“Veo tu viña en un museo”, la historia de una espectacular finca del siglo XIX recuperada hoy

Con la paciencia que caracteriza a los aficionados a la pesca, Fernando González comenzó a plantar uva en Finca Cortezada sobre el año 2004, varios años después de fijarse en sus bancales por primera vez. González, propietario de Adega Algueira, fundó su proyecto en 1980, en una finca familiar de la ribera lucense del Sil. “Ahí plantaba de todo, pero había variedades que no funcionaban”. Uvas autóctonas como la Souson, la Caíño o la Brancellao “sufrían”, según explica. “Hace 45 años dábamos palos de ciego pero, después de varios viajes y de aprender mucho, crucé el río” para plantar en laderas con otras orientaciones.

El insecto que cambió el vino

Saber más

Pero cuando se topó con Cortezada, a finales de los 90, no iba en busca de viñas, sino de peces: caminaba por senderos hacia el río Edo —uno de los afluentes del Sil— para pescar, cuando vio unas terrazas “espectaculares”, pero absolutamente cubiertas de vegetación. Cuatro o cinco hectáreas de bancales por los que preguntó a un amigo de la zona. “Me dijo que ahí había trabajado su madre cuando era niña”, relata. Cuando se interesó por la propiedad de la parcela, se enteró de que estaba previsto construir allí un embalse con una pequeña central eléctrica. Toda la parte inferior de Cortezada podría estar ahora cubierta por el agua, pero el proyecto no se llegó a llevar a cabo. Entonces, González insistió para que se la vendieran y unos 15 años más tarde embotellaba el primer vino procedente de estas espectaculares gradas de la Ribeira Sacra orensana. Para este productor, parcelas así, en montañas, con distintas orientaciones, con sombras, pueden ser la solución al vino en el cambio climático.

“Si espero más, se habría perdido todo”, asegura González. La naturaleza invade las terrazas y, cada cierto tiempo, hay que realizar labores de mantenimiento. “Se puede caer algún bancal y lleva un mes y pico levantarlo de nuevo. Lo más importante es que recuperamos la historia. Costó tiempo y dinero, pero valió la pena”, insiste el propietario de Cortezada, que califica esta viña de icónica. “La gente para el coche y se tira tiempo haciendo fotografías”. Pero a esas imágenes les falta algo que solo Fernando González ve cada vez que acude a esa viña: la cuadrilla de 14 hombres que construyó Cortezada hace un siglo. No es producto de su imaginación: fueron retratados por la fotógrafa de Nebraska, Ruth Matilda Anderson en 1925.

Historia en fotografías

González conoció la existencia de esa fotografía de la finca por la llamada desde Nueva York de un amigo suyo de Castro Caldelas. “Estoy viendo tu viña en un museo”, le dijo. Estaba en la Hispanic Society, fundación que a mediados de los años 20 del siglo pasado encargó a Ruth Matilda Anderson un trabajo sobre la vestimenta, costumbres, monumentos y paisajes españoles. Anderson realizó varios viajes entre 1924 y 1930 e hizo más de 14.000 fotografías en España, 5.200 de ellas en Galicia. Primero acompañada de su padre, y después por la fotógrafa de la Hispanic Society Frances Spalding, Anderson recorrió el país en trenes, autobuses, coches e incluso carros para retratar con sus cámaras los lugares más recónditos de la geografía española, según relata Patrick Lenaghan para el libro Una mirada de antaño (Afundación), que recopila un gran número de las imágenes tomadas en Galicia por Ruth Anderson.

Con la pista de su amigo, el nuevo propietario de Cortezada consiguió el libro que se había editado tras dos exposiciones fotográficas en Santiago y A Coruña, y siguió indagando sobre la historia de la finca. “En la foto está prácticamente construida, pero me dijeron que habían tardado unos 28 años en hacerla, así que la viña se empezaría a finales del XIX. Hay paredes de 200 metros de largo y tres metros de alto, es una obra faraónica”, describe González, que tiene una respuesta muy sencilla a una pregunta que puede surgir tras observar minuciosamente —él lo ha hecho durante horas— la instantánea de Anderson: todos los obreros de la cuadrilla llevan camisa blanca, pero él sostiene que no se la pusieron para salir más guapos en la foto. “En aquella época no había camisas de otros colores”, aclara.

La joven fotógrafa tomó varias imágenes de Cortezada. González cree que “tuvo que quedarse impresionada” al comprobar que, allí donde no había suelo, el hombre lo creaba. Pero la finca no se explotó durante mucho tiempo. Una década después comenzaría la Guerra Civil y posteriormente, el éxodo rural afectó también a la Ribeira Sacra. La viña se abandonó entre los años 60 y 70, hasta que casi tres décadas más tarde, Fernando, el de Algueira, se fijó en los bancales cuando iba a pescar al Edo. Ahora están ocupados con Godello, Albariño y Treixadura, bajo la carretera, y con variedades tintas autóctonas en la parte superior.

La finca fue reconstruida por una cuadrilla, con tiempo y paciencia, casi al estilo de los hombres de camisas blancas retratados por Ruth Anderson. “Esto no se puede hacer rápidamente, no es lo mismo coser a mano que a máquina”. González se pregunta cómo fueron capaces de hacerlo entonces. “Si te fijas en la foto, solo hay una palanca y una carreta para bancales de dos metros y pico y piedras que pueden pesar hasta 200 kilos”. Y afirma que, por muy dura que fuera la recuperación de la finca, él la vivió como si fuera descubriendo “un tesoro” cada día.

Puede que a los lugareños tampoco les resultara tan llamativo ver una mujer estadounidense, allá por 1925, haciendo fotografías de paisajes en un remoto lugar de la Galicia interior. Al fin y al cabo, ellos estaban desafiando a una empinada ladera con el objetivo de hacer vino.

Con la paciencia que caracteriza a los aficionados a la pesca, Fernando González comenzó a plantar uva en Finca Cortezada sobre el año 2004, varios años después de fijarse en sus bancales por primera vez. González, propietario de Adega Algueira, fundó su proyecto en 1980, en una finca familiar de la ribera lucense del Sil. “Ahí plantaba de todo, pero había variedades que no funcionaban”. Uvas autóctonas como la Souson, la Caíño o la Brancellao “sufrían”, según explica. “Hace 45 años dábamos palos de ciego pero, después de varios viajes y de aprender mucho, crucé el río” para plantar en laderas con otras orientaciones.

El insecto que cambió el vino

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Pero cuando se topó con Cortezada, a finales de los 90, no iba en busca de viñas, sino de peces: caminaba por senderos hacia el río Edo —uno de los afluentes del Sil— para pescar, cuando vio unas terrazas “espectaculares”, pero absolutamente cubiertas de vegetación. Cuatro o cinco hectáreas de bancales por los que preguntó a un amigo de la zona. “Me dijo que ahí había trabajado su madre cuando era niña”, relata. Cuando se interesó por la propiedad de la parcela, se enteró de que estaba previsto construir allí un embalse con una pequeña central eléctrica. Toda la parte inferior de Cortezada podría estar ahora cubierta por el agua, pero el proyecto no se llegó a llevar a cabo. Entonces, González insistió para que se la vendieran y unos 15 años más tarde embotellaba el primer vino procedente de estas espectaculares gradas de la Ribeira Sacra orensana. Para este productor, parcelas así, en montañas, con distintas orientaciones, con sombras, pueden ser la solución al vino en el cambio climático.

“Si espero más, se habría perdido todo”, asegura González. La naturaleza invade las terrazas y, cada cierto tiempo, hay que realizar labores de mantenimiento. “Se puede caer algún bancal y lleva un mes y pico levantarlo de nuevo. Lo más importante es que recuperamos la historia. Costó tiempo y dinero, pero valió la pena”, insiste el propietario de Cortezada, que califica esta viña de icónica. “La gente para el coche y se tira tiempo haciendo fotografías”. Pero a esas imágenes les falta algo que solo Fernando González ve cada vez que acude a esa viña: la cuadrilla de 14 hombres que construyó Cortezada hace un siglo. No es producto de su imaginación: fueron retratados por la fotógrafa de Nebraska, Ruth Matilda Anderson en 1925.

Historia en fotografías

González conoció la existencia de esa fotografía de la finca por la llamada desde Nueva York de un amigo suyo de Castro Caldelas. “Estoy viendo tu viña en un museo”, le dijo. Estaba en la Hispanic Society, fundación que a mediados de los años 20 del siglo pasado encargó a Ruth Matilda Anderson un trabajo sobre la vestimenta, costumbres, monumentos y paisajes españoles. Anderson realizó varios viajes entre 1924 y 1930 e hizo más de 14.000 fotografías en España, 5.200 de ellas en Galicia. Primero acompañada de su padre, y después por la fotógrafa de la Hispanic Society Frances Spalding, Anderson recorrió el país en trenes, autobuses, coches e incluso carros para retratar con sus cámaras los lugares más recónditos de la geografía española, según relata Patrick Lenaghan para el libro Una mirada de antaño (Afundación), que recopila un gran número de las imágenes tomadas en Galicia por Ruth Anderson.

Con la pista de su amigo, el nuevo propietario de Cortezada consiguió el libro que se había editado tras dos exposiciones fotográficas en Santiago y A Coruña, y siguió indagando sobre la historia de la finca. “En la foto está prácticamente construida, pero me dijeron que habían tardado unos 28 años en hacerla, así que la viña se empezaría a finales del XIX. Hay paredes de 200 metros de largo y tres metros de alto, es una obra faraónica”, describe González, que tiene una respuesta muy sencilla a una pregunta que puede surgir tras observar minuciosamente —él lo ha hecho durante horas— la instantánea de Anderson: todos los obreros de la cuadrilla llevan camisa blanca, pero él sostiene que no se la pusieron para salir más guapos en la foto. “En aquella época no había camisas de otros colores”, aclara.

La joven fotógrafa tomó varias imágenes de Cortezada. González cree que “tuvo que quedarse impresionada” al comprobar que, allí donde no había suelo, el hombre lo creaba. Pero la finca no se explotó durante mucho tiempo. Una década después comenzaría la Guerra Civil y posteriormente, el éxodo rural afectó también a la Ribeira Sacra. La viña se abandonó entre los años 60 y 70, hasta que casi tres décadas más tarde, Fernando, el de Algueira, se fijó en los bancales cuando iba a pescar al Edo. Ahora están ocupados con Godello, Albariño y Treixadura, bajo la carretera, y con variedades tintas autóctonas en la parte superior.

La finca fue reconstruida por una cuadrilla, con tiempo y paciencia, casi al estilo de los hombres de camisas blancas retratados por Ruth Anderson. “Esto no se puede hacer rápidamente, no es lo mismo coser a mano que a máquina”. González se pregunta cómo fueron capaces de hacerlo entonces. “Si te fijas en la foto, solo hay una palanca y una carreta para bancales de dos metros y pico y piedras que pueden pesar hasta 200 kilos”. Y afirma que, por muy dura que fuera la recuperación de la finca, él la vivió como si fuera descubriendo “un tesoro” cada día.

Puede que a los lugareños tampoco les resultara tan llamativo ver una mujer estadounidense, allá por 1925, haciendo fotografías de paisajes en un remoto lugar de la Galicia interior. Al fin y al cabo, ellos estaban desafiando a una empinada ladera con el objetivo de hacer vino.

Con la paciencia que caracteriza a los aficionados a la pesca, Fernando González comenzó a plantar uva en Finca Cortezada sobre el año 2004, varios años después de fijarse en sus bancales por primera vez. González, propietario de Adega Algueira, fundó su proyecto en 1980, en una finca familiar de la ribera lucense del Sil. “Ahí plantaba de todo, pero había variedades que no funcionaban”. Uvas autóctonas como la Souson, la Caíño o la Brancellao “sufrían”, según explica. “Hace 45 años dábamos palos de ciego pero, después de varios viajes y de aprender mucho, crucé el río” para plantar en laderas con otras orientaciones.

El insecto que cambió el vino

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Pero cuando se topó con Cortezada, a finales de los 90, no iba en busca de viñas, sino de peces: caminaba por senderos hacia el río Edo —uno de los afluentes del Sil— para pescar, cuando vio unas terrazas “espectaculares”, pero absolutamente cubiertas de vegetación. Cuatro o cinco hectáreas de bancales por los que preguntó a un amigo de la zona. “Me dijo que ahí había trabajado su madre cuando era niña”, relata. Cuando se interesó por la propiedad de la parcela, se enteró de que estaba previsto construir allí un embalse con una pequeña central eléctrica. Toda la parte inferior de Cortezada podría estar ahora cubierta por el agua, pero el proyecto no se llegó a llevar a cabo. Entonces, González insistió para que se la vendieran y unos 15 años más tarde embotellaba el primer vino procedente de estas espectaculares gradas de la Ribeira Sacra orensana. Para este productor, parcelas así, en montañas, con distintas orientaciones, con sombras, pueden ser la solución al vino en el cambio climático.