La portada de mañana
Acceder
Justicia e Igualdad revisan cada punto de la ley del 'solo sí es sí'
El deterioro de Doñana impide que las aves se reproduzcan en su santuario
¿Quién se atreve a rebajar la pena a un violador? Por Ignacio Escolar

India gana músculo global con un doble 'sorpasso’: quinta economía del mundo y país más poblado del planeta

Es el momento de India. El doble juego diplomático con el que su primer ministro, Narendra Modi, ha sido capaz de evitar la condena a Rusia por la invasión de Ucrania y alinearse con las sanciones occidentales a Moscú empieza a dar sus frutos. También en su espacio regional, donde Nueva Delhi lleva años forjando alianzas geoestratégicas con China en el club BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) al tiempo que sella el Tratado Indo-Pacífico con EEUU, Japón y otra decena de naciones asiáticas de rentas altas -Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda o Singapur- y otros mercados emergentes. El Tratado Indo-Pacífico configura una unión aduanera de promoción del comercio y de las inversiones que acapara el 40% del PIB mundial y de la que ha sido deliberadamente excluido el gigante chino.

China resetea su economía con un intervencionismo al dictado de Xi Jinping

Más

El nacionalismo hinduista de Modi es el artífice de este siempre complejo juego de equilibrios y cambios de lealtades que ha proporcionado a India un mayor músculo internacional. “En los últimos años, tanto EEUU, como Rusia y China han acudido a cortejar a India para tratar de restar ventajas estratégicas a sus adversarios” explica Derek Grossman, analista de Defensa en la Rand Corporation -uno de los think-tank más influyentes de EEUU financiado por el Pentágono y la CIA- y especializado en la zona del Indo-Pacífico.

A su juicio, India está ante su gran oportunidad histórica. “Es el instante idóneo para que exhiba y consolide su estatus de superpoder independiente dentro del BRICS y del G-20, ponga en liza el compromiso de Modi de que el orden mundial transite hacia un sistema multipolar y haga un uso estratégico en su presidencia rotatoria del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para recibir el plácet de miembro permanente”, explica Grossman en un reciente análisis en Foreign Policy.

La Administración Biden ha restablecido el estatus a India de nación favorecida en su estrategia diplomática. En el terreno comercial, con su integración en el espacio Indo-Pacífico, y en el orden geopolítico, porque Delhi forma parte también del Diálogo Cuadrilateral -conocido como Quad- junto a EEUU, Australia y Japón. “Nadie pone en duda en el G20 que India se ha convertido en el socio más importante de EEUU”, enfatiza Grossman.

Al principio el presidente americano tildó de “algo inestable” la promesa de Delhi de asumir las represalias occidentales al Kremlin. “Se produjo un cambio de tono”, aclara Grossman con el que Biden y Modi han puesto en valor una alianza “que está entre las más intensas de la Tierra”, según el dirigente demócrata. Este acuerdo pasa por permitir una condena tenue a Moscú, a cambio de lograr flujos de petróleo y gas con descuentos desde el Kremlin, y la compra de material militar que EEUU irá proporcionando en los próximos años. La Casa Blanca baraja conceder a Delhi una línea de financiación de 500 millones de dólares.

En Occidente cunde la visión de que India “está en su pleno derecho de realizar una diplomacia pragmática, multilateral e independiente”, mientras aporta matices en sus históricas relaciones con Rusia y en su larga rivalidad con China, afirma Grossman. La acción exterior india se inclina ahora más hacia el lado estadounidense, después del tumultuoso mandato de Donald Trump.

Salto a la elite económica mundial

India cuenta con galones adicionales para ocupar su nuevo lugar en la reedición de la Guerra Fría actual. En el orden económico, porque acaba de recibir el reconocimiento del FMI como quinto PIB global, con un valor de mercado, a precios corrientes, de 3,468 billones de dólares. Fue en la revisión semestral de este otoño y dejó un aviso a navegantes: supera a Reino Unido y se sitúa a tiro de piedra de rebasar a las otras dos grandes potencias industrializadas y socios del G-7 -Alemania, con un PIB de 4 billones y a Japón, con 4,3-, aunque todavía está muy lejos de los países que se disputan el cetro global: EEUU y China.

Las perspectivas de su ministra de Finanzas, Nirmala Sitharaman, es que India será la tercera de las economías mundiales en “diez o quince años”; diagnóstico que comparten firmas de servicios profesionales como PwC, que viene augurando este salto de Delhi desde 2014. Para la arquitecta económica india el horizonte de la década de los treinta presenciará este doble adelantamiento -a Alemania y Japón- gracias a los “profundos lazos geoestratégicos que está forjando con la Casa Blanca”. Lo dijo a mediados de noviembre en la Novena Reunión del Partenariado Económico y Financiero EEUU-India, en presencia de su homóloga del Tesoro americano, Janet Yellen. Sitharaman resaltó la connivencia generada entre Modi y el presidente de EEUU, Joe Biden, en asuntos como la compleja coyuntura de los mercados, las finanzas y la economía globales, el avance armonizador en aspectos de fiscalidad transnacional, la resiliencia de las cadenas de valor o la seguridad en los suministros de materias primas. Asuntos todos ellos que adquirirán la vitola de multilaterales durante la presidencia india del G-20 en 2023.

En Morgan Stanley creen, sin embargo, que India será la tercera potencia en 2027 debido a una triple tendencia que se ha instaurado en el país y que combina su aprovechamiento del proceso de deslocalización global, avances en digitalización y apuesta por la transición energética. “Para 2031 el PIB indio podría duplicarse con creces, desde los 3,5 billones actuales a los 7,5 billones”, pronostican en su informe India’s Impending Economic Boom. Con una cuota exportadora global que se multiplicará también por dos -en especial, por el avance de las manufacturas en su PIB al que aportará el 21% de su capacidad productiva en 2031- y una plaza bursátil, su índice BSE, que crecería en torno al 11% cada año hasta alcanzar una capitalización de 10 billones de dólares al inicio de la próxima década.

Para Modi, la conversión de India en potencia global es un “asunto aspiracional” como sociedad que se inauguró hace ocho años, con su llegada al poder tras la victoria de su partido, Bharatiya Janata, en las elecciones de 2014. Desde entonces ha seguido una estrategia de renovación de la red de infraestructuras con medidas de atracción del capital foráneo y de conciliación con el empresariado doméstico para crear un adecuado clima para hacer negocios.

Pero hay más símbolos de la ascensión global de India. Como su intento de crear un hub financiero que rivalice con Singapur o Dubái. En el Gujarat International Finance se congregan varias decenas de miles de empleados de firmas y bancos de inversión como JP Morgan, HSBC y compañías tecnológicas. Se trata del estado indio en el que nació Modi, donde un vasto complejo de oficinas entre su capital Gandhinagar y su principal ciudad, Ahmedabad maneja un negocio de 33.000 millones de dólares.

El Ejecutivo indio pretende que este polo empresarial se convierta en un oasis del libre mercado con ventajas fiscales y financieras. Es una oportunidad -dicen en The Economist- cuando el mundo necesita un motor económico ante el parón chino por la política Covid-cero y las tensiones en sus sistemas bancario e inmobiliario. India parece “en forma y dispuesta a propulsar su actividad”.

El factor de nación más poblada del planeta

En paralelo, además, India se convertirá, el 14 de abril de 2023, de forma oficial en la nación más poblada del mundo, según los cálculos de Naciones Unidas, relegando a China al segundo lugar. Es el otro gran sorpasso, término en italiano que significa adelantamiento. India pasará a tener un censo de 1.425,775 millones cuando en 1750, en los prolegómenos de la Revolución Industrial, y sin ser un país unificado tenía 200 millones.

El factor poblacional es otro elemento del currículum indio para lograr tener sillón propio en el Consejo de Seguridad de la ONU, además de su reconocido acceso al club de las potencias con arsenal nuclear. Para Modi es necesario solventar esta anomalía. Pese a ser una sexta parte más pequeña que China, el mercado indio aportará más de la sexta parte del crecimiento de la población global en edad de trabajar (de 15 a 64 años) entre 2022 y 2050. En contraste, el índice demográfico de China se ha tornado contractivo desde hace una década en la que tocó techo su censo de ciudadanos en edad laboral, que tendrán en el ecuador del siglo una media de 51 años, dos más que en la actualidad.

Es la consecuencia de los intentos baldíos de reducir la fertilidad en India, pese a ser el primero de los países en aplicar planificaciones familiares a escala nacional. Incluso con campañas de esterilización masivas aplicadas durante el estado de emergencia decretado por Indira Gandhi entre 1975 y 1977, que fueron el detonante del final de su mandato en las urnas. La prosperidad y productividad, elementos claves para tutear a China, dependen de su población joven. Este es un aspecto que deja margen de maniobra porque menos de la mitad de los adultos indios participan en su mercado laboral comparado con las dos terceras partes que están insertos en el circuito de trabajo oficial en el gigante chino.

Es el momento de India. El doble juego diplomático con el que su primer ministro, Narendra Modi, ha sido capaz de evitar la condena a Rusia por la invasión de Ucrania y alinearse con las sanciones occidentales a Moscú empieza a dar sus frutos. También en su espacio regional, donde Nueva Delhi lleva años forjando alianzas geoestratégicas con China en el club BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) al tiempo que sella el Tratado Indo-Pacífico con EEUU, Japón y otra decena de naciones asiáticas de rentas altas -Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda o Singapur- y otros mercados emergentes. El Tratado Indo-Pacífico configura una unión aduanera de promoción del comercio y de las inversiones que acapara el 40% del PIB mundial y de la que ha sido deliberadamente excluido el gigante chino.

China resetea su economía con un intervencionismo al dictado de Xi Jinping

Más

El nacionalismo hinduista de Modi es el artífice de este siempre complejo juego de equilibrios y cambios de lealtades que ha proporcionado a India un mayor músculo internacional. “En los últimos años, tanto EEUU, como Rusia y China han acudido a cortejar a India para tratar de restar ventajas estratégicas a sus adversarios” explica Derek Grossman, analista de Defensa en la Rand Corporation -uno de los think-tank más influyentes de EEUU financiado por el Pentágono y la CIA- y especializado en la zona del Indo-Pacífico.

A su juicio, India está ante su gran oportunidad histórica. “Es el instante idóneo para que exhiba y consolide su estatus de superpoder independiente dentro del BRICS y del G-20, ponga en liza el compromiso de Modi de que el orden mundial transite hacia un sistema multipolar y haga un uso estratégico en su presidencia rotatoria del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para recibir el plácet de miembro permanente”, explica Grossman en un reciente análisis en Foreign Policy.

La Administración Biden ha restablecido el estatus a India de nación favorecida en su estrategia diplomática. En el terreno comercial, con su integración en el espacio Indo-Pacífico, y en el orden geopolítico, porque Delhi forma parte también del Diálogo Cuadrilateral -conocido como Quad- junto a EEUU, Australia y Japón. “Nadie pone en duda en el G20 que India se ha convertido en el socio más importante de EEUU”, enfatiza Grossman.

Al principio el presidente americano tildó de “algo inestable” la promesa de Delhi de asumir las represalias occidentales al Kremlin. “Se produjo un cambio de tono”, aclara Grossman con el que Biden y Modi han puesto en valor una alianza “que está entre las más intensas de la Tierra”, según el dirigente demócrata. Este acuerdo pasa por permitir una condena tenue a Moscú, a cambio de lograr flujos de petróleo y gas con descuentos desde el Kremlin, y la compra de material militar que EEUU irá proporcionando en los próximos años. La Casa Blanca baraja conceder a Delhi una línea de financiación de 500 millones de dólares.

En Occidente cunde la visión de que India “está en su pleno derecho de realizar una diplomacia pragmática, multilateral e independiente”, mientras aporta matices en sus históricas relaciones con Rusia y en su larga rivalidad con China, afirma Grossman. La acción exterior india se inclina ahora más hacia el lado estadounidense, después del tumultuoso mandato de Donald Trump.

Salto a la elite económica mundial

India cuenta con galones adicionales para ocupar su nuevo lugar en la reedición de la Guerra Fría actual. En el orden económico, porque acaba de recibir el reconocimiento del FMI como quinto PIB global, con un valor de mercado, a precios corrientes, de 3,468 billones de dólares. Fue en la revisión semestral de este otoño y dejó un aviso a navegantes: supera a Reino Unido y se sitúa a tiro de piedra de rebasar a las otras dos grandes potencias industrializadas y socios del G-7 -Alemania, con un PIB de 4 billones y a Japón, con 4,3-, aunque todavía está muy lejos de los países que se disputan el cetro global: EEUU y China.

Las perspectivas de su ministra de Finanzas, Nirmala Sitharaman, es que India será la tercera de las economías mundiales en “diez o quince años”; diagnóstico que comparten firmas de servicios profesionales como PwC, que viene augurando este salto de Delhi desde 2014. Para la arquitecta económica india el horizonte de la década de los treinta presenciará este doble adelantamiento -a Alemania y Japón- gracias a los “profundos lazos geoestratégicos que está forjando con la Casa Blanca”. Lo dijo a mediados de noviembre en la Novena Reunión del Partenariado Económico y Financiero EEUU-India, en presencia de su homóloga del Tesoro americano, Janet Yellen. Sitharaman resaltó la connivencia generada entre Modi y el presidente de EEUU, Joe Biden, en asuntos como la compleja coyuntura de los mercados, las finanzas y la economía globales, el avance armonizador en aspectos de fiscalidad transnacional, la resiliencia de las cadenas de valor o la seguridad en los suministros de materias primas. Asuntos todos ellos que adquirirán la vitola de multilaterales durante la presidencia india del G-20 en 2023.

En Morgan Stanley creen, sin embargo, que India será la tercera potencia en 2027 debido a una triple tendencia que se ha instaurado en el país y que combina su aprovechamiento del proceso de deslocalización global, avances en digitalización y apuesta por la transición energética. “Para 2031 el PIB indio podría duplicarse con creces, desde los 3,5 billones actuales a los 7,5 billones”, pronostican en su informe India’s Impending Economic Boom. Con una cuota exportadora global que se multiplicará también por dos -en especial, por el avance de las manufacturas en su PIB al que aportará el 21% de su capacidad productiva en 2031- y una plaza bursátil, su índice BSE, que crecería en torno al 11% cada año hasta alcanzar una capitalización de 10 billones de dólares al inicio de la próxima década.

Para Modi, la conversión de India en potencia global es un “asunto aspiracional” como sociedad que se inauguró hace ocho años, con su llegada al poder tras la victoria de su partido, Bharatiya Janata, en las elecciones de 2014. Desde entonces ha seguido una estrategia de renovación de la red de infraestructuras con medidas de atracción del capital foráneo y de conciliación con el empresariado doméstico para crear un adecuado clima para hacer negocios.

Pero hay más símbolos de la ascensión global de India. Como su intento de crear un hub financiero que rivalice con Singapur o Dubái. En el Gujarat International Finance se congregan varias decenas de miles de empleados de firmas y bancos de inversión como JP Morgan, HSBC y compañías tecnológicas. Se trata del estado indio en el que nació Modi, donde un vasto complejo de oficinas entre su capital Gandhinagar y su principal ciudad, Ahmedabad maneja un negocio de 33.000 millones de dólares.

El Ejecutivo indio pretende que este polo empresarial se convierta en un oasis del libre mercado con ventajas fiscales y financieras. Es una oportunidad -dicen en The Economist- cuando el mundo necesita un motor económico ante el parón chino por la política Covid-cero y las tensiones en sus sistemas bancario e inmobiliario. India parece “en forma y dispuesta a propulsar su actividad”.

El factor de nación más poblada del planeta

En paralelo, además, India se convertirá, el 14 de abril de 2023, de forma oficial en la nación más poblada del mundo, según los cálculos de Naciones Unidas, relegando a China al segundo lugar. Es el otro gran sorpasso, término en italiano que significa adelantamiento. India pasará a tener un censo de 1.425,775 millones cuando en 1750, en los prolegómenos de la Revolución Industrial, y sin ser un país unificado tenía 200 millones.

El factor poblacional es otro elemento del currículum indio para lograr tener sillón propio en el Consejo de Seguridad de la ONU, además de su reconocido acceso al club de las potencias con arsenal nuclear. Para Modi es necesario solventar esta anomalía. Pese a ser una sexta parte más pequeña que China, el mercado indio aportará más de la sexta parte del crecimiento de la población global en edad de trabajar (de 15 a 64 años) entre 2022 y 2050. En contraste, el índice demográfico de China se ha tornado contractivo desde hace una década en la que tocó techo su censo de ciudadanos en edad laboral, que tendrán en el ecuador del siglo una media de 51 años, dos más que en la actualidad.

Es la consecuencia de los intentos baldíos de reducir la fertilidad en India, pese a ser el primero de los países en aplicar planificaciones familiares a escala nacional. Incluso con campañas de esterilización masivas aplicadas durante el estado de emergencia decretado por Indira Gandhi entre 1975 y 1977, que fueron el detonante del final de su mandato en las urnas. La prosperidad y productividad, elementos claves para tutear a China, dependen de su población joven. Este es un aspecto que deja margen de maniobra porque menos de la mitad de los adultos indios participan en su mercado laboral comparado con las dos terceras partes que están insertos en el circuito de trabajo oficial en el gigante chino.

Es el momento de India. El doble juego diplomático con el que su primer ministro, Narendra Modi, ha sido capaz de evitar la condena a Rusia por la invasión de Ucrania y alinearse con las sanciones occidentales a Moscú empieza a dar sus frutos. También en su espacio regional, donde Nueva Delhi lleva años forjando alianzas geoestratégicas con China en el club BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) al tiempo que sella el Tratado Indo-Pacífico con EEUU, Japón y otra decena de naciones asiáticas de rentas altas -Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda o Singapur- y otros mercados emergentes. El Tratado Indo-Pacífico configura una unión aduanera de promoción del comercio y de las inversiones que acapara el 40% del PIB mundial y de la que ha sido deliberadamente excluido el gigante chino.

China resetea su economía con un intervencionismo al dictado de Xi Jinping

Más

El nacionalismo hinduista de Modi es el artífice de este siempre complejo juego de equilibrios y cambios de lealtades que ha proporcionado a India un mayor músculo internacional. “En los últimos años, tanto EEUU, como Rusia y China han acudido a cortejar a India para tratar de restar ventajas estratégicas a sus adversarios” explica Derek Grossman, analista de Defensa en la Rand Corporation -uno de los think-tank más influyentes de EEUU financiado por el Pentágono y la CIA- y especializado en la zona del Indo-Pacífico.