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ANÁLISIS

La globalización se resquebraja por varias costuras: de la energía y la IA al comercio y el capital

2 de noviembre de 2026 22:07 h

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El mundo, entre costuras. La globalización, ese proceso que emergió en los noventa a rebufo de los macro-acuerdos de liberalización comercial –mucho de ellos, multilaterales–, prometía que las mercancías viajarían por las rutas más eficientes, las empresas producirían donde resultara más barato y el capital acudiría hacia las latitudes con más rentabilidades. Pero esa arquitectura está seriamente dañada en la actualidad, amenazada de derrumbe y tambaleándose, aunque todavía sin precipitarse al vacío.

Es la narrativa que emana desde la OCDE, donde se sostiene que las cadenas de valor globales continúan operativas, en un permanente estado de reconfiguración y con cuotas productivas y de suministro a pleno rendimiento. A juicio de sus expertos, la globalización no ha firmado aún su acta de defunción. Tan solo se está reorientando, aunque con visos de tener que reinterpretar sus códigos genéticos. Esencialmente, porque la seguridad estratégica, el nuevo 'santo grial' al que la geopolítica global del último bienio ha dado carta de leyenda, está desplazando y ganando espacio a la eficiencia como criterio de organización económica.

La fractura deja una estela visible en la desaforada carrera competitiva entre EEUU y China y, en concreto en su comercio bilateral. Unctad, la agencia de la ONU para el Comercio y el Desarrollo, calcula que ese comercio conjunto retrocedió en unos 170.000 millones de dólares, casi del 25%, en 2025. Sin embargo, parte de esos intercambios se han desviado hacia terceros mercados, como Vietnam, Camboya, Egipto y otras economías llamadas conectoras que actúan como intermediarios entre ambas potencias.

El Atlas de Complejidad Económica de Harvard sobre capacidades productivas ayuda a entender este fenómeno. Desvela que los negocios globales han dejado de buscar salarios baratos; ahora importa más hallar estructuras industriales capaces de poner a pleno rendimiento las cadenas de suministro. De este modo, la economía global se bifurca, pero sus dos grandes polos continúan unidos por una red de intermediarios.

Sin embargo, existen varios cordones umbilicales a punto de cortarse. El primero es energético. Ormuz y Bab el-Mandeb han convertido dos estrechos marítimos en puntos de presión sobre el comercio mundial. Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) alerta de la excepcional gravedad de la situación para el suministro de gas y petróleo. La OCDE cree que las restricciones en el precio del dinero asociadas a la inflación restarán medio punto al PIB mundial. El segundo cordón en riesgo está instalado en los laboratorios. Las dos superpotencias compiten por chips avanzados, la IA y los minerales críticos, con vetos cruzados a transferencias tecnológicas y tierras raras. Goldman Sachs habla ya de dos ecosistemas de innovación que buscan los mejorar algoritmos, circuitos integrados, centros de datos, redes energéticas y apps industriales.

La innovación, histórico motor de integración, se ha convertido en arma de rivalidad geopolítica.

La transición energética es otro ámbito en riesgo de ruptura. Descarbonizar exigía cooperación hasta que el control de baterías, minerales críticos y tecnologías limpias ha multiplicado las estrategias industriales defensivas. Y un cuarto, vinculado al comercio, una fragmentación que para Heather O'Leary, analista de Charles Schwab, no implica necesariamente menos intercambios, sino rutas más largas, capacidades productivas duplicadas y más inventarios. Todo ello exige resiliencia, si bien reduce la eficiencia y alimenta la inflación. La consultora Oliver Wyman añade otra alerta, la de que los aranceles generan beneficiarios que terminan defendiendo el proteccionismo con fervor.

Por último, hay otra costura que pende de un hilo, la financiera. El FMI augura una deuda pública mundial del 100% del PIB en 2029, con EEUU gestionando los mayores costes de financiación y Europa costeando más recursos de defensa y protección social. Los analistas de McKinsey Global Institute inciden en que los elevados tipos de interés estrechan peligrosamente el diferencial de la deuda y el vigor económico de las potencias industrializadas e identifica una brecha en EEUU, que combina dinamización tecnológica con desequilibrios fiscales; en Europa, que se arriesga a una parálisis prolongada, y en China, que acumula deuda mientras digiere su crisis inmobiliaria.

La fragmentación geopolítica exige inversiones públicas cada vez mayores, precisamente cuando financiarlas resulta más costoso. Entonces, ¿está la globalización dejando de funcionar? O tan solo está digiriendo cuánto cuesta comerciar sin acuerdos multilaterales? Un recorrido por estos cinco frentes ayuda a entender la verdadera dimensión del decoupling global.

La crisis del diésel y el gas acelera la ruptura energética

El precio del gasóleo ha duplicado el de la gasolina desde julio. Christof Rühl, investigador de la Universidad de Columbia, advierte que la seguridad energética depende de mantener abiertas alternativas de abastecimiento y que la amenaza de Donald Trump de vetar las exportaciones estadounidenses de diésel, junto con sus presiones sobre Europa para adelantar la liberación de reservas estratégicas, ha evidenciado cómo las decisiones unilaterales pueden alterar los precios y desplazar los costes de suministro hacia otros países.

Estas medidas han incentivado el almacenamiento nacional, los pactos bilaterales y las políticas de autosuficiencia. A costa de debilitar la integración de los mercados. La reorientación alcanza también al gas. Mientras Qatar afronta restricciones a sus ventas de GNL por Ormuz, 4 bancos chinos le han proporcionado 3.000 millones de dólares de financiación, reforzando los vínculos estratégicos de Pekín con los emiratos del Golfo. La seguridad energética colectiva se subordina a las prioridades nacionales.

Chips americanos frente a energía china

Según SemiAnalysis, EEUU dispone de 56 gigavatios de capacidad operativa en centros de datos, frente a los 24 de China. Sin embargo, Pekín está convirtiendo su abundancia energética en una ventaja industrial. En Mongolia Interior, región autónoma donde coexisten enormes reservas de carbón con una extensa capacidad eólica, la electricidad para ciertos centros de datos cuesta menos de la mitad que en Pekín. David Fishman, analista de The Lantau Group, destaca los extraordinarios excedentes eléctricos de la región. China construye estas instalaciones en 12-18 meses, frente a los 18-24 habituales en EEUU y concentra casi la mitad de la potencia nuclear global actualmente en construcción.

Edison Lee, responsable de análisis tecnológico de Jefferies, señala el acceso a chips avanzados como el gran obstáculo de Pekín. En EEUU, Morgan Stanley estima que el déficit eléctrico para alimentar los procesadores previstos podría alcanzar un tercio de las necesidades hasta 2028. A ello se unen impedimentos como los retrasos administrativos y las protestas sociales. Un análisis de The Economist detecta un creciente desplazamiento de votos de estadounidenses que viven en las proximidades de centros de datos hacia líderes demócratas en las midterms.

De manera que la rivalidad tecnológica deja traslucir las vulnerabilidades geoestratégicas de ambas superpotencias. China dispone de electricidad abundante y habilidad constructora, pero demanda procesadores y EEUU domina los chips avanzados, aunque adolece de suficiente poder energético para impulsar el despliegue de su IA.

La descarbonización abre una brecha industrial

Mientras el Gabinete Trump impulsa el petróleo, el gas y el carbón, y frena proyectos eólicos, Europa acelera su apuesta por las tecnologías limpias para reducir su dependencia exterior. La UE destinó 418.000 millones de euros a energía limpia en 2025, aunque la Comisión estima que necesitará casi 660.000 millones anuales hasta 2030. China introduce un tercer elemento digresivo: su dominio de las cadenas de valor con tecnologías limpias, desde los paneles solares o baterías hasta el procesamiento de minerales críticos, lo que le permite condicionar los costes y el ritmo de la transición energética occidental. Según la AIE, China concentra más del 80% de la capacidad mundial de fabricación de módulos fotovoltaicos y alrededor del 85% de la producción de celdas de baterías.

Europa afronta así el reto de descarbonizar su economía mientras reduce su alta dependencia innovadora de Pekín.

La divergencia también afecta al capital privado. Según Preqin, los fondos de inversión captaron 31.000 millones de dólares en 2025, de los que 24.000 millones se destinaron a infraestructuras, principalmente renovables. Ian Simm, fundador de Impax Asset Management, considera que la crisis de Oriente Próximo ha reforzado el atractivo de las fuentes limpias como aval de resiliencia energética, mientras Hilary Wiek, de PitchBook, asegura que los inversores exigen rentabilidades financieras acreditadas más allá de los compromisos ambientales. La descarbonización conserva su capacidad de atraer capital, pero las diferencias regulatorias entre potencias y la competencia por las tecnologías limpias amenazan con fragmentar las inversiones y las cadenas industriales.

El proteccionismo redibuja el comercio mundial

Las rutas alternativas que evitan el Mar Rojo y rodean África prolongan los trayectos, elevan el consumo de combustible y encarecen los fletes, seguros e inventarios. A lo que hay que sumar el coste añadido de la ofensiva arancelaria de la Casa Blanca. Eleonora Mavroeidi, de Bloomberg Economics, calcula que el gravamen medio de EEUU llegó al 10,7% en agosto, frente al 2,3% de 2024, lo que ha reducido sus importaciones de mercancías alrededor de un 15% en el primer año de los peajes aduaneros trumpistas.

Sin embargo, este desacoplamiento ha redistribuido nichos de negocios. India ha aprovechado el repliegue comercial americano para ampliar su red de acuerdos de libre comercio con Europa y otras economías. Sus renovados tratados podrían añadir 140.000 millones de dólares al PIB indio en 2035, un repunte del 1,7%, y elevar sus exportaciones cerca de un 10% si se materializan todos los acuerdos contemplados. La estrategia de Narendra Modi combina apertura comercial, incentivos industriales y atracción de inversión extranjera.

La crisis de deuda amenaza la arquitectura financiera

Según The Economist, las economías avanzadas ya destinan alrededor del 8% de sus ingresos fiscales al pago neto de intereses y el FMI alerta de que un nuevo episodio inflacionista o de desconfianza fiscal podría desencadenar ventas generalizadas de deuda soberana y turbulencias financieras. El pulso geopolítico exige más inversión pública cuando los mercados empiezan a cuestionar la capacidad de los Estados para financiarla.