Natalia Huarte: “A las actrices jóvenes se nos va a quitar el síndrome de impostoras ya”
Natalia Huarte es de Pamplona. Se fue muy pronto a Madrid a estudiar teatro. De eso hace 16 años. Ahora, con 36, está en plenitud. Bajo las murallas del castillo de Olite (Navarra) demostró el momento de libertad y sabiduría escénica que ha conquistado. Lo hizo con su nueva obra, Leonora, un monólogo escrito y dirigido por Alberto Conejero sobre la pintora inglesa Leonora Carrington. Una hora de despliegue actoral, de dominio escénico, de cuerpo y palabra que el público del festival agradeció a quien ya es su actriz preferida.
Huarte está contenta, se le nota en los ojos, en la mirada. La actriz que lo hizo todo en teatro lleva dos años más quieta, comenzando carrera en cine, afianzando su presencia en las series (Legado, Innato, Querer) y apostando por este proyecto que ha levantado junto a Conejero. La actriz joven que era todo talento y técnica, perfecta en el decir, recta en el estar, ha ido asalvajándose, chupando de cada director y cada proyecto, dejándose, permitiéndose.
Leonora Carrington fue una inglesa de buena familia, de padre autoritario, rebelde desde pequeña, que conoció la Francia intelectual de los años treinta, que mantuvo un romance con Max Ernst, que huyo a España y fue víctima de una violación grupal por unos oficiales requetés, que escapó de este país y se afincó en un México fructífero donde su arte, alucinado, surreal y enigmático, floreció como nunca. Esta obra sobre ella abrirá en septiembre la temporada de Teatro de la Abadía de Madrid. Después le seguirá una larga gira por España. De aquí a mayo del año que viene ya tiene cerradas veinte plazas, Londres entre ellas. Antes, este mismo primero de agosto, la obra aterriza en Palma de Mallorca, con una versión site-specific para el museo Cran Prunera.
¿Cómo nació Leonora?
Alberto Conejero me llamó para una lectura dramatizada del texto. No nos conocíamos, y en esos cuatro días de ensayo pasó algo, nos enamoramos un poco. Y luego, cuando Alberto decidió dirigirlo, me llamó. Es un proyecto que ahora va muy bien, hay funciones, la gente la aprecia, pero al principio era todo un poco kamikaze.
¿Y ese flechazo con Conejero?
Son cosas que pasan en la vida, te encuentras con alguien en un determinado momento y conectas. Funcionó porque nos empezamos a reír mucho. De Alberto tenía una imagen de hombre serio que sabe mucho. Yo iba un poco cagada, pero ya el primer día vi que tenía el mismo humor que yo. Nos pusimos a proponer, cada uno desde su bagaje. Lo que ha sido precioso es la mirada horizontal que ha tenido todo el rato como director. Hay un momento en tu vida que te apetece eso: encontrarte con alguien que va a sacar de ti muchas cosas, pero que te va a dejar hacer.
Leonora Carrington es un personajazo con una fuerza sobrehumana, ¿cómo ha sido la relación con ella?
Al principio del proyecto le pregunté a Alberto si debía investigar sobre ella. Decidimos que no, incluso su libro Memorias de abajo lo he leído a posteriori, un libro terrible, con mucho dolor. Sin embargo, yo me centré en el texto de Alberto, que no está tan ahí, que es más luminoso. Trabajé lo que me pasaba a mí con el texto, más que con la figura de Leonora. Decidí llevar mi ropa en escena, Conejero decidió quitar toda escenografía, no hacer proyecciones de sus cuadros. Las imágenes ya están en el texto. No quisimos imitarla o llevar su imagen a escena, sino, como dice el texto, pintar un lienzo cada noche con la palabra y el cuerpo. Esa idea, quiero creer, le gustaría a Leonora.
Trabajé lo que me pasaba a mí con el texto, más que con la figura de Leonora Carrington. Decidí llevar mi ropa en escena. Conejero decidió quitar toda escenografía y no hacer proyecciones de sus cuadros
Han pasado muchas cosas desde que, recién salida de la escuela, ingresó en la compañía joven de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) en 2013. Después de una larga estancia en la compañía, trabajó con Alfredo Sanzol y, tras la pandemia, la locura. Directores muy diferentes no dejaron de llamarla. Le planteo un juego: hablemos de su evolución a través de los montajes que ha realizado. De la época en la CNTC, ¿con qué obra, por las razones que sea, se queda?
Con El perro del hortelano dirigido por Helena Pimenta, sin duda. Ahí noté que algo cambiaba en mi forma de hacer. Interpretaba a Marcela, un personaje más grande que además hacía con la compañía principal de la CNTC, con un reparto de gente mayor que yo, con mucha más experiencia. Los protagonistas eran Marta Poveda y Raúl Castejón. Me acuerdo que dije: “Aquí tienes que ser valiente o, si no, desapareces”. Yo siempre había sido muy obediente. Yo me atreví y Pimenta me lo permitió. Había días que me decía “¿pero qué haces?”, y yo le respondía, “cosas” [ríe]. Luego volví a ser obediente, dio un paso para atrás…
¿Qué pasó?
Llevaba muchos años en la compañía. Tenía ganas de salir, de probar otras cosas, enfrentarme a llamar a puertas, a hacer pruebas, a crecer… Y justo en Olite me apunté a un taller con Alfredo Sanzol y Andrés Lima. Conocí a Sanzol, trabajé mucho las improvisaciones, hablé en escena incluso con acento navarro, fue superintenso. Y justo después me llamó para montar La valentía. Me cagué, me asusté. Le decía a Sanzol que yo no podía, que no sabía hacerlo. Veía el reparto con Natalia Huarte, con Inma Cuevas, con Francesco Carril… Y me volví obediente de nuevo. Francesco me imponía mucho, por ejemplo, me daba miedo tenerle al lado. No me creía capaz de ser graciosa. Sí, me cagué. Tengo que reconocerlo. Fue un montaje que sentí que me hacía pequeña. Pero Alfredo, que es maravilloso, me decía que no y luego me llamó para El bar que se tragó a todos los españoles.
¿El bar que se tragó a todos los españoles es el montaje que destacaría de su siguiente etapa, tras la CNTC y antes de la pandemia?
Sin duda. Fue un montaje muy especial, la hacíamos todavía con restricciones. No había cervezas ni conversaciones con el público. No sabíamos nada de lo que pasaba. Íbamos al teatro, la hacíamos y nos teníamos que volver a casa corriendo. Fue más tarde que fuimos viendo lo que había supuesto en el público. La gente estaba con ganas de ir al teatro y la obra creo que daba ganas de vivir… Creo que le vino muy bien, paradójicamente, ese comienzo de casa-función-casa. Los actores hicimos un grupo muy fuerte, concentrado todo en el trabajo. Fue hermoso.
Tras este montaje comienzan tres años de frenesí absoluto, de un montaje tras otro con directores tan buenos como distintos: Iñaki Rekarte, Josep María Flotats, Marta Pazos, Lucia Carballal, Laila Ripoll y Luz Arcas con quien le dieron el Premio Max a la mejor interpretación femenina por Psicosis 4:48. Me imagino que imposible elegir uno, pero ¿qué momento personal elige?
Es verdad que es difícil, fue una época que pude llevar a cabo porque estaba muy centrada, era un montaje tras otro, me llamaban y me querían, no sabía bien por qué, no sé qué veían, pero me monté en la ola. Tengo una conversación muy guardada con Lucía Carballal en la segunda semana de ensayos de Los pálidos. Lucía me sentó en una cafetería y me dijo: “Me encanta todo. Te he llamado porque quiero trabajar contigo, pero sé que hay un lugar más, hay algo más”. No fue muy específica, pero a la vez sí. Ella sabía que la iba a entender y se atrevió, porque podría no haber tenido esa conversación conmigo. Y me dijo: “Atrévete a ese sitio. Vamos a hacerlo juntas. No se trata del resultado, no sé a dónde va y no empieza hoy ni acaba mañana”.
¿Cómo es ese lugar?
Un lugar donde sabes menos, más incómodo de habitar. Y dije, “qué cabrona, ese viaje lo voy a hacer contigo”. Lucía abrió una puerta muy importante para mí, no siempre lo hago, a veces vuelvo a lo que ya sé, a sitios más conocidos, pero cuando me atrevo a recordar aquella conversación me aventuro a ir a ese sitio donde sé que se me puede ir la función a la mierda o puede brillar. Y a veces se va un poco a la mierda y otras veces brilla. Pero Lucía fue la que me llevó ahí. Y para mí ese momento es vital, cambió mucho mi forma de trabajar.
Esa lucha entre la obediencia y el rebelarse, entre el control y el dejarse ir está muy presente en su evolución, ¿no?
Hay gente que empieza desde un sitio más caótico e intuitivo, y luego con los años va apareciendo la parte más técnica y eso ayuda a ordenar. Mi camino creo que es justo lo contrario: sentir que tengo que llegar a la perfección, que tengo que hacerlo bien. Desde pequeña, con mi uniforme en el colegio de monjas de Pamplona, con mi pelito y buenas notas. El asunto es que no sé para quién tenía que hacerlo todo bien, quién me estaba mirando todo el rato juzgándome. Esa es la pregunta que tengo ahora, pero “¿para quién querías hacerlo bien?”. Ahora estoy en un momento de mandarlo a tomar por culo y poder equivocarse, de no tener palabras para todo, de perderse.
Tras esos tres años de frenesí paró un poco, ¿fue voluntario?
Sí, lo fue. La acumulación produce cansancio, no podía seguir con ese ritmo. Hablé con mi manager y decidimos parar. También me apetecía hacer más audiovisual, ya hacía series (Amar es para siempre, Innato o Por cien millones), pero quería hacer más cine.
No sé para quién tenía que hacerlo todo bien, quién me estaba mirando todo el rato juzgándome. Ahora estoy en un momento de mandarlo a tomar por culo y poder equivocarse, de no tener palabras para todo, de perderse
Ahora va a estrenar Pájaro que agoniza de Diego Llorente e inicia el rodaje de Perseidas con Ignacio Lasierra. En teatro, de repente, o poco a poco, se fue revelando la gran luz y fuerza, la mezcla de técnica y fragilidad, que tiene como actriz. ¿Está por llegar que eso pase en el celuloide?
Ojalá. Pero estoy comenzando, aprendiendo lo que es un rodaje. En el cine no tienes el mismo control de lo que haces que en teatro. En cine haces una escena que no sabes cómo se registra, con qué plano, cómo se montará luego. Haces una escena y te olvidas, nunca más la volverás a hacer. Y al día siguiente llega otra. Es muy distinto. Estoy aprendiendo. Ahora me apetece comenzar a desobedecer frente a la cámara, atreverme a aparecer… Pero para eso hay que trabajar y aprender. Cuando veo a Vicky Luengo o a Susana Abaitua, flipo con cómo se atreven, aprendo mucho. Tengo referentes de mi generación y eso es muy grande. Creo que estamos ante un gran momento de actrices.
El tema de la obediencia que comenta, ¿tiene que ver un poco con el síndrome del impostor? ¿Cree que es algo más habitual para las mujeres que para los hombres?
Sí, creo que nos ha ocurrido más. Pero egoístamente no me lo quiero contar así. Yo soy una persona que a veces me hablo mal. Y no quiero hacerlo más. Si los hombres llevan años sin ningún problema yo también lo voy a aprender y no estar siempre afirmando que no soy impostora, que no le estoy quitando un lugar a nadie. Esa sensación de ser obediente porque alguien me va a decir que lo hago mal, que no vales, es una mirada dura y bastante masculina. Estamos en un momento, y por eso hablo de referentes de mi generación, donde sí podemos conquistar el espacio que nos toca.
¿A qué se refiere?
Ya no solo hablo de los trabajos de Luengo, Abaitua, Stéphanie Magnin o Loreto Mauleón, que me encantan, sino del paso que han dado al frente. Me encanta verlas en entrevistas, me flipa cómo van a los sitios, desde dónde hablan, desde dónde reflexionan sobre la amistad entre nosotras, de dónde nos colocamos cada vez que vemos a una colega subir un escalón más que tú. Nos estamos atreviendo a hablar desde nuestro propio lenguaje y eso es honesto y valiente. Para mí, ese lenguaje es nuevo y lo estamos haciendo entre todas. Creo que se nos va a quitar el síndrome de impostoras ya.
Y ahora, después de Leonora, ¿tiene ya un nuevo proyecto en teatro?
Hasta el verano que viene estaré centrada en esta obra y entre medias haré los rodajes. Quería comprometerme con este proyecto independiente, hacer posible que tenga gira y no dejarme llevar por este tiempo de tanta incertidumbre, tanta prisa y tanto miedo.