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Los migrantes de Ceuta que se quedaron fuera: “La playa no parece más vacía”
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Los migrantes que se quedaron fuera del campamento del puerto de Ceuta: “La playa no parece más vacía”

Gabriela Sánchez

18 de septiembre de 2026 22:07 h

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Tirados en el suelo, con camisetas o sudaderas para protegerse del sol, sin agua que beber ni nada que comer, aún dibujaban con sus dedos la uve de la victoria. Annas ocultaba su cara con su brazo y, agotado, aún guardaba ilusión por lograr dormir esta noche en una cama bajo las carpas instaladas por el Gobierno en el puerto de Ceuta. A Kamal se le cerraban los ojos mientras esperaba las indicaciones de la Policía Nacional para seguir el camino hacia el campamento como el resto de sus compañeros. La pierna infectada de Ahmed le impidió correr tanto como sus compañeros y, en su silla de ruedas, esperaba en la playa una nueva señal de los agentes.

Cuando los policías volvieron a dirigirse a ellos, el mensaje no fue el esperado. El centro estaba lleno. Las 1.700 camas desplegadas bajo unas grandes lonas blancas ya habían sido ocupadas. Y ellos no dormirían en ellas.

Si seis horas antes miles de personas corrían enérgicas hacia el puerto, ahora cientos de ellos caminaban desfondados y sin fuerzas para emitir queja alguna. Su mirada contaba lo poco que les apetecía hablar y sus ojeras describían una noche sin apenas horas de sueño ante los rumores de un desalojo que no fue como imaginaban. Andaban cabizbajos hacia el mismo lugar del que salieron poco antes de las siete de la mañana cuando celebraban ilusionados su traslado a un centro de acogida. Pero sus plazas fueron insuficientes para albergar a los migrantes que tuvieron la opción de intentar entrar al campamento; mucho menos a los miles de marroquíes que aspiraban a ello, repartidos por los asentamientos de Benítez y Trampolín.

Annas empujaba la silla de Ahmed como lo ha hecho durante los ocho días en que su amigo lleva postrado en ella. Lo que primero fue una herida pasó a ser una infección que empezó a inflamar su pierna y, ahora, se extiende hasta la rodilla. “Me duele mucho, no puedo andar, está muy hinchada. Me han dicho que quizá tengan que operarme, pero siento que no me la están mirando bien... Yo no podía correr como el resto, y por eso tuve que pasar horas en la playa, con la esperanza de que alguien viniese a por mí, pero no fue así”, dice el hombre, decepcionado. “Necesito ir a un albergue. Me duele mucho la pierna. Tengo cita con el médico hoy y muchas veces no puedo ir porque no puedo ir andando ni tengo dinero para pagar un taxi. Estoy agotado”, dice el marroquí, ya de vuelta en la chabola en la que duerme desde hace semanas.

Se toca la pierna de vez en cuando durante la conversación. “Está muy caliente”, dice. “Me da mucho miedo que tengan que amputármela. ¿Crees que puede ocurrir?”, pregunta Ahmed. La herida que acabó infectada hasta impedirle caminar le complica aún más su, ya de por sí, precaria vida en el asentamiento de Benítez.

“No puedo ir al baño sin ayuda. Suelo tener que ir muy lejos, a buscar baños para discapacitados”, se queja. Señala a Annas, el joven que le ayuda en cada visita al baño, compra de medicinas y cita médica. Cuando comenzó el traslado de migrantes al campamento del puerto, él estaba despierto. Podría haber corrido junto al resto de compañeros y, lo más seguro, habría conseguido dormir esta noche bajo techo. Decidió no intentarlo; optó por ir al ritmo de Ahmed y esperar junto a su silla de ruedas.

“Podría estar ahora mismo en el centro, pero no me quiero separar de él. No le voy a abandonar ahora. Debería haber hueco para casos así, que están enfermos y no pueden correr para conseguir entrar en el centro, porque ellos son los que más lo necesitan”, dice el joven con preocupación.

Kamal suele dormir en la playa del Trampolín, pero los rumores sobre un traslado al campamento del puerto le empujaron a dormir unas pocas horas y caminar hasta el paseo marítimo de Benítez. Sospechaba, como cientos de migrantes, que el operativo policial para realojarles empezaría en esa playa, dado que el número de personas que pernoctan en el asentamiento más simbólico de la crisis en Ceuta superaba con creces las plazas del nuevo campamento.

“Espero que nos veamos en el campo”, dijo el marroquí, en perfecto español, pues vivió en España durante años, antes de empezar a caminar hacia el lugar donde pretendía quedarse.

Horas después, elDiario.es se lo encontró de nuevo en el asentamiento del Trampolín. “Pues aquí sigo”, dijo tomándoselo con humor mientras reconocía su fuerte decepción. “No sé qué ha pasado. Llevaba ahí, atento, desde las 4 de la mañana, pero de repente apareció muchísima gente que no sé de donde salió”, relata.

“En un momento dado, al descontrolarse, a algunos nos echó la Policía más para atrás. Estaba en el último grupo y, después de pasar horas al sol, con muchísima sed, nos dijeron que no cabíamos, que estaba lleno”. A su lado, otro chico se ríe de sí mismo al contar que este fue el tercer traslado en que se queda a las puertas de entrar en uno de los centros gubernamentales. “Creo que no lo voy a intentar más”.

Había salido uno de los primeros con dirección al puerto, pero Annas tuvo mala suerte. Cuando los agentes dividieron el grupo para controlar a las miles de personas que intentaban lograr una plaza en el nuevo campamento, la policía le ordenó ir para atrás. “Estaba delante, en uno de los laterales. De repente, nos mandaron irnos para atrás a quienes estabamos ahí”, recuerda el joven marroquí. En los últimos minustos del traslado, Annas estaba sentado entre uno de los últimos grupos que esperaban alcanzar el campo, pero no tuvo suerte. “Nos han dicho que nos fuésemos, que ya nos enteraremos si abren otro centro”. Una hora más tarde, sus compañeros cocinaban la comida en las escondidas tiendas de su asentamiento.

Tras el desalojo, los asentamientos de Trampolín y Benítez continuaron con su rutina habitual y apenas se percibía cambio alguno. “Seguimos siendo muchísimos, no entiendo de dónde han salido las 1.700 personas”, comenta Kamal. En los entresijos de las chabolas, elDiario.es encuentra algunas vacías. Mohamed señala varias tiendas abandonadas por sus vecinos de madrugada para conseguir una plaza en el campo. “No han vuelto, lo han conseguido”, explica mientras cocina la comida en el lugar del que no logra salir.

“Yo ni me enteré, estaba dormido”, añade. Pese a la salida de algunas personas del Trampolín, la actividad del campamento es similar a la de días anteriores, lo que evidencia el contraste entre las cifras oficiales de migrantes en Ceuta que maneja el Gobierno con la realidad del terreno.

Mientras ellos continúan su complicada rutina en el asentamiento de Benítez, en condiciones de insalubridad y con solo una comida al día, 1.700 migrantes se han asentado en el campamento. Colocados en fila, decenas de jóvenes han entrado en el recinto vallado, donde les esperaba el personal de Samu para colocar sus pulseras identificativas y cachearles antes de su acceso definitivo. “Hala Madrid”, decía uno de ellos, una manera de expresar su alegría y agradecimiento por ser acogido en un espacio digno más de un mes y medio después de la crisis migratoria.