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La veterinaria que eligió Teruel para conservar una raza autóctona y probar que los pueblos pequeños tienen futuro

La historia de Marta Barba también habla de la posibilidad de construir una vida profesional y personal fuera de las grandes ciudades sin renunciar al conocimiento, a la innovación ni a la ambición de emprender.

María Bosque Senero

2 de noviembre de 2026 22:07 h

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Hay decisiones que cambian el rumbo de una vida. Para Marta Barba, una de ellas fue detenerse y preguntarse si quería seguir viviendo para trabajar o empezar a organizar el trabajo en torno a la vida que deseaba tener.

Su trayectoria profesional podía haberla llevado a permanecer lejos de Aragón. Nacida en una pequeña localidad oscense, amante de los grandes animales y veterinaria de formación, se especializó en medicina interna de équidos e investigación, lo que la llevó a realizar gran parte de su trabajo en Francia, Estados Unidos, Nottingham y Glasgow en el Reino Unido, entre otros países.

Sin embargo, el regreso a sus raíces terminó abriéndose paso entre los planes profesionales. Si algo tenía claro Marta era que volver no iba a significar renunciar al conocimiento adquirido, sino buscar otra manera de ponerlo en práctica. “No quería que la vida se ajustase al trabajo, sino el trabajo a la vida”, apunta la ganadera sobre su decisión de instalarse en Alcalá de la Selva, en Teruel, en la Sierra de Gúdar, origen de sus compañeros Miguel Paricio y Antonio Monfort.

La de Marta, es una historia que habla de una mujer formada fuera, con experiencia internacional, que encontró en el medio rural una oportunidad para construir una vida diferente. Pero, al mismo tiempo, esta oscense también representa a una generación de mujeres que reivindican su espacio como profesionales y emprendedoras rurales, demostrando que quedarse o regresar a un pueblo pequeño no significa renunciar a la formación, a la innovación, ni a las aspiraciones personales.

Volver no es retroceder

Marta, Miguel y Antonio se conocieron estudiando Veterinaria en la Universidad de Zaragoza. Después de diferentes experiencias profesionales, los tres compartían el deseo de establecerse en el territorio y contribuir al desarrollo rural. Después de pensar en distintos lugares donde establecer su proyecto se decidieron por la sierra de Gudar, una zona eminentemente ganadera en la provincia de Teruel.

A más de 1.400 metros de altura, en el año 2020 pusieron en marcha La Albarda, un proyecto de ganadería extensiva de vacuno que nació con una idea clara: producir carne de calidad, respetar el bienestar animal y acercar el producto al consumidor sin depender de una larga cadena de intermediarios.

El proyecto no partía de una empresa familiar heredada ni de una estructura previamente consolidada. “No teníamos negocio familiar, así que empezamos de cero”, subraya Marta mientras reivindica que empezar desde cero implica asumir muchos más riesgos, aprender sobre la marcha y afrontar dificultades que van desde la gestión de las fincas hasta la comercialización. Conscientes de estas dificultades decidieron que, hasta que la explotación fuera totalmente viable, dos de ellos conservarían sus trabajos, una de ellos fue Marta, que continuó al frente de la gestión de la sede del CITA -Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón- en Teruel.

Ahora, seis años más tarde, Marta y Antonio ya están totalmente incorporados en la explotación y esperan que pronto también pueda hacerlo Miguel, el tercer socio. Comenzar de cero conlleva estos riesgos y la toma de decisiones complejas como esta, pero, también permite construir un modelo propio, con decisiones coherentes con la forma de entender el trabajo y el territorio.

Para Marta, La Albarda es mucho más que una actividad económica, “es una forma de vida”. La frase resume una apuesta que no se limita a producir carne. Se trata de vivir en el medio rural, trabajar con sus recursos y contribuir a que siga existiendo actividad económica en lugares donde cada nueva iniciativa puede marcar la diferencia.

Marta también reivindica el efecto que puede tener el emprendimiento sobre el conjunto de una comunidad. “Si unos emprenden, se crean dinámicas que contagian al resto”, confiesa. La llegada o permanencia de personas jóvenes, la aparición de nuevas actividades y la colaboración entre profesionales pueden contribuir a cambiar la percepción de los pueblos: de lugares donde escasean las oportunidades a espacios donde todavía queda mucho por construir.

Porque la despoblación no se combate solo pidiendo a la gente que se quede. También hacen falta proyectos capaces de generar actividad, aprovechar los recursos locales y ofrecer oportunidades de futuro. La Albarda es un ejemplo, un referente de esa voluntad de construir desde el territorio, con una mirada profesional que combina los conocimientos adquiridos fuera con las posibilidades que ofrece la tierra propia.

La Serrana de Teruel, una raza que merece seguir viva

Entre las apuestas más significativas de La Albarda está su compromiso con la Serrana de Teruel, una raza bovina autóctona ligada a la historia ganadera de la provincia y catalogada oficialmente como raza autóctona amenazada.

La conservación de una raza local no es solamente una cuestión de genética animal. También significa preservar una parte del patrimonio rural, de la adaptación al territorio y de los conocimientos acumulados durante generaciones. Los tres socios han incorporado ejemplares de Serrana de Teruel a su ganadería. Una raza que ha sido conservada hasta la fecha gracias al empeño “de una decena de ganaderos de la zona, que nos han vendido unos cuantos ejemplares”, explica Marta. La idea es explorar las posibilidades productivas de esta raza “con menos cantidad de carne, pero de una calidad excelente”, asegura la ganadera

La recuperación de la Serrana de Teruel encaja en la filosofía de estos tres emprendedores: dar valor a los recursos propios y buscar fórmulas para que la conservación de una raza amenazada tenga también una base económica. Una idea alineada con la defensa de la soberanía alimentaria y por la apuesta por un modelo de producción basado en la carne de pasto.

Porque proteger una raza no consiste únicamente en evitar su desaparición. También hace falta mantener los animales, dar a conocer sus características y conseguir que exista interés por los productos que pueden ofrecer. Los tres veterinarios tienen claro que la comercialización de su carne puede contribuir a ese objetivo, siempre que se desarrolle de manera viable y respetando las particularidades de la raza. “Estamos comenzando esta andadura y confiamos en que salga bien”, apunta Marta Barba, consciente de que una raza ganadera que corre el riesgo de perderse puede convertirse también en una oportunidad para el territorio.

Del pasto a la mesa: cerrar el ciclo

La Albarda apuesta por la ganadería extensiva y ecológica, con sus setenta vacasy todos los terneros engordando al aire libre con la hierba y los forrajes como su alimentación. A esa manera de criar el ganado se suma otra decisión fundamental: controlar el mayor número posible de etapas de la producción.

La Albarda trabaja para integrar la producción agrícola y ganadera, aprovechar las fincas que gestiona y producir en ellas el alimento de los animales, reduciendo la dependencia de recursos externos. La intención es que el pastoreo y los forrajes cultivados en sus propias tierras tengan el mayor protagonismo posible, con una gestión adaptada a los ritmos de las estaciones y a las necesidades del rebaño.

Además, en lugar de limitarse a criar animales y venderlos a otros operadores, esta explotación ha desarrollado la venta directa de carne al consumidor. El objetivo es acercar el producto a quien lo compra, explicar cómo se ha producido y procurar que una mayor parte del valor generado permanezca en el propio proyecto. Pero también exige asumir nuevas responsabilidades: organizar pedidos, gestionar los lotes, coordinar el sacrificio y el despiece y distribuir la carne. “Hay compradores que quieren apostar por este tipo de productos, lo que tenemos que hacer es ponérselo fácil a la hora de comprarlos”, explica Marta.

A cambio de esta implementación del trabajo, la relación permite establecer un vínculo más cercano con los consumidores, unos consumidores fieles que se adaptan al ciclo natural de la explotación. “Los restaurantes con los que trabajamos apuestan por nuestra forma de producción, son conscientes de que no siempre tenemos producto ni el mismo producto, y adaptan su carta a esa filosofía”, explica Marta Barba.

El proyecto busca, en definitiva, que la carne no sea un producto anónimo, separado de la tierra y de las personas que lo han hecho posible. Quien compra no adquiere únicamente un alimento: también puede respaldar una forma de producir que apuesta por el bienestar animal, la gestión responsable de los recursos y el mantenimiento de la actividad económica en el medio rural. “No puede seguir siendo lineal la explotación de recursos porque estos son finitos, se acaban”, subraya la veterinaria, defensora de la necesidad de buscar modelos de producción capaces de aprovechar los recursos sin comprometer su disponibilidad futura.

Una forma de vida con futuro

La historia de Marta Barba no solo cuenta la vida de una mujer que ha decidido apostar por la ganadería, también habla de la posibilidad de construir una vida profesional y personal fuera de las grandes ciudades sin renunciar al conocimiento, a la innovación ni a la ambición de emprender. Su trayectoria demuestra que el talento no tiene por qué seguir siempre el camino de salida. También puede recorrer el camino de vuelta y convertirse en una oportunidad para los lugares que, durante años, han visto marcharse a buena parte de sus jóvenes.

La recuperación de la Serrana de Teruel, la producción de alimentos en las propias fincas y la venta directa de carne son piezas de una misma apuesta: dar valor a los recursos locales, mantener el control sobre la actividad y demostrar que un pueblo pequeño puede ser el escenario de un proyecto empresarial con identidad propia.

Marta y sus compañeros han decidido construir ese futuro desde el trabajo cotidiano, los animales y la tierra. Su experiencia recuerda que innovar no significa alejarse de lo que se ha hecho durante generaciones, sino que pasa por recuperar aquello que estaba a punto de perderse, aplicar nuevos conocimientos y encontrar la manera de hacerlo viable.

Y que apostar por una raza autóctona, cultivar el alimento del ganado y acercar la carne directamente al consumidor puede ser mucho más que una decisión empresarial: puede ser una forma concreta de defender el territorio, poniendo en valor la vida en los pueblos pequeños demostrando que estos no pertenecen únicamente al pasado, sino que siguen tejiendo su propio futuro.

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