mismo cómo se llama, pero que va más allá de la suerte. Eso mismo que te salva la vida cuando tu vida pende de un hilo y un bromista se empeña en cortarlo pero no puede, porque el hilo está tan duro como las uñas de los pies de un muerto.

Sabina ha conseguido hacer de la derrota una gramática personal que le ha ido dando para vivir más que de sobra. Bien mirado, eso es algo que tiene su mérito, sobre todo cuando la palabra corre el riesgo de caer rodando desde el filo de una cuenta corriente.

Una canción de Sabina te transporta hasta la madrugada de un bar solitario donde ya nadie te prohíbe fumar, pues el cierre está echado y no se espera a la policía. No sé si me explico, pero una canción de Sabina te lleva a ese instante borroso en el que prendes el último cigarrillo del paquete mientras el camarero muestra su cansancio y le intentas convencer de que todavía es temprano, de que no es tan tarde como parece y de que si te pone otra copa y sube el volumen de la música, tal vez se presente aquella mujer que el otro día apareció a esas mismas horas y cuyos ojos traían el lirismo del sexo más crudo convertido en una forma de soledad.

En la caja registradora resuena el estribillo de las monedas y Sabina canta su epitafio de cabrito en el mostrador de la madrugada. De sobra, sabes que eres la primera y no miento si juro que daría, por ti la vida entera...Es entonces cuando aprietan juntos el desarraigo y el fracaso, el momento en el que solo se expulsa por la boca la mitad del humo tragado y Sabina nos recuerda que una historia de amor solo es eterna cuando se deja a tiempo. 

En estos días se ha presentado en San Sebastián un documental filmado por Fernando León de Aranoa quien ha sido la sombra de Sabina durante los últimos doce o trece años. El documental arranca con la caída al vacío del artista en su concierto madrileño, cuando Sabina se partió la crisma. El silencio que sigue a todo suceso trágico se mastica entre las personas que asisten al concierto. Son unos segundos, o menos, pero parecen más, pues la magia del cine es lo que tiene, que juega con los tiempos y con su elasticidad mostrándonos una vez más que la vida es un ruido entre dos silencios. Aquella noche todo el mundo pensó que la caída de Sabina había sido mortal de necesidad y que ya nunca más volvería a escupir sus salivazos de literatura sobre los zapatos que siempre le quedan prietos, no ya por la horma, sino por culpa de unas uñas semejantes a la cáscara de un mejillón.

Fue entonces, cuando me dio por pensar que ningún literato de aquellos que tuvo Madrid cuando el Fornos, la golfemia y el brazo gangrenado de Valle, ninguno, ya digo, sería capaz de hacer sombra en el cementerio a Joaquín Sabina. Porque para escribir como Sabina se necesitan muchas vidas, y más vidas aun para desafinar como un serrucho y vivir de la canción como lo hace él.

Para esto último se necesita algo que no sé ahora mismo cómo se llama, pero que va más allá de la suerte. Eso mismo que te salva la vida cuando tu vida pende de un hilo y un bromista se empeña en cortarlo pero no puede, porque el hilo está tan duro como las uñas de los pies de un muerto.

Sabina ha conseguido hacer de la derrota una gramática personal que le ha ido dando para vivir más que de sobra. Bien mirado, eso es algo que tiene su mérito, sobre todo cuando la palabra corre el riesgo de caer rodando desde el filo de una cuenta corriente.

Una canción de Sabina te transporta hasta la madrugada de un bar solitario donde ya nadie te prohíbe fumar, pues el cierre está echado y no se espera a la policía. No sé si me explico, pero una canción de Sabina te lleva a ese instante borroso en el que prendes el último cigarrillo del paquete mientras el camarero muestra su cansancio y le intentas convencer de que todavía es temprano, de que no es tan tarde como parece y de que si te pone otra copa y sube el volumen de la música, tal vez se presente aquella mujer que el otro día apareció a esas mismas horas y cuyos ojos traían el lirismo del sexo más crudo convertido en una forma de soledad.