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ENTREVISTA Taina Tervonen, periodista y escritora

Taina Tervonen: “Las familias de migrantes desaparecidos se cuentan dos historias a la vez: que están vivos y que están muertos”

Jairo Vargas

13 de julio de 2026 21:19 h

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Dice Taina Tervonen (Finlandia, 1973) que no cubriría asuntos migratorios si no existieran personas como los cinco entrevistados de su último libro. Los vigías. Cinco centinelas de las fronteras (Errata Naturae) es un ejercicio de escucha que formula grandes preguntas para las que pocas veces hay respuesta. ¿Qué se le puede decir a un padre que busca a su hija tras meses desaparecida cuando iba en una embarcación que naufragó en el Mediterráneo? ¿Por qué ese padre solo puede preguntar por su hija a una persona anónima que atiende el teléfono en sus ratos libres? ¿Por qué hay cientos de naufragios de migrantes de los que no se sabe nada? ¿Por qué es de más ayuda para los migrantes la cuenta de Facebook de una jubilada francesa que cualquier institución pública europea? ¿Cuántos detalles desconocemos sobre lo que implica el proceso migratorio y por qué llegamos a saber solo algunas cosas?

Esos son los interrogantes que la periodista franco-finlandesa aborda en su último trabajo, un libro cuyos protagonistas son ciudadanos anónimos, comunes y corrientes, que un día decidieron hacer algo que nadie les había pedido: alertar sobre vidas de migrantes en riesgo y apoyar la búsqueda de desaparecidos en Europa.

¿Quiénes son los vigías y por qué ha decidido dedicar un libro a su historia?

Es un libro particular si lo comparamos con mis otros libros. Suelo escribir sobre mis incertidumbres al observar la realidad. Sin embargo, en Los vigías fue al contrario. Empieza y acaba con una de las cinco vigías con las que hablo, Marie Consnay. Ella me contactó para informarme de que tanto ella como otros vigías anónimos, habían seguido en directo varios naufragios de migrantes en muy pocos días con una elevadísima cantidad de fallecidos o desaparecidos. La cobertura de la cuestión migratoria es difícil hoy en día.

Tanto en Finlandia, donde he trabajado durante 25 años sobre temas migratorios, como en Francia, fue muy difícil, imposible, escribir sobre esto. Así que se me ocurrió otra manera de contar esta historia: a través de un libro que luego también se ha convertido en un podcast y que ahora estamos plasmando en una película. Los cinco protagonistas, al principio, tenían sus reservas, querían mantener el anonimato. No querían ser protagonistas de la historia. Pero finalmente esta manera nos ha permitido conocer los problemas que atraviesan los pasajeros, los migrantes, a través de sus voces.

Usted lleva décadas informando sobre las migraciones desde todos sus ángulos, ¿se siente identificada con ellos?

Identificada no, porque mi trabajo es muy diferente al suyo. Durante mi colaboración con estas cinco personas hubo momentos en los que me sentí implicada y no del todo cómoda. Por ejemplo, ellos me daban información sobre embarcaciones a la deriva y en problemas, me daban el teléfono de la Marina Real Marroquí para que les preguntara, porque siempre tardan mucho en acudir a un rescate. Hay una línea que separa el trabajo de los periodistas con la labor de los activistas. Es cierto que esa frontera puede ser más o menos permeable.

Puede suceder, y sucede de hecho, que haya familias que me pidan información o contactos en países que conozco bien para que ellos puedan averiguar algo. En esos casos dejo que la información circule, me parece algo natural, no es activismo. Por ejemplo, un contacto que conocí en Senegal cuando realizaba una cobertura me pidió información para una familia que quería confirmar si su hijo estaba en una cárcel española después de viajar en cayuco. Yo puedo decir a quién preguntar, facilitar contactos y eso puede ayudarles a averiguar lo que quieren. Pero mi trabajo no es encontrar a ese hijo perdido, que, en cambio, sí es parte de la labor de algunos de los vigías de mi libro.

El trabajo periodístico y de personas que trabajan en ONG y asociaciones ha sido y es muy importante para que las cosas no vayan todavía a peor. Tenemos que abrir una ventana a un universo paralelo y oculto, hacernos preguntas que quizás no nos estamos haciendo.

Si echa la vista atrás, desde que empezó a contar historias del proceso migratorio y de cómo Europa trata de blindarse cada vez con más violencia, ¿cree que su trabajo ha servido para que la sociedad sepa lo que hacen sus gobernantes en las fronteras y exijan cambios?

No ha servido. Al menos, en Finlandia y Francia, no. El trabajo de los periodistas no ha servido para que haya un cambio en las políticas. De hecho, se han vuelto más restrictivas, más estrictas, más violentas en toda Europa. No obstante, como periodista, considero fundamental abordar estas cuestiones. La migración es una de las grandes preguntas abiertas para las sociedades occidentales y africanas. Es que estos temas tampoco se suelen cubrir en los países de origen.

El trabajo periodístico y de personas que trabajan en ONG y asociaciones ha sido y es muy importante para que las cosas no vayan todavía a peor. Más allá de las políticas migratorias que se apliquen, es vital un trabajo periodístico que busque historias que los lectores no irían a buscar de manera natural. Tenemos que abrir una ventana a un universo paralelo y oculto, hacernos preguntas que quizás no nos estamos haciendo. Este tipo de trabajo no se limita a una información puntual, sino que conlleva una investigación y un trabajo de reporterismo que son cada vez más importantes ahora, cuando los medios de comunicación cada vez dedican menos recursos en tiempo o dinero a este tipo de investigaciones.

La publicación del libro ha coincidido con el contexto internacional de mayor desprecio hacia los derechos humanos por parte de los líderes mundiales. Si ya era difícil que los medios se interesaran por el drama migratorio de personas africanas, ¿cree que se están contando los flujos migratorios africanos?

El problema con los medios de comunicación es que están completamente ahogados en la información del día a día. Con las cosas que dice Trump ya tienen suficiente trabajo. En mi experiencia como periodista independiente, mis compañeros que sí que están en una redacción a diario no tienen tiempo para cubrir historias sobre migraciones porque para ellos hay cosas más urgentes. No obstante, el público sí tiene interés. Cuando presenté este libro en Francia hubo muchas personas que se acercaron a mí para decirme que estaban implicadas de alguna manera en ayudar a personas migrantes y, si no lo estaban, lo que querían es saber más. Hay dos realidades diferentes: los medios y el público. Creo que si queremos hablar de migraciones hoy en día, quizás los periodistas no debamos pasar por los medios de comunicación.

De todas las duras historias que se tratan en el libro, ¿hay alguna que le haya marcado más, que le parezca aún más difícil de asimilar?

Es difícil elegir. Esa misma pregunta se la he hecho yo a los vigías del libro. Pero en realidad hubo una que me afectó, me hizo pensar mucho. Fue una conversación en directo, por teléfono, que yo presencié entre Hervé, uno de los vigías, y un hombre que estaba buscando a su hija y a su mujer embarazada, desaparecidas en el trayecto migratorio. Yo he trabajado mucho el tema de las personas desaparecidas, el concepto “desaparecido” en sí mimo, cuando cubrí los efectos de la guerra en Bosnia. Los desaparecidos causan en quien los está buscando mucho dolor y mucho sufrimiento. Este hombre decía en la misma frase que su mujer y su hija estaban vivas y también que estaban muertas. Decía: “No tengo pruebas, por lo tanto, están vivas”. Y, a continuación, decía frases como “no sé cómo voy a poder vivir sin ellas”.

Cuando hay una desaparición, cuando no hay cuerpo, es muy normal que tengamos que contarnos dos historias a la vez a nosotros mismos. A la vez esta persona está viva, a la vez esta persona está muerta. Contarnos estas historias nos puede volver locos. Nosotros le escuchábamos, sabíamos que no había mucho que pudiéramos hacer salvo acompañarle, el camino lo tendría que hacer solo, no se sabe durante cuánto tiempo. Solo puedes desear que ese hombre encuentre algo de paz al final del camino.

Sobre los desaparecidos, las facilidades y el esfuerzo de los países europeos para lograr la identificación son prácticamente nulos. Llega a afirmar que es una clara muestra de que las vidas no blancas valen mucho menos para la sociedad europea.

Es evidente y es necesario decirlo. Las políticas europeas son racistas y, lamentablemente, la situación política actual no creo que cambie pronto. Las desapariciones y las identificaciones son temas a los que le he dedicado mucho tiempo. Empecé cuando apareció el cadáver de Aylan Kurdi. Mejor dicho, cuando apareció aquella famosa foto. Me extrañó que detrás de esa imagen hubiera un nombre, porque normalmente no ocurre. Pero en este caso, era un niño blanco, vestido como un niño occidental que va a la playa, no tenía grandes signos de ahogamiento, que suele ser muy desagradable y no se quiere publicar en prensa. Para mí esta foto simboliza el racismo de las políticas. Se mostró esa foto solo porque ese niño se parecía a los nuestros. ¿Qué hubiera pasado si hubiera sido negro? ¿La foto se hubiera publicado? ¿La reacción habría sido la misma?

Entre 2016 y 2020 he visitado España, Grecia e Italia, puntos donde suelen llegar los cuerpos. He visto cómo guardacostas, policías y médicos forenses se implicaban en estas labores de identificación de manera personal, no porque tuvieran que hacerlo, no era su responsabilidad. Estas iniciativas nos dan esperanza. Pero a nivel institucional no hay ninguna estructura para estas labores, no hay coordinación entre países, no hay un lugar al que las familias puedan ir a preguntar por sus seres queridos desaparecidos. Creo que debería existir a nivel europeo una estructura similar para esta labor como ya existe por ejemplo con los centros para pedir asilo. Pero muchas veces el problema no es solo identificar, sino encontrar los cuerpos. Muchos nunca aparecen.

Las redadas del ICE contra migrantes en EEUU han acaparado toda la atención en Europa en los últimos meses, sin embargo, historias aún más violentas pasan a diario en las fronteras europeas fruto de nuestras políticas migratorias. ¿Por qué unas interesan, incluso indignan a la sociedad, y otras parece que lo hacen menos? Pienso, por ejemplo, en la tragedia de Melilla en 2022.

Siempre es mucho más fácil indignarse por algo que sucede en otro lugar, que no nos afecta directamente y de los que no somos responsables. Pero las políticas y prácticas europeas sí son nuestra responsabilidad. En el caso de Melilla, se puso en práctica la mirada racista europea. De esos hechos tuvimos imágenes, vídeos terroríficos, pero las víctimas eran negras.

Yo crecí en Senegal, en clase estaba rodeada de alumnos negros y en la materia e Historia estudiábamos la esclavitud y el colonialismo. Mi manera de crecer ha sido diferente, por ejemplo, a la de mis hijos que se han criado en París. Y ves cómo el racismo está muy presente en la educación. Por ejemplo, sobre violencia policial, los padres de los compañeros de clase de mi hijo que son racializados tienen que explicarles a sus hijos cómo deben comportarse ante la policía para que no les pase nada. Es una conversación que yo no he tenido que tener con mis hijos, porque ellos no corren el riesgo de sufrir esa violencia. Por lo tanto, esta opresión que sufren las personas negras en Europa es consecuencia directa del colonialismo y la esclavitud.

Yo crecí en Senegal, en clase estaba rodeada de alumnos negros y en la materia e Historia estudiábamos la esclavitud y el colonialismo. Mi manera de crecer ha sido diferente, por ejemplo, a la de mis hijos que se han criado en París. Los padres de los compañeros de clase de mi hijo que son racializados tienen que explicarles a sus hijos cómo deben comportarse ante la policía para que no les pase nada. Es algo que yo no he tenido que hacer.

¿Cómo es vivir en directo el naufragio de una embarcación que intenta llegar a Europa? ¿Cómo afecta psicológicamente y a la hora de elaborar el trabajo periodístico?

Yo no me considero una vigía, no he querido serlo para escribir este libro, aunque haya tenido que asistir a estas escenas habituales para ellos. Son momentos muy duros, por supuesto, afectan emocionalmente. Como periodista, necesito que haya una distancia entre lo que yo estoy contando y yo misma. Cuando doy talleres a estudiantes de periodismo, siempre digo que es fundamental que nuestra emoción no nos ciegue, que no sea la prioridad de nuestro mensaje, que debemos trasmitir las emociones de los demás. Hay temas que no he querido cubrir porque tenía miedo de que me afectaran demasiado.

Gracias al trabajo de estos vigías hemos podido saber el alto grado de responsabilidad de las autoridades europeas en grandes tragedias con decenas de fallecidos. Sin embargo, las condenas judiciales son muy escasas. ¿Por qué?

En el naufragio de Pilos, en aguas de Grecia, sí que ha habido una amplia investigación que ha terminado con condenas y juicios incluso contra guardacostas griegos. Es algo positivo, pero el problema es que esas condenas luego no se traducen en cambios de políticas. Hace ya tiempo que el control de fronteras tiene prioridad sobre los derechos humanos, y las leyes en Europa siguen ese rumbo. Lógicamente, eso va a dificultar cualquier condena, porque la justicia no dicta las políticas que se ponen en marcha, sino al contrario, las políticas, como el nuevo acuerdo europeo de migración y asilo, hacen legal lo que antes no lo era.

¿Se atreve a aventurar cómo será la situación migratoria en Europa en los próximos años?

La tendencia general va hacia situaciones más violentas contra los migrantes, a leyes más estrictas y que delegan esa violencia en actores de fuera de la UE, como la apertura de centros de detención y deportación en países exteriores. Hay focos de esperanza, como la regularización de migrantes en España. Pero también quiero destacar otras realidades en las que se implican ciudadanos anónimos, discretamente, sin hacer ruido en los medios de comunicación, pero haciendo cosas parecidas a las de los vigías de mi libro, sin ser parte de asociaciones u ONG. Gente que acogen a personas en sus casas, que ayudan a adolescentes sin papeles que están en problemas, gente que ayuda, que se resiste a la deriva actual. Quizás eso luego no se traduzca en políticas concretas, pero si solo pensara en lo que se está haciendo a nivel político, está claro que no querría seguir cubriendo estos temas, me deprimiría.